El caso al que se refería el artículo difundido por la reportera del Washington Post se remonta a 2003, cuando Kobe Bryant tenía 24 años. La gran estrella de la NBA fue acusada de agresión sexual por una joven de 19 años, Katelyn Faber. Ella era empleada de un hotel-spa en Eagle, Colorado, donde se alojaba el jugador mientras se recuperaba de una operación de rodilla.
Según la declaración de los dos, él pidió a la joven que le enseñara las instalaciones, la invitó a su habitación y allí se besaron. Pero las versiones sobre lo que pasó después fueron diferentes. La joven aseguró que el la agarró del cuello y abusó sexualmente de ella. Bryant, por el contrario, declaró que no habían mantenido relaciones sexuales. Cuando la policía le informó de que habían extraído de la joven restos de su ADN, el confesó que sí habían mantenido relaciones peropensó que los dos estaban de acuerdo.
El escándalo le pasó factura económica. Nike, McDonald’s y Nutella cancelaron sus contratos publicitarios. Una semana antes del juicio, la denunciante informó de que no iba a testificar y pidió una disculpa pública del jugador para retirar los cargos penales. Dos meses después de su cancelación, en marzo de 2005, las dos partes llegaron a un acuerdo confidencial con una compensación económica de dos millones y medio de dólares para la joven. Él entonó un mea culpa públicamente: «Creí que los dos estábamos de acuerdo. Ahora entiendo que ella no quería que pasara, que no lo ve cómo yo. Tras meses de escuchar a su abogado y su testimonio, entiendo cómo le ha afectado».
El caso también puso en peligro su matrimonio; pero, finalmente, su esposa, Vanessa Bryant, acabó perdonándole. Kobe Bryant reconstruyó su imagen y las marcas se le volvieron a rifar. En la temporada 2006/2007 no solo dejó atrás aquella pesadilla, también el número 8 con el que había jugado hasta entonces. Lo cambió por el 24, el número con el que la estrella volvió a brillar en lo más alto del firmamento de la NBA.