Artículo 41

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Por Admin diciembre 7, 2016 17:00

Artículo 41

Por Georgina Lira*

acoso

Desde 2009 contamos con una ley que tiene como fin describir, detallar y proteger a las mujeres de las violencias que padecemos en diferentes espacios. Una ley basada en los reclamos del movimiento de mujeres. Detalla los diferentes tipos y modalidades de violencias cotidianas, constantes, visibles e invisibles que padecemos a diario, en diferentes espacios, en manos de diferentes actores y actoras, incluídxs, según dice la ley, lxs agentes del Estado.

Es una ley bellísima, que nos reconoce personas, y que reconoce que la violencia de género deja marcas más allá de lo visible. Sin embargo, existe una gran resistencia a aplicarla. Siquiera a tenerla en cuenta en las provincias que sí adhirieron (hay algunas que no). Pero contar con esa ley contiene un artículo que no sólo la limita, sino que seguirá haciéndolo durante años. El artículo 41 de la ley 26485 dice lo siguiente:

ARTICULO 41. — En ningún caso las conductas, actos u omisiones previstas en la presente ley importarán la creación de nuevos tipos penales, ni la modificación o derogación de los vigentes.”

Esto implica que si bien se reconoce que todas las conductas, acciones y omisiones detalladas en la ley se reconocen como formas de violencia en todos esos ámbitos, no hay obligación de modificar las leyes para que sean tenidas en cuenta en el ámbito judicial o para que sean efectivamente sancionadas como corresponde, proporcionalmente con el daño que producen. De ese modo, conductas que deberían estar penalizadas siguen sin estarlo, y las víctimas dependen de demasiados factores a la hora de denunciar y en muchos casos, la potencial defensa del varón amparándose en “ser cariñoso” en casos de acoso sexual (tipificado sólo en unas pocas provincias como delito) frena la posibilidad de denuncia, y es muy, pero muy difícil denunciar violencia psicológica, emocional o económica, o amenazas del tipo “te voy a sacar a tus hijos y te voy a dejar en la calle”. Aunque lamentablemente hayan muchos casos en que efectivamente lo hacen. Ésto deriva en impunidad casi garantizada, por ejemplo, para muchos acosadores y la posibilidad de seguir acosando a cuanta mujer le dé la gana durante décadas. También implica un gran desgaste, una cantidad impresionante de exigencias para las víctimas que quedan atadas de pies y manos, porque lo que tampoco impide el resto de las leyes es que las mujeres que denuncian o intentan denunciar acoso terminen en el banquillo de las acusadas por difamar o amenazar, mientras muchísimas otras víctimas que no se atreven a denunciar, apenas pueden hablar sin llorar y están sometidas a situaciones intolerables por el miedo a perder un trabajo, reprobar un exámen o que se cumplan las amenazas que reciben.

¿Alcanza para estas víctimas que se les diga “sí, te están maltratando, sabemos que este tipo te puede cagar la vida, pero no denuncies porque no te van a dar bola”?
No.

Padecen estrés, angustia, en algunos casos, ataques de pánico (justificadísimos, teniendo en cuenta lo que implica el acoso impune garantizado día a día). Con el agravante de no contar con recursos para frenar al acosador, dado que si le pegan, si les gritan, si se defienden, si lo escrachan, o si hacen algo fuera de un reclamo en recursos humanos corren el riesgo de ser acusadas. Y a veces lo son.

A pesar de este artículo, el esfuerzo, la constancia y el excelente trabajo de abogadas, organizaciones y agrupaciones feministas ha logrado que lentamente se vaya modificando esto, en base a precedentes jurídicos o a casos extremos en los que se hizo imposible negar la gravedad de las consecuencias que la violencia de género acarrea. Un caso claro es la incorporación de la figura de femicidio. Pero en casos que aún son excepciones terribles y tras llevar años en tribunales con la suerte de contar con asistencia legal formada y con perspectiva de género. Y la realidad es que las mujeres más vulnerables dependen del Estado para defenderse en estos casos. Una ley que reconoce el maltrato en sus diferentes formas es un avance. El artículo 41 debería ser como mínimo modificado. Y el acoso debería ser tipificado como delito. Y todas las denuncias deberían ser tomadas, y las víctimas tratadas como tales. Caso contrario, tengan a bien les legisladores explicarnos a todas por qué nuestro sufrimiento y las marcas que deja el acoso en nuestras vidas valen menos que un celular.

*Psicóloga Social, Feminista

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Por Admin diciembre 7, 2016 17:00
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2 Comentarios

  1. Jorge Mosquera diciembre 7, 17:57

    Toda ley es mejorable y ninguna es idealmente perfecta. Es muy probable que si se hubiera intentando incluir sanciones que modificaran el CP (con la experiencia muy fresca en ese momento de las pésimas reformas debidas a la presión de Bloomberg y los medios) la ley no se hubiese aprobado ni promulgado y quizá hoy seguiríamos hablando de violencia doméstica.

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  2. Georgina Lira diciembre 9, 13:35

    Justamente por eso, Jorge, es que creo que ahora que la ley está firme, que es conocida su existencia por las mujeres (al menos un gran número de ellas) y está empezando a aplicarse en muchas provincias, es un buen momento para ponerlo en debate.
    Mi percepción cuando lo leí en un primer momento es que no la iban a aprobar sin ese artículo. Es más, si leemos la ley completa queda como pegado con chicle. Sin embargo, ante los avances, está recrudeciendo y están reapareciendo nuevamente artilugios que interfieren en el ejercicio de los derechos de las mujeres (el bendito y famoso backlash). Lo digo en lo cotidiano, en la consulta con la abogada, en el día a día. Y este artículo está llevando, por ejemplo, a que se demore la aplicación de la ley incluso en provincias enteras. En mi provincia, que adhirió a la ley en 2009, se sigue aplicando la 4241 (ley provincial de violencia familiar), más conocida como 3040. De hecho, acá las mujeres no dicen «tiene prohibición de acercamiento», dicen «le pusieron una 3040». Y hasta hay algún varón que ha sido contenido por alguna organización que trabaja en violencia familiar, derivado por el juzgado, en el mismo grupo al que asisten las mujeres víctimas de violencia de género. El resto de la ley es fantástica. Pero las instituciones son patriarcales en origen, forma, funcionamiento y estructuras, salvando excepciones. No podemos desconocer eso. Dudo que pueda modificarse o quitarse. Pero tampoco hace bien silenciarlo o restarle la importancia que les abogades, fiscales, defensores, jueces y legisladores sí le dan. Si no fuera importante o si no tuviera implicancias, no estaría ahí. Pero está y tiene consecuencias prácticas.

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