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Por Enrique Stola *

01-13¡Qué difícil les hacen la vida a las mujeres, niños y niñas la llamada Justicia argentina! No voy a escribir aquí sobre la minoría de jueces, juezas y secretarías que trabajan ajustadas a derecho, sensibles al dolor de las víctimas de violencia de género, que actúan con rapidez y con la consciencia de que cada minuto vale para preservar la salud mental y las vidas de las denunciantes.
Voy sí a señalar algunas de las perversas prácticas que constituyen la violencia de género institucional sostenida por el funcionariado machista y sus cómplices, abogados/as que usan cualquier estrategia que permita a los hombres violentos destruir a la mujer victimizada que los denunció.
La experiencia de C. L. es lo que frecuentemente viven las víctimas de violencia machista en Argentina.
Una mujer decide denunciar luego de atravesar dolorosos caminos llenos de amenazas, sentimientos de culpa, vergüenzas, llanto y angustia por la situación de los hijos. Quien denuncia cree que la justicia va a ser un manto protector, pero el expediente de C. L. cae en el juzgado-patriarcal-machista de la jueza María del Carmen Bacigalupo, cuyas acciones posteriores evidencian que no cree en los hechos relatados. Es un clásico del discurso dominante: “Las mujeres mienten pues siempre intentan perjudicar a los hombres”. En consecuencia, no toma medidas de protección hacia la denunciante, su hija e hijo y, muy por el contrario, concreta decisiones que los pone en serio riesgo. C. L. también tiene que enfrentar a Leonor Vaín, abogada del ex esposo quien sostiene una de las estrategias judiciales que usan los machos-violentos: denunciar a sus ex parejas por violencia contra ellos y contra sus hijos.
Bacigalupo ordena una audiencia para decidir el destino de los niños sin tener en cuenta que cuando hay un macho-progenitor-violento las hijas e hijos presentan síntomas de estrés postraumático o indicadores de depresión. Por lo tanto, no importa si efectivamente el macho-violento los agredió física o verbalmente, lo real es que los niños no son “testigos de violencia”, como muchos gustan llamarlos, sino víctimas de violencia ya que por un lado ven sufrir a su madre, alguien a quien aman y necesitan, y por el otro no saben en qué momento esa violencia verbal o física vendrá contra ellos, lo que dispara todos los mecanismos de alerta del organismo.
Un progenitor violento no está en condiciones de tener la guarda de sus hijos e hijas, y esto es algo que jueces, juezas, fiscales, secretarías y defensorías de menores deberían tenerlo muy claro.
* Médico psiquiatra.
 
 
Fuente: Página 12
 

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