Por Patricia Acosta *
No siempre es una amenaza. Una de las causas del suicidio de adolecentes es la violencia sufrida en el hogar. Poder e impunidad: una sombra que obstaculiza procesos y oculta la cultura machista que perdura.
Tenía el rostro desencajado, los párpados pesados como juicios. Ojalá esa tarde no hubiera despertado. Ojalá ese día, 12 de julio de 2009, no hubiera siquiera existido. Jéssica Dumont subió al auto de su abuela Andree, su amada abuela Andree Altieri, -“nadie tan linda como vos, mi Yarará”-. Tenía el peso del mundo en sus hombros. Había sido humillada, golpeada, aterrorizada por su padre, ¡por su padre, ese mismo que descubrió poco después de nacer con sus inocentes ojos celestes!
-¡Lo odio!, gritaba Jéssica,
-¡Cómo puede hacerme esto, qué vergüenza!
-Por esta mierda me voy a matar…
Y lo hizo. Ahogada en lágrimas, enceguecida de dolor, Jéssica tomó el arma que su abuela –“te extraño”- guardaba en un placar, apuntó en su sien y disparó. Su vida se apagó. Otra víctima inundó con su historia las crónicas de violencia, abuso, desamor…Y su voz es hoy, un mudo murmullo de ecos entre las palabras.
Nadie termina de explicar -ni de entender- con qué se asocia la violencia en cualquiera de sus manifestaciones: física, psíquica, material o moral. Cómo es que la agresividad que puede aceptarse como natural se transforma en actos que llegan a matar a otro; cómo se relacionan un hecho violento y sus consecuencias, con el poder y la impunidad; no sólo el poder del dinero, el político o económico, sino ese que deriva de la relación de unos con poder (autoridad paterna, por ejemplo) sobre otros. Bah! Puras cavilaciones de periodista con pretensiones de entender. “Muchas veces se tiene miedo de denunciar porque se sabe que no habrá represalias. Hay todo un sistema que sostiene culturalmente un machismo, una idiosincrasia que dicta que el más débil, llámese mujer o niño, debe soportar lo que el que tiene la autoridad pueda hacer. Por eso se habla tanto de perspectiva de género”, explicaba la Licenciada Marta Palazzo, coordinadora de la oficina de Violencia Familiar del Poder Judicial, creada en Tucumán en 2010. Y continuó: “Estamos frente a una familia disfuncional, con una mamá que, tal vez, está incapacitada para poner coto a una situación de la que ella también es víctima, junto a sus hijos y donde el niño (luego adolecente) se ve imposibilitado de buscar a quién recurrir”.
Las estadísticas de la oficina de Violencia familiar señalan que el 90% de las denuncias registradas son en contra de hombres violentos. Los menores que se animan a denunciar lo hacen acompañados por un mayor, generalmente de confianza para ellos (maestro, amigo o familiar). La edad de los menores que se acercan con su problema oscila entre los 6 y 18 años. El 80% de las personas afectadas por la violencia en un hogar, son niños.
Una familia normal
Los Dumont parecían una familia como muchas otras, de clase media. El papá, Roberto; la mamá, Celine y tres hijos: Jazmine –“Hermanita bella”- (la mayor), Jessica y Jean Noel (el menor). La casa, linda, en el barrio América, simulaba la felicidad de quienes logran, con el esfuerzo del trabajo, la comodidad para los suyos. Pero -¿Es que siempre habrá un pero?-, detrás de las paredes rosas de esa prolija y próspera fachada, se ocultaban lágrimas, golpes, gritos y cerebros limados de malos tratos. Jessica Dumont tenía 17 años, era campeona latinoamericana de taekwondo, conocida en el mundo del deporte por sus logros a nivel provincial y nacional. “Amaba a su mamá, al deporte, cantar conmigo en el escenario, era mi gran amor”, suspira Andree –“yo soy tu Coral; vos, mi Yarará”- y recuerda: “Cuando Jessi tenía 4 años era tan aguerrida que le puse de sobrenombre Coral, mi coralito, por pequeña, bella y poderosa. Al crecer, ella me bautizó Yarará”. Era la hija del medio y tenía motivos individuales suficientes para sentir orgullo por ella misma. Sin embargo sus emociones acumuladas la arrastraban hasta el otro lado de la luz.
La realidad
Celine Foissac, la madre de Jessi abrió las puertas de su casa después de acceder a una entrevista sin grabador. Todo parecía en orden. El silencio era casi sólido en el dormitorio, aun colmado de honores con forma de copa. Sobre la mesita de estudios, una computadora apagada. Más arriba, los libros y los trofeos y los peluches y más trofeos. Dumont tiene un carácter iracundo y desaprensivo. Me decía que estaba vieja y gorda –lo decía y se miraba en el reflejo roto de una ventana-. Jazmine (la mayor) vive hace años en la casa de su abuela. Nos fuimos cuando él la golpeó; yo no pude enfrentarlo –se acomodó, nerviosa, el cabello desprolijo detrás de la oreja-. Después nos rogó perdón y que volviéramos. Yo le creí, me daba pena, pero Jazmine me dijo que ella no viviría con ese hijo de p…, y regresé con mis dos hijos menores”. Celine cerró con cuidado la puerta del cuarto de Jessi antes de invitar esa tasa de café, de ese que se bate hasta ponerlo color marrón claro. Fue entonces cuando el olor a sangre se filtró entre los poros del recuerdo. Según el testimonio de Celine, Roberto Dumont también había golpeado a su empleada por interferir a favor de Jessica en otros hechos de alta agresividad.
La psicóloga Marta Palazzo aseguró que la lucha legal para probar hechos relacionados con el abuso de género tiene larga data y admitió: “Hubo que reconocer consecuencias nefastas provocadas por la violencia, con chicos con problemas de conducta, de adicciones, con patología serias y con un número de suicidios de adolescentes en aumento y relacionados con esas situaciones familiares impunes, para que el estado tomara medidas. Solo así fue posible la sanción de la Ley Nacional de Violencia Familiar y que se creara una oficina que canalice los trámites y atienda, asesore y contenga a las víctimas de tales situaciones. No hay otra manera de prevenir lesiones graves o, lo que es peor, homicidios y suicidios”. El esfuerzo valió la pena aunque signifique el primer paso: Tucumán, desde 2010, trabaja en cuestiones de género, Derechos Humanos y violencia doméstica con una oficina que depende del Poder Judicial bajo la dirección de la vocal de la Corte, Claudia Sbdar.
Una mañana, Jessica fue a su habitación para dormir un poco pero, al encontrar que su madre le ocupaba la cama, se acostó en la del matrimonio y tuvo un sueño.
Dormir y soñar sin despertar es lo que, probablemente, habría querido. Pero no sucedió así. La despertaron caricias extrañas, -“no papá, no, no…”- Ahí estaba, aprovechando su somnolencia juvenil.
-¡Papá!- lloró, se desplomó, corrió…
Corrió asqueada al baño bajo amenaza de contar lo ocurrido. Pero se lo contó a su tía, Marta Liendo Jiménez, y a una de las empleadas de la casa, Cecilia del Carmen Barrionuevo.
“Un niño que crece en un medio ambiente violento sufre consecuencias terribles”, explica la licenciada Palazzo. “Si pensamos que la dinámica familiar es la que marca la conducta posterior de un ser humano, la interacción que se desarrolla en ese seno es la que luego se replica, más allá de las otras influencias que se dan fuera de ese ámbito social. La familia es la primera sociedad y es dónde se aprehenden modos de vincularse, modos de estar en la vida”. La especialista sabe que, por ejemplo, los casos de brotes psicóticos en niños que sacaron un arma y asesinaron a medio grado en una escuela -y que fueron noticia en el mundo- son hechos que muestran patologías mentales producto de modos de relación enfermos desde la casa. “Los que conocemos sobre la psicología de las personas nos damos cuenta de que la agresión y el invalidamiento de la autoestima se acumulan en la víctima y es lo que corroe la personalidad que se construye en ese niño. Un niño o adolescente, aparentemente tranquilo que saca un arma y mata -o se mata- pone en evidencia la dolorosa e irreversible realidad de esas perversiones.
Cuando los vínculos violentos son en el interior de la vida familiar, la autoridad (poder) de los padres, especialmente la del progenitor es tan grande que, cuando son leves, se actúa hacia fuera; pero en casos donde hay sometimiento sexual, agresión física y psicológica, esas conductas son volcadas para sí. Aparecen los comportamientos suicidas que muchas veces, se concretan. El brote psicótico es contra sí mismo. Las consecuencias de la pérdida de dignidad por el sometimiento continuo ejercido por quién tiene el poder son de una envergadura espantosa, tremenda”. Lo dice, lo asegura la licenciada Palazzo con vos trémula y suena a sentencia.
Los hechos
Todo ocurrió ese domingo de julio. Nada había cambiado en 17 años. Ella lo sabía. Son tan pocos para comprender la vida, saber sobre su naturaleza femenina, entender acerca de la muerte, trunca para ella, y que a él –su padre- no le importaría. Esas eran las sinrazones que circulaban por su sangre adolescente mientras dormía en la casa de su amiga, cuando Roberto Dumont irrumpió en el dormitorio pateando lo que encontraba en su camino, vociferando su nombre con insultos que alcanzaron a su madre, a su abuela, a su hermana y a todas las mujeres del mundo.
-“¡Yo sé que esa hija de p… está acá!
-¡Jessica!
Roberto Dumont golpeó a su hija esa tarde. Aun no se iba el otoño pero el frío era gélido en el aliento de Jessi. Esta vez, los golpes quedaron visibles en el cuerpo de la joven que apenas pudo defenderse con los brazos, blancos, diestros, conteniendo patadas y puñetazos. “El padre estaba preocupado por Jéssica cuando no la vio en su cama esa mañana, era lógico que se enoje, como le ocurriría a cualquier padre, mientras la madre estaba ausente”, argumenta el fiscal Guillermo Herrera en el pedido de sobreseimiento a favor de Roberto Dumont elevada al juez que atiende la causa caratulada como: Dumont Jessica sobre muerte dudosa. Este hombre, padre y jefe del hogar, quedó imputado, sin privación de la libertad, por la muerte de Jessica, con prescripción para ver a sus otros hijos. En un primer momento el fiscal entendió que Dumont podía causarle más daño a su familia.
“¡Quiere hacer parecer como natural que le haya pegado, que la haya humillado y culpa a mi hija! Según el Dr. Herrera, Dumont la pateó, abusó de ella y la avergonzó porque la madre no la cuidó”, dice sin ocultar su desconcierto la abuela de Jéssica, Andree Altieri.
El acceso a una copia del expediente permitió conocer que el fiscal alega que la patria potestad de los hijos menores es de ambos padres y agrega: “(…)si (…), en especial su madre, conocía de los malos tratos que propinaba Roberto Dumont a su hija, tenía el deber de impedirlos ya que si los mismos eran considerados de gran envergadura pudo y debió prever la posibilidad de que su hija se quitara la vida como consecuencia de las humillaciones que manifiesta padeció la misma. (…)”. La pregunta al Dr. Diego Lammoglia, abogado de la querella, era obligada. ¿Cómo debe entenderse un pedido para liberar a un sujeto de toda responsabilidad de la muerte de alguien con los mismos argumentos con los que antes se le imputó un delito?: “Es una clara violación a los derechos de la víctima y una clara postura machista en la interpretación del Código Penal y las costumbres”, opinó, sin dudar, el letrado.
“La violencia se naturaliza por una cuestión cultural y de creencia histórica, porque era el hombre el dueño y señor con derecho a castigar, a las mujeres sobre todo”, aclara Marta Palazzo y agrega: “El varón era el que decidía todo y la mujer era de su propiedad. Eso le otorgaba el derecho de decidir, la mujer debía obedecer la orden del marido. Hoy, la mujer ha ido ganando terreno y es capaz de ver sus derechos reconociendo las diferencias con el hombre. Sin embargo, todavía existen varones que creen que tienen la potestad de invadir la voluntad y la dignidad de las mujeres de su familia”.
La despedida
Jessi se asomó a uno de los balcones del departamento del séptimo piso; hacía frío. Ya se percibía el ocaso del día. No estaba nublado pero algo oscuro invadía la habitación y se fundía en los ojos, llorosos, de Jessica. La humedad del invierno le llegaba en bocanadas pero no logró despertar los recuerdos de otros inviernos, húmedos también, pero con soles de besos maternos. La desazón se apoderó para siempre de su vida, estrujándola hasta la asfixia. El contorno de la ciudad desapareció, las luces se apagaron, el silencio se apoderó de su corazón adolescente. Sólo quedó su cuerpo boca arriba al pie de la cama, inerte, sin mirada, sin ideas, sin dolor.
-Perdón mamá, vos nunca me vas a entender
-Te amo, abuela, no hay palabras para describir todo lo que agradezco y te amo.
-Perdón familia pero me siento una basura.
La familia de Jessica Dumont pide justicia. Su abogado, el Dr. Lammoglia, presentó argumentos para evitar el sobreseimiento. Para ellos, Roberto Dumont es el responsable de la muerte de su hija.
¿Qué nos queda?
“La adolescencia es una etapa de formación, de tránsito. Busca modelos de identidad, no sabe qué es, hay desconocimiento de su propio ser. Es una edad de descubrimientos, de insatisfacciones. No sabe que es lo que quiere. A los 17 años no se tiene consistencia para elegir o tomar decisiones. Si en lugar de prestar atención a estas necesidades que surgen en el proceso de crecimiento; si lo que vive en su casa es un obstáculo para encontrar una respuesta a su conflicto personal sobre su futuro. Si en vez de ocuparse de su desarrollo tiene que lidiar con un estado de sometimiento (dentro de su casa) que va mellando su capacidad de vivir esos procesos naturalmente, de su autoestima… entonces, puede esperarse que su proceder sea autodestructivo”, dice la psicología y corrobora Palazzo.
Había quedado el sabor inconcluso del café batido en los paladares. Celine –“Los amo, mamá”- dio por terminada la entrevista y quedó parada, lánguida de pesares, detrás del portón del garaje. Desde la calle, con un poco de esfuerzo para ver hacia adentro, detrás del postigo del ventanal que da al living alcanzaba a divisarse la tasa, fría ya, sobre una mesa vacía, en un enorme espacio de enmarañadas tensiones de lo que, tal vez, no se sabrá nunca.
(*) Periodista de radio y Tv.
En Twitter: @PatriciaAcosta1
Tucumán – Argentina