Por Georgina Lira[1]

En el año 2014 el 96% de los crímenes violentos en el mundo fueron cometidos por hombres. En nuestro país, la estadística no debe estar muy alejada del promedio, al menos teniendo en cuenta los datos de la población carcelaria. Los crímenes más horrendos tienen frecuentemente como víctimas a las mujeres, y que la violencia hacia nosotras tiene el rasgo distintivo de la crueldad y la intimidad, al menos si tomamos como referencia los datos que son de público conocimiento. En esos crímenes contra los hombres, suele encontrarse el motivo en la competencia o la propiedad privada de alguna clase (celular, dinero, drogas, algo, una cosa), y el perpetrador, el asesino es, generalmente, un hombre. En cambio, en los crímenes violentos contra las mujeres priman el deseo sexual de los hombres (que se traduce en violación) o un supuesto derecho de propiedad sobre la mujer (celos, separación, etc) y el perpetrador es también un hombre en la abrumadora mayoría de los casos. Eso refleja que la lucha en que tanto se insiste desde el Igualitarismo “ni unO menos” y que pretende hacer frente a los reclamos de organizaciones feministas, también deja en evidencia que doña violencia en realidad tiene cara y cuerpo de hombre.
A través de la educación, de los mandatos de género, la contradicción entre las tradiciones que conforman la esencia de la femineidad y la evidente realidad de la opresión que en sus formas extremas se traducen en femicidios, violaciones (pagas, gratuitas o correctivas) y violencia en los más íntimos de nuestros espacios, tendemos a buscar una forma de luchar contra el patriarcado sin herir la susceptibilidad masculina. Pocas son las que se atreven a sostener “espacios de mujeres” sin introducir en ellos profesionales, maridos, compañeros de militancia, hombres que simplemente se quieren unir o estructuras patriarcales. Y esas pocas son agredidas, descalificadas y confrontadas no sólo por los hombres, sino por una gran cantidad de mujeres. Es que duele. Duele mucho aceptar la realidad y por eso nos resistimos.
Es más cómodo hablar de patriarcado sin recordar que el hombre que mata, viola o tortura no nace violento, sino que ejerce su violencia en la defensa de privilegios que considera derechos. De ese modo, omitimos pensar que nuestros hijos, parejas, amigos, compañeros, dirigentes, representantes, básicamente todos los varones del mundo, en mayor o menor medida se benefician del patriarcado. Que todos, en mayor o menor medida, son violentos en potencia. Que el patriarcado es el sistema de organización social que da a los hombres el privilegio de la omnipresencia, el poder de ser la medida de lo humano y, desde ese lugar, la autoridad para marcar diferenciada y certeramente lo que es correcto, adecuado, moral y lo que no. También les permite indicar cuáles son las prioridades, o cuáles son los modos adecuados para cada ocasión. Entonces, se sienten en lo cierto cuando nos dicen que primero debe ir la lucha de todos y después las de las mujeres, como si no fuéramos la mitad de ese todo. Y es que en realidad no lo somos. No en sus mentes. Omiten cuando dicen “a nosotros también nos matan” que a ellos también los matan hombres, sus propios congéneres. Omiten que no les gusta aceptar un NO por respuesta. Y esa característica, no respetar el límite de las mujeres, es la esencia de lo que se llama la “cultura de la violación”.
Olvidamos que los abusadores se sirven de la confianza que inspiran, de los vínculos personales y familiares para poder abusar de sus víctimas en la gran mayoría de los casos. Y que una violación ocurre porque ese hombre se sintió en derecho de obtener goce a través del cuerpo de su víctima al someterla. Que no hay más causa que esa. Esa confianza que obtuvo de su víctima implica, para quien abusa, la posibilidad de contar con una gran cantidad de testigxs capaces de jurar por su propia vida que estos buenos hombres son incapaces de tal atrocidad y que la víctima es una despechada, celosa, vengativa, o la acusación que ´más se adecúe a su perfil. O simplemente, puta violenta y con ganas de joderle la vida a la gente, resentida porque fue algo de un rato. Que se embarazó a propósito cobrarle cuota alimentaria a algún pobre tipo (o la AUH al Estado), súper feminista él, gran compañero de lucha.
Olvidamos que la lucha contra la violencia de género es una lucha de poder, y por el poder. Que empoderarnos como mujeres (cis, trans o travas), implica poder contar con espacios propios, donde diseñar estrategias de resolución de problemas, pero también de lucha acordes con nuestras realidades y que no se vean limitadas por la obligación socialmente asignada a nosotras de cuidar y respetar los privilegios de los varones o de consultar su opinión y contar con su aprobación. ¿Quién va a apoyar una acción en desmedro de sus propias ventajas?
Mientras tanto, para un hombre el lugar más peligroso es un callejón oscuro a las 3 de la mañana y la persona más peligrosa un desconocido. Mientras tanto, para una mujer el lugar más peligroso es su propio hogar y la persona más peligrosa, su propia pareja varón. Esa simple realidad lo cambia todo para las mujeres. Porque no queremos, nos resistimos de tener miedo de las personas que amamos, de quienes criamos, de aquellos con quienes compartimos espacios cotidianamente. Aunque las estadísticas nos digan que así debería ser. Que tenemos que cuidarnos de nuestros amigos, parejas y familiares porque el 75% de los abusos sexuales ocurren dentro del círculo íntimo.
Está a la vista que sólo una pequeña proporción de varones está dispuesta a respetar los espacios de las mujeres: hubieron más varones en el encuentro nacional de mujeres que en el de varones. Porque muchas de nosotras, la mayoría, nos sentimos interpeladas por su ausencia. Por paradójico que suene, se supone que son ellos quienes deben cuidarnos. O al menos eso nos dicen desde nuestra más tierna infancia los cuentos, las películas y de grandes todas las novelas y las series. Pero la realidad es opuesta. Para poder defendernos, debemos poder desafiar lo que creemos. ¿Cómo modificar una realidad si la negamos?
Quizás sea un buen momento para pensar por qué los mismos varones que pelean por ir al paro de mujeres no se ofrecen para cuidar les niñez de las muchísimas mujeres de todo el país que no podrán asistir por no tener con quién dejar a sus hijes. Quizás sea el momento de plantearse antes de llevar la bandera de cualquier institución qué ha hecho esa organización para mejorar la situación de las mujeres. Y que si no ha hecho lo suficiente, no la lleve. Quizás sea un buen momento para reunirse con sus amigos y hablar de lo mucho que le cuesta a cada hombre no ir a una marcha o a un encuentro de mujeres y respetar ese límite. Quizás sea el momento, si van a la marcha, para llamar al orden a sus propios amigos y compañeros y pedirles que se callen por un rato, para señalar a las marchantes a aquellos que saben violentos o abusadores, o proxenetas.
Mientras tanto, continúan los femicidios. Casi 5000 mujeres llaman al día al 911 porque son golpeadas sólo en CABA. Muchas mujeres violentadas de las más variadas formas no realizarán una denuncia. Muchas mujeres violentadas de muchas formas denunciarán por la gravedad de las heridas. Muchas mujeres serán echadas de su trabajo por estar embarazadas. Muchas mujeres serán violentadas de muchas otras formas. Mujeres de todas las edades. Mujeres de todos los contextos sociales, de todas las razas, de todas las regiones. Muchas sentirán alivio cuando se den vuelta y vean que detrás de él quien camina es una mujer. Muchas serán captadas por redes de trata.
Mientras tanto, hombres y mujeres se enervan porque un paro y movilización de mujeres es eso. De mujeres. Y hacen de todo para que los hombres puedan estar allí, controlando que su imagen no se vea deteriorada.