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Resumen

La muerte de una mujer como consecuencia de las acciones u omisiones del Estado, instituciones o personas, debido al menosprecio de su condición de mujer y a las concepciones, tradiciones y formas organizativas de una sociedad desigual, entre las que se pueden mencionar las muertes maternas atribuibles a partos en condiciones higiénicas inaceptables, la falta de asistencia médica o la violencia obstetricia es posible considerarla como femicidio indirecto. A razón de ello, el referido artículo apunta a visibilizar, problematizar y denunciar desde una perspectiva feminista e interseccional los femicidios como consecuencia de las prácticas ginecológicas y obstetricias violentas realizadas sobre los cuerpos de las mujeres por motivos culturales, religiosos, económicos, políticos o médicos; las cuales se profundizan en el caso de las mujeres racializadas, las mujeres económicamente precarizadas, y por tanto, con menor influencia o posibilidad de visibilizar y denunciar con éxito las formas de violencia y vulneración contra ellas perpetradas.

Esther Pineda G[1].
Doctora en Ciencias Sociales.
estherpinedag@gmail.com

Introducción
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Aproximaciones al femicidio gineco-obstétrico
Aproximaciones al femicidio gineco-obstétrico

Desde tiempos inmemorables las vidas de las mujeres han sido valoradas de forma distinta a la vida de los hombres, por lo cual su muerte directa o indirecta, por acción u omisión masculina, aparece como una constante en las diferentes etapas del proceso histórico social. Las vidas de las mujeres han sido sistemática y repetidamente infravaloradas, lo cual se convierte en un permiso social para que los hombres puedan disponer de sus vidas cuando desafían el mandato patriarcal, cuando no responden a sus expectativas, cuando intentan acceder a los espacios y posiciones que les han sido negados, cuando intentan cambiar su situación social, cuando buscan autonomía e independencia, o cuando intentan abandonar relaciones desiguales o violentas; asesinatos sexistas y misóginos que han sido definidos como femicidios[2].

No obstante, las mujeres también han perdido la vida por motivos sexistas y misóginos a manos de los hombres de forma indirecta, esto es como consecuencia de los prejuicios y estereotipos que persisten contra ellas y que derivan en su muerte; por ejemplo, como consecuencia de las prohibiciones y restricciones para decidir sobre sus cuerpos, pero también como consecuencia de la negligencia e indiferencia ante sus intereses y necesidades.

Estas muertes de mujeres ocurridas como consecuencia de actitudes misóginas o de prácticas sociales patriarcales, aunque no sean perpetradas por un sujeto en particular, también fueron consideradas por Diana Russell como femicidios; entre estas es posible mencionar las muertes de mujeres por abortos mal practicados en un contexto de irreconocimiento del derecho de las mujeres a controlar su fertilidad. Esta perspectiva de Russell fue retomada en un ensayo en coautoría con Jane Caputi titulado Femicidio: sexismo terrorista contra las mujeres, en el cual afirmaron que también era posible considerar femicidios la muerte de mujeres resultantes de la mutilación genital (clitoridectomía, escisión, infabulación), operaciones ginecológicas innecesarias (histerectomías gratuitas), esterilización forzada (mediante la criminalización de los anticonceptivos y el aborto).

Sobre esta problemática también me referí brevemente en el libro Cultura femicida. El riesgo de ser mujer en América Latina (2019), donde he afirmado que es posible considerar como femicidio indirecto la muerte de una mujer como consecuencia de las acciones u omisiones del Estado, instituciones o personas, debido al menosprecio de su condición de mujer y a las concepciones, tradiciones y formas organizativas de una sociedad desigual; entre las que se pueden mencionar las muertes maternas atribuibles a partos en condiciones higiénicas inaceptables, la falta de asistencia médica o la violencia obstétrica.

No obstante, los femicidios como consecuencia de las prácticas ginecológicas y obstétricas violentas realizadas sobre los cuerpos de las mujeres por motivos culturales, religiosos, económicos, políticos o médicos, han tenido lugar desde los inicios de la disciplina gineco-obstétrica. Estas muertes de mujeres pese a que son las menos abordadas y problematizadas continúan ocurriendo aun en la actualidad, profundizándose en el caso de las mujeres racializadas, las mujeres migrantes, las mujeres económicamente precarizadas; es decir, de aquellas con menor influencia o posibilidad de visibilizar y denunciar con éxito las formas de violencia y vulneración contra ellas perpetradas.

Los orígenes del femicidio gineco-obstétrico

Durante siglos los asuntos relacionados con la salud ginecológica y el parto estuvieron en manos de mujeres, curanderas y matronas quienes hacían uso de su conocimiento experiencial y de los recursos naturales para atender las afecciones y necesidades que se les presentaran a sí mismas y a otras mujeres, fuesen niñas, adultas o ancianas[3]. La gineco-obstetricia fue un ámbito de predominio femenino pues, en una etapa pre médica y pre quirúrgica eran las mujeres quienes realizaban tratamientos naturales para las dolencias e irregularidades de la menstruación, los problemas de fertilidad, las enfermedades vaginales, las infecciones de transmisión sexual, las dolencias ováricas, las afecciones uterinas o fibromálgicas; al mismo tiempo que elaboraban métodos anticonceptivos, y atendían partos intentando garantizar la salud de la madre y del recién nacido.

Pero en el momento en que la ginecología y la obstetricia comenzaron a medicalizarse fueron totalmente monopolizadas por los hombres y se desarrollaron en torno a una estructura y practicas significativa y notoriamente sexistas. Este predominio masculino se explica en primer lugar porque las mujeres tenían negado el acceso a la educación formal, universitaria y principalmente médica; y en segundo lugar porque producto de esa exclusión de las mujeres del ámbito médico, los hombres -principalmente europeos y norteamericanos- erigieron las bases teórico-prácticas de la gineco-obstetricia que persiste aun hasta la actualidad.

Entre los pioneros de la gineco-obstetricia y de prácticas como la inspección vaginal, la cirugía obstétrica, la cirugía ginecológica, la cesárea, la histerectomía, la ovariectomía, y la cirugía de reparación de la fistula vesicovaginal, como muy bien ha reseñado Alejandro Graña en su ensayo Consideraciones históricas sobre la evolución de la ginecología (2001) se destacan Galeno, Carpi, Della Croce y Soranus de Efeso durante el siglo II, Ambroise Paré y Francois Rousset en el siglo XVI, Jacob Nufer, Johann Scultetus y Regner de Graaf durante el siglo XVII, Robert Houston en el siglo XVIII, Baudelocque, Langenbeck, Sauter, Epharaim McDowell, José Récamier, John Lambert, Marion Sims y Robert Ferguson a lo largo del siglo XIX, Gerhard Domagk en el siglo XX, entre otros.

No obstante, pese a que la mayoría de estos médicos y cirujanos se hicieron acreedores de notoriedad y reconocimiento por el diseño, desarrollo e implementación de estos innovadores procedimientos, la realidad es que la mayoría de los instrumentos, técnicas y cirugías que permitieron el desarrollo de la gineco-obstetricia se diseñaron y realizaron a partir del sufrimiento de cientos de mujeres y en muchos casos de su muerte. Al respecto Graña (2001) rescata las denuncias existentes en torno a la primera ovariectomía llevada a cabo por Epharaim McDowell, sobre la cual se ha afirmado se realizó en condiciones totalmente primitivas y sin el uso de ningún tipo de anestesia. Pero este no fue el único caso pues, este mismo autor señala que:

La operación cesárea entra en total controversia durante el siglo XIX y los primeros años del XX, debido a la alta mortalidad que empezó a relacionarse con la misma. Tanto los peligros de la hemorragia como el gran problema de la infección puerperal, frenan por muchos años el entusiasmo de los cirujanos para la ejecución de la cesárea, aunque llegando después a admitirse el uso de su práctica, tan solo con la antigua idea de salvar al feto, in extremis, pero sin esperanzas de hacerlo con la madre severamente enferma (Graña 2001, 243).

En otros casos, la violencia contra los cuerpos de las mujeres fue aún más extrema, poniendo en evidencia no solo la misoginia imperante en el campo médico sino también sus fuertes y arraigadas bases racistas. Entre los casos más emblemáticos es posible mencionar al cirujano estadounidense James Marion Sims considerado el “padre de la ginecología moderna”, quien entre 1845 y 1849 practicó múltiples cirugías experimentales para reparar la fístula de vagina o fístula vesicovaginal, sin embargo, esta técnica la desarrolló sin anestesia sobre los cuerpos de más de 11 mujeres negras esclavas, en una clínica improvisada en su jardín, cerca de las plantaciones de esclavos en Alabama.

Según visibiliza Natalia Guerrero en el reportaje ¿Sádico o salvador?: quién fue J. Marion Sims, el médico que hizo cirugías vaginales sin anestesia en esclavas negras y es considerado el “padre de la ginecología moderna”, publicado por la  BBC Mundo (2017), James Marion Sims describía en su autobiografía que en repetidas ocasiones las mujeres eran colocadas sobre una mesa, apoyadas sobre sus rodillas y codos, sin ropa y sostenidas por otros hombres, mientras él les introducía elementos en sus vaginas para practicar cirugías experimentales.

Sims escribió en su autobiografía sobre Lucy: «Era antes de la época de los anestésicos y la pobre chica, sobre sus rodillas, aguantó la cirugía con gran heroísmo, pero también su agonía era extrema». «Estaba postrada y pensé que moriría», escribió el médico pocas horas después de confirmar que su primera cirugía había fracasado y al haberle realizado una segunda, aun estando muy inflamada (Guerrero 2017, sp.).

Es decir, la experimentación de gineco-obstétrica se basó en la crueldad y el dolor, pero sobre todo en un profundo desprecio por los cuerpos y la vida de las mujeres -sobre todo si eran racializadas-, las cuales estuvieron subordinadas e infravaloradas ante el desarrollo de técnicas inéditas en el campo médico.

El uso de las suturas de alambre de plata, ideadas por el propio Sims, produjo una de las primeras curas permanentes de esta fistula (1849), en una mujer de color llamada Anarcha, después de haberse ensayado el procedimiento 29 veces antes en la misma paciente (Graña 2001, 246).

En 1853 Sims se estableció en Nueva York para fundar el primer hospital de mujeres de Estados Unidos, donde aplicó en mujeres blancas con anestesia, lo que experimentó durante más de 4 años con mujeres negras sin anestesia, y de quienes se desconoce si sobrevivieron los experimentos. Según Harriet Washington, historiadora experta en ética de la medicina y autora de autora del libro Medical Apartheid (2008), esta práctica se naturalizó pues, en los Estados Unidos existió una tradición de explotación de afro estadounidenses para fines médicos; aunado a que, una de las mayores teorías médicas sobre los afroamericanos era que no sentían dolor o al menos no sentían dolor como los blancos.

Este hecho pone en cuestión cuantas mujeres negras más en condición de esclavitud o vulnerabilidad fueron utilizadas por estos médicos para lograr los avances científicos que les aseguraron un lugar en el canon de la medicina y les dieron la fama, cuántas de ellas murieron por el desprecio de los hombres hacia el cuerpo de las mujeres y de las racializadas justificados en el progreso médico. Cuántas de ellas suplicaron de dolor, cuantas murieron en procedimientos que pidieron ser evitados, cuántas de ellas murieron por acción u omisión durante la realización de estas cirugías.

Pero en los inicios de la gineco-obstetricia, las mujeres no solo murieron por indiferencia o negligencia médica, se cree también que muchas de ellas fueron intencionalmente asesinadas o sus muertes encargadas para poder acceder a sus cuerpos y sus órganos, con los cuales se realizaban prácticas de procedimientos muy específico como disecciones, suturas, operaciones, e incluso la recreación de su anatomía.

Un ejemplo de ello es el caso de William Hunter y William Smellie, considerados como los padres de la obstetricia, quienes han sido señalados de haber encargado entre los años 1750 y 1774 el asesinato de al menos 35 a 40 mujeres pobres, migrantes y embarazadas de nueve meses para completar sus fieles dibujos anatómicos tras la disección de los úteros. Según la investigación titulada El traje nuevo del Emperador, desarrollada por el historiador neozelandés Don Shelton a partir de datos demográficos y de los diarios médicos de la época, publicada en 2010 en el Journal of the Royal Society of Medicine, era prácticamente imposible que Hunter y Smellie hubieran podido dibujar atlas tan precisos de tal número de mujeres embarazadas porque era un perfil de cadáver muy inusual, por lo que “no les servían las mujeres que ya hubieran dado a luz, sino sólo las que estuvieran a punto de hacerlo” (Postico 2010, sp).

En su obra maestra, Anatomia uteri umani gravidi (Anatomía del útero humano grávido), publicada en 1774 y en la que registra la independencia de la circulación materno fetal, Hunter reconoce que «la oportunidad de diseccionar úteros de mujeres embarazadas rara vez ocurre. La mayoría de anatomistas, si tienen suerte, lo pueden hacer una o dos veces en su vida». Hunter y Smellie realizaron atlas anatómicos completos de, al menos, 35 mujeres en el noveno mes de gestación, «con una calidad y un detalle equivalentes a fotografías forenses del siglo XXI», algo imposible de conseguir con las técnicas utilizadas en aquella época. A partir de la revisión de sus atlas anatómicos, Shelton calcula que Hunter y Smellie utilizaron 20 cadáveres de mujeres nuevemesinas entre 1750 y 1754, y doce cuerpos más entre 1766 y 1774. «Ellos nunca revelaron el origen de estos cuerpos, pero es imposible que fueran suministrados de manera legal». (…) Según Shelton, no cometieron los asesinatos con sus propias manos, sino por encargo. Ambos utilizaron asistentes para que movieran los hilos. (…) Buscaban mujeres jóvenes que se encontraran en el noveno mes de gestación, a punto de dar a luz. Mujeres pobres, que acabaran de emigrar a Londres, que nadie pudiera echar de menos y denunciar su desaparición. Todas ellas fueron asesinadas por asfixia, utilizando el mismo proceder que Hare y Burke emplearían un siglo después. El método más limpio. Una vez muertas, les cortaban la cabeza, los brazos y las piernas «para que no las pudieran reconocer y también para poder diseccionar las otras partes del cuerpo en su escuela de anatomía», sostiene Shelton (Postico 2010, sp).

Estos asesinatos sexistas y misóginos realizados bajo la justificación del progreso médico, por su cantidad, frecuencia y recurrencia no pasaron desapercibidos en las sociedades donde fueron perpetrados. Pese a ello, -como ocurre aun en la actualidad- los femicidios fueron justificados, encubiertos y amparados en la dinámica de poder y complicidad patriarcal:

En 1753 se produce otro hecho revelador. El 15 de noviembre, en un discurso ante el Parlamento, el Rey Jorge III expresa su preocupación por el aumento de los crímenes de embarazadas y propone una nueva ley que endurezca las penas por el delito. Paralelamente se había iniciado una investigación policial y Smellie y Hunter estaban en el punto de mira. Los rumores eran cada vez más claros y el acecho policial, mayor. «Pero William Hunter utilizó su influencia y, mediante favores políticos, detuvo la investigación policial y bloqueó la nueva legislación», asegura Shelton. Esto explicaría el parón de los asesinatos entre 1754 y 1766 por el temor a ser condenados a muerte. «Desde 1754, Smellie, los hermanos Hunter y otros obstetras como Colin MacKenzie, John Burton o Charles Nicholas Jenty ya no volvieron a producir atlas nuevos». El silencio dura hasta 1766, cuando, con las aguas ya calmadas, vuelven a aparecer nuevos atlas de Hunter y Smellie. Habían vuelto a matar. Shelton estima que entre 1766 y 1774 mataron, o encargaron el cuerpo de 12 nuevemesinas más (Postico 2010, sp).

El femicidio gineco-obstétrico en la sociedad actual

El origen y desarrollo de la ginecología y la obstetricia está manchada con sangre. Las ilustraciones que permitían conocer la anatomía ginecológica de las mujeres, el desarrollo de instrumentos y técnicas que permitieron acceder a los órganos femeninos, el diseño e implementación de técnicas durante el parto, la introducción de cirugías como la cesárea, la ovariectomía, la histerectomía, la cirugía de fistula vesicovaginal, entre otras; se erigió sobre el sufrimiento y la muerte -en algunos casos negligente y en otros intencional- de las mujeres pobres, racializadas y migrantes; en una sociedad que desprecia a las mujeres, pero mucho más si estas pertenecen a un grupo históricamente precarizado y vulnerado… Seguir leyendo Aquí

 

[1] Socióloga, Magíster Scientiarum en Estudios de la Mujer, Doctora y Postdoctora en Ciencias Sociales egresada de la Universidad Central de Venezuela. Autora de los libros: Cultura femicida. El riesgo de ser mujer en América Latina, Buenos Aires: Prometeo Libros Editorial (2019), y Morir por ser mujer. Femicidio y feminicidio en América Latina, Buenos Aires: Prometeo Libros Editorial (2021). Libros 

[2] En 1976 Diana Russell acuñó el término femicidio, categoría que desarrolló y profundizó durante la década de los 90 para definirla finalmente como el asesinato misógino de mujeres por hombres porque son mujeres. En la actualidad, según el Modelo de Protocolo Latinoamericano de Investigación de las Muertes Violentas de Mujeres por Razones de Género (Femicidio/Feminicidio), se define el femicidio/feminicidio como: “la muerte violenta de mujeres por razones de género, ya sea que tenga lugar dentro de la familia, unidad doméstica o en cualquier otra relación interpersonal, en la comunidad, por parte de cualquier persona, o que sea perpetrada o tolerada por el Estado y sus agentes, por acción u omisión; y el uso del concepto de femicidio/feminicidio y su diferencia con el homicidio permite visibilizar la expresión extrema de violencia resultante de la posición de subordinación, marginalidad y riesgo en el cual se encuentran las mujeres”.

[3] Durante el periodo obscurantista estas mujeres fueron consideradas y denominadas brujas por poner en práctica sus conocimientos e intentar salvar la vida de las mujeres, lo que en oportunidades fue utilizado como justificación para llevarlas a la cárcel, la horca o la hoguera.

 

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