Por Natalia Mattesz[1]

Se sube al tren, atenta y tratando de cuidarse el culo para que no se lo toquen, acaricien y aprieten. Por suerte dura poco, el cúmulo de gente está en la entrada porque en la próxima estación se bajan muchxs. Enseguida pasa por esa pequeña odisea y encuentra un asiento, en frente de un tipo, que no le baja la mirada. Por si a alguien le resulta importante, tiene puesta una minifalda y una remera que hace que se le asome un poquito el piercing del ombligo. Si, una remera corta. Se pone los auriculares, elije su cd preferido de Callejeros y mira por la ventana durante todo el camino. En el medio contesta unos mensajes, mira un poco el inicio de facebook, y lee que hace tres días mataron a una piba de 16 años en Mar del Plata, que es una de 7 mujeres asesinadas en esos últimos días. Se le estruja toda el alma, el estomago y los pulmones, mientras lee detalladamente cómo la torturaron hasta que Lucía, murió de dolor.
Es duro, muy animal, muy doloroso, se angustia y llora. Pensativa, sigue escuchando la música, en la próxima estación se baja. Le pide permiso a la mujer que estaba al lado de ella, se para, camina hasta la puerta con un nudo en la garganta. Se saca los auriculares. Cuando sale del tren, camina por la estación hasta la salida. En el camino, el vendedor de panchos, le dice que tiene un hermoso culo, y se le para el alma porque todavía tiene un nudo en la garganta, porque tiene miedo. Hace 3 cuadras y en una obra en construcción le dicen otro «piropo» sobre su cuerpo, sobre las ganas de devorarla. Frena en el kiosco a comprar puchos, y el tipo que le vende le pide el facebook.
Ya la angustia, no solo es angustia, ahora es enojo también.
No quiere escuchar más nada. Se incómoda por su ropa, por su cuerpo, por su cara, por su existencia y por estar ahí caminando. Se vuelve a poner los auriculares. En las cuadras que le quedan para llegar a casa, arranca los papelitos que promocionan prostitutas, pensando en el cartel que vio ayer de una piba que desapareció de su casa. Recuerda que no solo te pueden violar y matar, sino que también te pueden secuestrar para que te violen todos los días y se les llene el bolsillo de plata. Llega a su casa, con la cabeza hecha un quilombo.
Se mira en el espejo, se cambia la ropa, porque en un rato tiene que salir de nuevo y ya no quiere escuchar más nada. Se sienta en la cama, pensando que Lucía tenía apenas 5 años menos que ella. Necesita mirar que es cierto lo que ella piensa, que seguro Lucía era muy parecida a ella. Que seguramente su perfil de facebook es parecido al suyo, entra y si, su teoría se confirma. Entonces llora y se enoja. Y piensa en transformar todo el dolor en pura lucha. Y si salir en minifalda hizo que le vean, entonces piensa: Que se quiere poner en tetas, se quiere pintar la cara, quiere pintar la pared, cantar, marchar, gritar, y pedirte así, por favor que ya no las maten más. Que no quiere más días cómo el de hoy, que se quiere sentir respetada y libre, que no quiere tener miedo, que no quiere ser una simple cosa, un objeto, un cadáver. Que es mucho y quiere llegar a ser mucho más. Que vale, que no es mercadería, que no es un pedazo de carne, que no es su futuro la bolsa de basura, o la muerte por dolor, que no quiere que la violen, que no quiere que le griten, que la manoseen en el bondi, que se quiere poner el short, que le encantan las remeras que muestran su arito en la panza, que le gustan los tatuajes y el pelo de colores.
Que no quiere llamar tu atención, que intenta ser feliz y libre, nada más. Mientras piensa se viste otra vez, para salir a la calle, se pone el pantalón y la remera suelta. Se pone los auriculares y sale, pensando en llegar a la facultad y luego a su casa, y en esa noche dormir en su cama, con su gato, después de comer con su mamá.