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Educar las emociones

Desde hace varios años, el término Educación Emocional comenzó a escucharse en los ámbitos socioeducativos de la mano de organizaciones vinculadas al ámbito de la psicología y la pedagogía. Su viralización se volvió tan efectiva que cobró fuerza como proyecto de Ley a partir de la propuesta de una Fundación cuya visión plantea que el desarrollo de habilidades socioemocionales ayuda a mejorar la calidad de vida individual, social y familiar mediante la autogestión, la autonomía, la promoción de la salud y emancipación de las limitaciones culturales, físicas y emocionales y que estos conceptos deben darse en las escuelas.

Por María Inés Alvarado*

Quienes trabajamos en Educación Sexual Integral (ESI) sabemos que la Educación Emocional no es un concepto aislado, sino que forma parte de uno de los cinco pilares sobre los cuales se debe trabajar la sexualidad en niñeces y adolescencias: el Eje:Valorar la afectividad. Este eje propone concebir a cada estudiante como una persona que siente y a quien le atraviesan las emociones, la afectividad y los sentimientos. Por ello, la importancia de reflexionar en lo que les pasa, sienten y desean, es parte de la sexualidad de cada individuo y deben ser valores reconocidos en la interacción cotidiana dentro de las instituciones educativas para la adquisición de aprendizajes.

¿Qué significa “educar las emociones” para la ESI? En la propuesta de Educación Sexual Integral que se desprende de la Ley 26.150, la dimensión afectiva propone incluir los aspectos relacionados a los vínculos, sentimientos, valores y emociones que constituyen al ser humano, desde la perspectiva integral de la sexualidad. Por esto se hace indispensable que las escuelas enseñen a reflexionar sobre actitudes como la escucha, la empatía, la solidaridad, la inclusión, el respeto y el amor. Y esto se logra a partir de entender el lugar que tienen los vínculos entre las personas, además de comprender como el contexto en que vive cada niño, niña o adolescente le ayuda o condiciona en su aprendizaje.

Educar las emociones: la mirada transversal de la ESI
Educar las emociones: la mirada transversal de la ESI

La sexualidad está presente en la vida de las personas, no solo entendida como genitalidad o conjunto de caracteres biológicos, sino también en los aspectos sociales, culturales y psicológicos que rodean a cada persona, por lo tanto, la efectiva aplicación de la Ley de ESI, con una mirada integral y de perspectiva de género, debe incluir también la mirada de la Educación Emocional, como un todo y no como una parte exclusiva. Por eso, sin duda, donde debemos centrarnos como educadores es en cuestionar cómo debe ser el rol docente frente a la difícil tarea de educar para expresar emociones y sentimientos propios y ajenos, así como la importancia de crear aulas donde se inspire un espacio de respeto y empatía.

¿Por qué es importante valorar la educación emocional?

A lo largo de la historia de la educación, la mirada biologicista sobre la sexualidad posicionaba el enfoque de la sexualidad como una etapa evolutiva que comienza con los cambios físicos y psicológicos de la pubertad y que culmina en la adultez, excluyendo a la infancia y a la vejez como etapas de la sexualidad, promoviendo que ésta solo se relaciona con la genitalidad y, por ende, la reproducción. Este modelo fue hegemónico a lo largo de siglos en los ámbitos escolares, lo que traía como consecuencia que estas temáticas fueran abordadas solamente en materias relacionadas con las Ciencias Naturales o la Biología. Bajo este enfoque, la prevención de embarazos no deseados y la patologización que provocan las infecciones de transmisión sexual, llevaron a apartar los aspectos psicológicos, emocionales y de derecho del concepto de sexualidad situada.

Cuando en el año 2006 la Ley 26150 crea el Programa Nacional de Educación Sexual Integral y pone el foco, justamente en el enfoque integral de la sexualidad, con la mirada puesta en los derechos de infancias y adolescencias y con perspectiva de género, se abre una puerta para que las emociones y los sentimientos entren en las currículas de todas las asignaturas, a partir de entender que uno de los principios fundantes de la ESI es la transversalidad, porque reúne los contenidos curriculares con las pautas de convivencia que ponen el eje en garantizar derechos y revisar los aspectos socioculturales que rodean a cada estudiante, remarcando así que los contenidos de la educación emocional van implícitos en la ESI, forman parte de un todo, pero no reemplaza a la ESI.

Educar las emociones: la mirada transversal de la ESI

Las emociones indican factores importantes de las personas. A partir de entenderlas podemos comprender que sienten frente a cada situación, cómo se relacionan con el entorno, cómo reaccionan frente a las dificultades que se les presentan o como resuelven cuando deben tomar decisiones. A través de la educación y las diferentes formas de socialización por las que pasamos a lo largo de la infancia y adolescencia, se van perfilando esas características que nos permitirán conectarnos con las emociones para identificarlas y poder manifestarlas correctamente ante cada situación planteada. Si un niño aprende que “llorar es de niñas” o una niña cree que “jugar a la pelota es de varones” o se acepta que una caricia no deseada “es un juego”, creerán que esas prácticas son normativas y, en lugar de ayudar a afrontar situaciones de manera positiva, caerán en estereotipos dados por una educación sexista moldeada por patrones que no ayudan a expresar sentimientos, sino todo lo contrario.

Estos ejemplos son solo tres que podemos mencionar, pero son parte de un conjunto de muchos otros patrones que ayudan a percibir y generar conductas que manifiestan la manera en que nos expresamos como adultos, por eso es importante pensar en una educación emocional con mirada de género que ayude a deconstruir estereotipos y permitir una educación basada en la igualdad, sin discriminación, ni rasgos sexistas, donde se permita el diálogo abierto y sincero para fomentar el desarrollo integral de cada estudiante.

Lo que nos dejó la pandemia

La atípica situación escolar que produjo la falta de presencialidad en las escuelas durante 2020, junto con la incertidumbre acerca de como será la vuelta a clases en el contexto de desinformación y caos social que se viven por la pandemia producto del COVID19, ponen de manifiesto una explícita y urgente educación de las emociones. La sanción de la Ley que garantiza la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE), debatida en ambas cámaras del Congreso durante los meses de noviembre y diciembre, dejó en claro la falta de aplicación de la ESI en la mayoría de las jurisdicciones nacionales, demostrando en varios discursos que se confunden términos jurídicos con religiosos o biológicos con éticos, al tiempo que también se omiten actos relacionados con abusos, maltratos y violencias intrafamiliares, situaciones todas que podrían evitarse con una correcta educación de la sexualidad.

En principio, es importante dejar en claro que no se puede pensar el acto pedagógico por fuera del encuentro entre personas. En todos los aspectos de la vida, y la escuela es uno más de tantos, la afectividad despliega todo su potencial partiendo de la experiencia en el encuentro con la otredad, en un vínculo de apertura, reciprocidad, diálogo, escucha, e intercambio que posibilita el aprendizaje. El acto educativo nunca es aislado, se aprende con y junto a otras personas a pesar de las diferentes realidades, pensamientos y emociones; donde se pone en juego el deseo, la sensibilidad, la necesidad de conocer y la posibilidad de dejarse transformar a partir del encuentro.

El complejo panorama de la pandemia que nos obligó a la virtualidad trajo como consecuencia la falta de inclusión de la afectividad en los contenidos curriculares: los vínculos, las emociones, los sentimientos, los deseos y los conflictos quedaron atravesados por la pantalla, provocando una nueva manera de pensar la escolaridad y descolocando a cada docente en el rol aprehendido durante su formación docente.  En los Lineamientos Curriculares ESI, se pueden encontrar múltiples contenidos relacionados con la dimensión afectiva para las diferentes asignaturas, algunos de estos son: la amistad y el enamoramiento; las habilidades comunicativas de emociones, sentimientos, deseos, necesidades y problemas; la reflexión y el desarrollo de habilidades psicosociales tales como: la escucha y la empatía, la resolución de conflictos a través del diálogo, la toma de decisiones y el pensamiento crítico y creativo, entre otros.

Es momento de pensar como plantear la afectividad en el aula. Y no hay otra forma que desde la mirada integral de la sexualidad. Quienes trabajamos en ESI creemos que no debe ser solo un contenido curricular, sino una dimensión inevitable e imprescindible de la vida escolar. Más allá de la presencialidad o la virtualidad, la escuela y, por ende, cada docente en su espacio, debe habilitar la palabra para hacer explícitos los deseos, darle valoración y significación a la expresión de sentimientos y emociones; trabajar sobre la igualdad de trato y oportunidades para mujeres y varones a través de ciertos contenidos curriculares, entender cuáles son las conductas portadoras de temores, enojos, tristezas, inseguridades. Lo importante es poner atención a lo que sucede en la vida escolar en la visibilidad de manifestaciones afectivas vinculadas a peleas, enojos, cargadas, angustias asociadas con la sexualidad o el crecimiento, inseguridades, temores, ausencias, frustraciones.

El mayor desafío que tenemos hoy como docentes es poder leer los enunciados de lo que siente cada estudiante para poder ayudarle a resolver sus angustias. Necesitamos que el Estado siga generando herramientas de capacitación en ESI para poder encontrar respuestas a estas estas inquietudes. Sin una real y eficaz aplicación de la Ley de Educación Sexual Integral con perspectiva de género, pensar en educar las emociones es una tarea infructuosa.

(*)  Docente, comunicadora. Co-directora de La ESI en juego. Columnista de Diario Digital Femenino

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