Por María Laura Razzari *

El camino de toma de conciencia de cómo opera la violencia de género en sus tipos y ámbitos tal y como lo describe taxativamente la Ley Nacional 26 485, no es una trayectoria fácil.
Implica, para aquellas que estamos trabajando nuestra despatriarcalización, un doloroso proceso del que siempre hablamos las feministas.
A diario, como contaba Ana del Cielo Amado mientras daba un taller de Perspectiva de Género en el Arte en la Escuela de Artes Visuales de Chivilcoy, confesamos que hemos llegado al feminismo porque la vida nos ha interpelado política y éticamente.
Con otra cumpa potente referenta del grupo Las 4 locas (tamboras) y Maltratocero Bragado, Norma Balvidares, hemos hablado mucho de esto… tanto como lo hemos hecho con mi hermana de lucha Rosana Albisini de las Mujeres Autoconvocadas de Colón (B.A).
¿Y cuándo nos dolemos?
Nos dolemos cuando una compañera mujer, una congénere nos llama la atención por habernos olvidado de que nuestro norte no es enfrentar personas sino el modelo sociocultural y político del Patriarcado.
La observación, que a veces nos suena a reto, viene de ese olvido y de ninguna parte más.
Son retos, pero no de retar en términos de subordinar a nadie, son retos porque son señalamientos que nos reorientan hacia el desafío de auto evaluarnos ética e ideológicamente.
Frecuentemente con estas mujeres hermosas hacedoras de historia, nos retamos.
Pero nos retamos dentro de un abrazo.
Yo he llorado mi transformación a la sombra de los árboles del inmenso patio florido de Rosana en compañía de unos amorosos mates amargos.
Y he crecido con ella y gracias a ella.
Es mi hermana en la lucha, madre ante mi dolor, la mano tendida en la desesperación y en mi ignorancia es mi maestra.
Jamás deja de decirme lo que piensa.
Y siempre va millones de años luz delante de mí en sus saberes y experiencias.
Me cuida porque a través mío cuida nuestra causa.
Me alerta, me alarma, me calma, me cuestiona, me aclara, me enreda y desenreda y por el camino ambas egresamos de ese modo de Ser Mujer que nos inocula esta cultura siniestra.
Mientras tanto desde mi banca de concejala, pretendiendo llevar esta vivencia feminista a la política, encuentro congéneres en otra sintonía.
Oprimidas en sus espacios de trabajo o partidarios dónde para poder hacer política, no responden a una estructura orgánica, sino a las jefaturas de los varones que usurpan sus gargantas y las mandan a romper lazos de solidaridad con otras mujeres.
Las obligan a decir lo que no dirían nunca, pero cuando las mujeres estamos patriarcalizadas tememos poderosamente perder la sonrisa del amo.
Las mujeres patriarcalizadas cuando se ven en el espejo de las que no tenemos amo, se asustan de sí mismas porque saben que ese poder también habita en ellas.
Y nos atacan públicamente, reniegan del feminismo como no se las ha oído renegar de ninguna ideología y detestan el lenguaje no sexista que ya se impone como guía en muchas universidades.
Congéneres de la educación, de los medios de comunicación, del gobierno, de la cultura, del arte… de todos los ámbitos responden del mismo modo: prefieren asesinar políticamente a una mujer antes que perder la sonrisa del amo.
Aún cuando “el pecado de esa congénere” haya sido cumplir con un deber moral y republicano de defender los derechos de sus iguales o hacer públicos los actos de gobierno, aún así el poder del amo se impone sobre toda lógica para fragmentar el poder político de la unidad del género.
Ya sabemos lo que pasa cuando la tensión arrasa, alguna acaba muerta en femicidio.
Porque el femicidio siempre es un hecho político para disciplinarnos y mantenernos aisladas.
Algunas han pretendido inclusive usar el concepto de sororidad como búmerang cortador de gargantas que denuncian lo que muchxs atestiguan.
Sororamente las abrazaré cuando se duelan por advertir que su moral de esclavas descolla en la torpeza de seguir empoderando a sus asesinadas.
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(*)Profesora de Historia y Filosofía
Concejala Bloque Feminista HCD Chivilcoy
Presidenta de Asociación Civil Maltratocero