Si hay una palabra que defina a la mexicana Lydia Cacho es la de heroína. Su testimonio de vida es el reflejo de la lucha de una feminista que con periodismo honesto hecho desde el corazón denuncia el patriarcado de un país maltratador con sus mujeres. Hace unos meses unos sicarios volvieron a intentar acallarla. Pretendían asesinarla en su propia casa. Como no la encontraron acabaron con la vida de sus perras y rebuscaron documentos en los que pone cara a la delincuencia prostituyente y organizada de México. Desde entonces su vida va con ella en una maleta. Cruza países y continentes en un ir y venir en el que todo es más fácil gracias a la sororidad con la que respira en cada lugar al que llega. Lejos de desfallecer declara que va a seguir con su misión. Público lo ha comprobado aprovechando su estancia en España.

Hablar con Cacho es ser testigo de la fuerza de una mujer que ha aprendido a cruzar el territorio de la vida como si de un campo de minas se tratase. Alzar la voz en lugar de callar la hace peligrosa para quienes se creen dueños de todo, incluso del silencio. Destapar el machismo y la desigualdad de un país donde la desvergüenza contra las mujeres alcanza límites vomitivos e insufribles, la hace incómoda.

Su riesgo por lo que hace es tal que en su país ha tenido que volver a llevar chaleco antibalas para defenderse de los torturadores y de los autores intelectuales de la red de pornografía infantil y trata de niñas y niños que destapó hace trece años. «Mi vida ahora mismo es un desplazamiento forzado. Soy una reportera de guerra que está resguardando su vida. Es enorme la batalla que estamos dando las periodistas para desentrañar el tejido que han creado juntos algunos poderosos políticos y los grupos de delincuencia organizada; los que quieren dominar una parte de la economía mexicana y que propagan la impunidad para sostenerse», reconoce.

«El costo que he pagado por ser una buena reportera y defensora de los derechos humanos es enorme»