Los servicios esenciales y los trabajos invisibles

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Por Admin mayo 18, 2020 12:24

Los servicios esenciales y los trabajos invisibles

Hace casi dos meses que cada noche, a las 21, suenan sirenas, aplausos, música inspiradora y el himno nacional. En todo el país se repite el ritual comunitario de agradecimiento a los héroes de la salud y la seguridad.

Y eso está muy bien. Por primera vez nos damos cuenta de la precarización laboral del personal sanitario que no llega a fin de mes a fuerza de aplausos sino de una remuneración justa que aún se lucha. También valoramos la capacidad de cuidar comunitariamente de quienes en otro tiempo sólo se encargaban de reprimir (pese a las muchas deshonrosas excepciones que siguen  aún hoy en la vía del abuso de poder, de fuerza y de  autoridad).

Por Moira Goldenhörn*
para Diario Digital Femenino

Los servicios esenciales y los trabajos invisibles

Los servicios esenciales y los trabajos invisibles

Cada día, a toda hora, asistimos por las redes y los medios a las discusiones entre liberales y pensadores críticos sobre la necesidad de movilizar la economía o “mantenerla detenida” para cuidar la salud de todos y todas. Y está bien. Es una discusión que hace décadas nos debemos en nuestro país (y me animo a decir que también siglos), sobre si el dinero vale más que la vida, o la justicia social es más necesaria que el lucro individual.

Ahora bien, si enfocamos un poco mejor la perspectiva de género, vemos que las que no hemos parado ni un solo día somos quienes estamos en casa.

Cuidando, acompañando, cocinando, limpiando, llevando mandados a madres/ padres adultas/os mayores, haciendo tutorías de todos los niveles educativos, limpiando, lavando…y, también, en algunos casos trabajando en persona y en otros teletrabajando con varios teletrabajos, como las docentes. Y en no pocos, además, asistiendo a las personas en las barriadas que, sin sus cuidados, no comerían o no encontrarían la forma de escapar del círculo de las violencias.

Las semanas avanzan y aún no hemos caído en cuenta del nivel de estrés que estamos manejando las mujeres con responsabilidades familiares, encerradas tras dos meses de cuarentena en algunas ciudades con ninguna flexibilización como ser salidas recreativas o deportivas. Y que, además, no tenemos aplausos, ni cantos, ni sirenas, ni himno a la madre… ni las gracias siquiera. Y menos pensar en bonos por dedicación exclusiva a la labor, ni por sobrecarga de tareas como para por ejemplo, pedir comida hecha para aliviar el trabajo. Ni IFE para quienes tienen un salario “en blanco” pero que complementaban con ingresos “en negro” que hace dos meses ya no existen, más la amenaza continua de despidos y recortes salariales y que, además, deben comprar en los negocios de cercanía en los que, sabemos, la especulación está a la orden del día.

Mientras se repite de manera irracional que “la economía está parada”, normalizando la acostumbrada invisibilzación del valor económico de las tareas de cuidado, no deja de llamarme la atención el hecho de sumar una nueva invisibilización a la ya clásica: es que no podemos ver lo extremo de la situación que estamos viviendo las mujeres en el confinamiento y lo frágil de la armonía familiar que recae, como siempre, en nuestro cansancio.

Si bien desde los ámbitos de gestión de políticas públicas se está haciendo foco en la urgencia por casos de violencia extrema que recrudecen con la convivencia forzada, se nos está escapando la violencia cotidiana de la sobrecarga de tareas que asumimos las mujeres y que, en el confinamiento que ya excedió una cuarentena, se multiplica. La feminización de los cuidados es una constante histórica que ya conocemos, pero ¿somos capaces de ver que la sobrecarga, en la mayoría de los casos de familias biparentales, ¿la asumimos para evitar discusiones y otras formas de violencia directa y palpable, también cuando llegan los reclamos para la corresponsabilidad?

La pregunta es, una vez más, ¿quién cuida a quienes cuidan? ¿qué está pasando con la salud física y psíquica de las mujeres sobrecargadas por la cuarentena? ¿por qué  nuestras tareas de cuidados no son valoradas ni en el discurso como esenciales ni en lo económico como trabajo y servicios? ¿qué ocurre con la comunidad en tiempos de cuarentena? ¿seguimos pudiendo contar con la vecina para hablar, con la familia y amistades para romper las cargas de tensión en el hogar ante esta realidad que vive a punto de explotar? ¿qué salidas o válvulas de escape de tensión tenemos al alcance las mujeres en este confinamiento en el que, además, son los varones quienes, según estadísticas[1], se han encargado de salir a hacer las compras como única forma de aporte a las tareas domésticas?

Si, como marcó atinadamente Máximo Kirchner, la necesidad de discutir la distribución de la riqueza como medida de justicia social, ¿cuándo estaremos listas/os para hablar, en la búsqueda de justicia social, de la distribución equitativa de las tareas de cuidados?

[1]     España, Lidia Farré y Libertad González, Abril de 2020.

 

 

*Abogada feminista.Docente-Investigadora
PG en Cultura y Comunicación
Maestranda en Cs. Sociales y Humanidades

 

Imagen de Portada: BID

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