La realidad cotidiana con la que debemos lidiar las mujeres, a pesar de los avances y legislación vigente, es la del poder machista. La mayor traba y expresión de violencia que pasa ante los ojos de muchas personas sin que puedan notarla, ¿o sí?
Por Lenny Cáceres*
Escucha este artículo en la voz de Marina Colado
No es novedad que los mayores espacios de toma de decisión y poder estén ocupados por varones. Varones formados en esta cultura patriarcal, cargados de prejuicios, con una mirada minimizadora sobre todo lo relacionado a la mujer: desde su imagen a la palabra.
El espacio de poder es un privilegio que no están dispuestos a compartir; en muchos casos, es su razón de ser y sentirse alguien. ¿Por qué van a escuchar a una mujer? Aunque estas les estén contando que esas formas arcaicas de manejarse o hacer política ya no van, atrasan y quedan fuera del mundo, porque el paradigma, hoy, es otro.
La resistencia
¿Y cuáles son las herramientas de resistencia ante el avance de políticas públicas para garantizar la igualdad? Simple: la descalificación.
No importa si con ello van en contra de una política adoptada por un gobierno que los puso en ese lugar. Un gobierno que una sociedad puso en ese lugar. El tema es resistir desde ese espacio de poder, y no importan las consecuencias.

Yo, machito, dueño de la verdad
Los hay de todas las edades. Sorprendente, ¿no? También, existen complicidades.
El señor “funcionario” de alto rango, que más que un funcionario público es un empleado público porque, en definitiva, ese espacio no significa más que eso, en ese pequeño espacio de poder, se cree algo así como una deidad, y cuenta con un séquito de bufones que, si bien no aplauden (o sí), obedecen y callan. Los bufones están en todos los espacios, no necesariamente deben pertenecer a su entorno. La obediencia de los congéneres parece ser “cosa de hombres”. O el bien llamado “codeo de pares”, que es ese pacto implícito (o no) entre varones donde se apoyan mutuamente y cierran todos los campos para que no entren otras identidades.
Con ese precioso armado de machismo y cómplices, su dedo acusador sube y baja la participación de las personas, especialmente mujeres, según su capricho, ignorancia, temor, resistencia y, sobre todo: ignorancia. El poder machista decide qué voces y cuáles son válidas. Somos las mujeres, en general, quienes debemos callar, nuestras voces molestan. ¿A quién molesta? ¿A la política pública que deben respetar y atender porque es un mandato democrático implementado por sus autoridades directas? ¡No! ¡A su poder patriarcal! Ese poder que mide menos que los metros cuadrados de su despacho, pero claro, no lo puedo ver ni medir. Su estructura machista le dice que es mucho, grande y poderoso.
Irresponsabilidad
Así, con esa mirada desintegradora de las acciones que debe atender, de la formación que por ley debe tener, solo posee —para la mirada del afuera— una enorme irresponsabilidad que es dañina no solo para la sociedad, sino para el espacio político que dice representar.
Y están los otros, los irresponsables por omisión que, aunque saben que no está bien, que las cosas van por otro lado, obedecen. Porque tampoco les alcanza el poder de decisión para plantarse y decir que no es así. Obedecen, no importa contra quién vayan, a quién lastiman. Obedecen porque más allá de la “solidaridad de género” también se hace presente el sometimiento ante quien creen que ocupa un lugar superior: la deidad, y el temor a que decir las cosas como son, por su nombre, pueda limitar negociaciones futuras que impidan seguir sosteniendo la quintita política, que insisto, no es más que un espacio momentáneo, circunstancial, que la sociedad tuvo la amabilidad de cederles. Una sociedad conformada mayoritariamente por mujeres…
Discurso vacío y mentiroso
También sostienen el discurso de la igualdad, los derechos de las personas, de libertad, de ¡lealtad! Habrase visto tamaño caradurismo. Lo sostienen porque subestiman, porque desde su palco de nada creen que manejan los hilos de una marioneta que todavía no pudieron notar que son personas. Y sí, a ellos sí se le ven los hilos. Cada vez más delgados, finitos, gastados… convengamos.
Están los que ostentan el poder y los que callan. Atroz y dañina obediencia. Obedecen. No importa el daño social a las generaciones futuras, incluso de sus afectos.
A todos, les tenemos malas noticias. Las mujeres no nos callamos, no obedecemos, sabemos lo que queremos y, mientras ustedes hablaban de la tarima, nosotras nos armamos, formamos, estudiamos, fortalecimos y empoderamos.
Periodista, feminista abolicionista
Directora/Editora de Diario Digital Femenino