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Pablo Laurta no fue un monstruo solitario. Fue la consecuencia visible de un entramado invisible. El producto final de una cultura que permite que la crueldad se disfrace de justicia, que el odio se propague como verdad, y que el dolor ajeno sea interpretado como exceso. No apareció de repente. Venía escribiéndose a sí mismo en redes, en publicaciones, en discursos donde afirmaba que los varones eran víctimas de un sistema feminista que los quería destruir. Al ser detenido habría dicho  que “todo fue por justicia”. Y esa frase, tan corta y tan precisa, resume la ideología del femicidio: cuando la crueldad se declara justa.

Por Martín Miguel Di Fiore*

En los grupos donde trabajo con varones que ejercieron violencia, esa palabra -justicia- suele tener una connotación ambigua. No es el ideal del derecho ni la búsqueda de reparación; es la manera de decir “quiero que reconozcan mi dolor antes que el de ella”. Es el modo en que muchos varones intentan devolver la vergüenza a su lugar de origen, invertir la culpa, sostener un equilibrio simbólico que se rompió cuando la mujer denunció. La justicia, para ellos, se convierte en sinónimo de venganza emocional. Laurta no hizo otra cosa. Llevó al extremo lo que otros pronuncian todos los días en los márgenes del discurso público: que las mujeres mienten, que la justicia las protege, que los hombres son las víctimas del sistema. No mató solo a dos mujeres, sino que actuó en nombre de una ideología que considera el dolor de ellas como un obstáculo a la reparación de su propio orgullo.

El eco de la crueldad: cuando los discursos de odio se vuelven carne
El eco de la crueldad: cuando los discursos de odio se vuelven carne

La crueldad no empieza con el golpe, empieza con la desensibilización. Empieza cuando alguien decide no mirar el sufrimiento del otro porque mirarlo implicaría renunciar al poder. La crueldad es eso: la capacidad de mirar el daño y seguir justificándose. No es impulsiva ni espontánea; es aprendida. Se enseña en los foros que celebran el desprecio, en las redes donde los hombres comparten el mito de las “denuncias falsas”, en los espacios donde la palabra “feminismo” se convierte en insulto. Es la pedagogía de la crueldad de la que habla Rita Segato: un entrenamiento colectivo para dejar de sentir empatía, para separar el cuerpo del dolor que produce.

Pero la crueldad tiene raíces más hondas, más antiguas. Tiene que ver con el modo en que fuimos socializados. Muchos de estos varones fueron criados desde el enojo, no desde la ternura. Desde el mandato de endurecerse, no desde la posibilidad de ser cuidados. Desde el castigo, no desde la palabra. Y cuando eso ocurre, la violencia se vuelve el modo en que se traduce el vínculo, el código afectivo con el que se responde al dolor. Para Ulloa (1993)[1], cuando la ternura no se instituye, emerge el dispositivo de la crueldad: el poder sustituye al cuidado, el dominio reemplaza al amor, y la niñez queda sin un “tercero de apelación”. Esa orfandad simbólica se hereda. Cuando el lazo se construye sobre la base del dominio, su fractura se experimenta como desposesión, no como pérdida afectiva. Por eso el femicida no soporta la autonomía de la mujer: la vive como humillación. No puede apelar a un tercero[2], porque su único modo de tramitar el dolor es ejercer dominio.

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Cuando un varón se convence de que su sufrimiento lo legitima para violentar, el crimen ya empezó. Lo que me preocupa -y lo veo todas las semanas en el trabajo grupal- es que esa lógica se replica incluso en quienes no matan, pero sostienen el mismo principio moral: el de que su dolor vale más que el de los otros. Lo escucho cuando dicen “yo no quiero empatizar con ella”, cuando niegan la luna de miel porque nunca se hicieron responsables del daño, cuando eligen no pensar en cómo se sintió la otra persona. Esa negativa no es falta de emoción: es un acto de poder. Es la reafirmación de que el otro no existe.

Laurta también lo hizo. Antes de matar, ya había borrado a las víctimas de su mapa simbólico. Cada publicación sobre “denuncias falsas” fue una pequeña victoria de su crueldad. Cada seguidor que compartía sus mensajes era un testigo complaciente. Por eso digo que los discursos de odio no son opiniones: son estrategias de deshumanización, tecnologías del poder que moldean subjetividades y legitiman la crueldad. Preparan el terreno para la violencia, entrenan el cuerpo para la indiferencia, legitiman la venganza. Y cuando finalmente aparece la escena del crimen, todos se sorprenden como si el odio no hubiera estado avisando desde hace tiempo.

En los grupos con varones, la crueldad se muestra de maneras más sutiles, pero no menos reveladoras. Está en el que dice “yo no la toqué más, pero no la soporto”, o en el que se siente víctima porque el Estado lo obliga a reflexionar. Está en el que paga la cuota alimentaria como castigo, no como deber, y en el que usa a los hijos como excusa para hostigar. Y también está en el que sigue negando la violencia bajo la bandera de la justicia. La crueldad no se mide en sangre, sino en la incapacidad de registrar el daño que se causa.

Lo de Laurta nos obliga a mirarnos como sociedad. No alcanza con decir “qué horror”, ni con pedir condena perpetua. Hay que hablar del sistema que lo hizo posible: los espacios digitales donde se incuban las ideologías del odio, los medios que amplifican sin filtrar, las instituciones que todavía equiparan violencia con conflicto. Porque cuando un varón dice que lo hizo “por justicia”, está diciendo algo más profundo: que su identidad no soporta la pérdida del poder. Que el único modo que conoce de restituirse es dominar, callar, aniquilar.

Yo trabajo con varones. Escucho sus historias, sus justificaciones, sus vacíos. Y veo cómo algunos, poco a poco, se atreven a mirar el dolor que causaron. No todos pueden hacerlo. Algunos llegan hasta cierto punto y después se defienden diciendo “no les interesa nada de ellas”. En esos momentos entiendo que el trabajo no es solo pedagógico: es político. Porque desarmar la crueldad es desarmar el sistema que la produce.

El doble femicidio de Laurta no empezó el día del asesinato. Empezó el día que creyó que su dolor valía más que el de los demás. Empezó cuando encontró eco, cuando fue validado, cuando se convenció de que hacer justicia era destruir. Por eso, cuando decimos que los discursos de odio matan, no es una metáfora. Matan de verdad. Matan primero el lenguaje, después la empatía, y por último, la vida.

Detrás de cada mujer asesinada hay una historia de deshumanización que comenzó mucho antes. Y detrás de cada varón que ejerce violencia, hay una sociedad que le enseñó que no sentir también es una forma de ser hombre. El desafío que tenemos los que trabajamos en la interdisciplina es no sólo frenar el golpe, sino frenar la pedagogía de la crueldad que lo antecede. Porque cuando un varón actúa creyendo que su odio es justicia, ya no se trata solo de él: se trata de todos los que le creyeron.

Y mientras sigamos socializando desde el odio y no desde la ternura, desde el enojo y no desde el cuidado, seguiremos criando sujetos que confunden el amor con el poder y la justicia con la venganza.

(*) Abogado litigante en CABA y Provincia de Buenos Aires. Diplomado en violencia económica. Coordinador de dispositivos grupales para varones que ejercen violencia en Asociación Pablo Besson y Municipalidad de Avellaneda. Coordinador de laboratorio de abordaje integral de las violencias en Asoc. Pablo Besson.
Miembro de Retem. (Red de equipos de trabajo y estudio en masculinidades). Integrante de equipo interdisciplinario en evaluación de riesgo y habilidades parentales para revincular o coparentalidad (Asociaciòn Pablo Besson)

Referencias

[1] En la crueldad mayor, su ejecutor se abroquela en la pretensión de impunidad, en el desconocimiento de toda ley. […] Esta pretensión sigue instaurada como algo propio del sujeto maligno.”

(Ulloa, F. (1993). Sociedad y crueldad*. Ministerio de Educación de la Nación, p. 4)

[2] El femicida necesita que exista ese tercero -el Estado, la ley, la justicia, etc.- no como resguardo de su impunidad, sino como la instancia que lo saque de la lógica de la crueldad.

 

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