25n

El 25 de noviembre del 2016, hace nada, Ana Pollán escribió en su blog:
25n«Un día más de lucha para las personas feministas, que no tenemos  tregua, ni descanso, ni respiro. Hacemos hoy lo que los otros 364 días del año: luchar por una sociedad libre de violencias machistas; por una sociedad de igualdad y libertad. Para las instituciones y la clase política es un día especial (algun@s de est@s se lo toman en serio, y trabajan con constancia, pero son minoría): hoy tienen que esforzarse en demostrar cuán concienciadas están en erradicar la violencia machista. En eso y en que nos lo creamos. Organizan actos (no todos con un contenido apropiado; incluso en esto se trabaja sin perspectiva de género), se hacen fotos, se pronuncian en las redes y guardan minutos de silencio ante las cámaras. Y no digo que lo simbólico esté mal. Al contrario, que los políticos/as, las instituciones, los medios de comunicación, etc, dediquen hoy un esfuerzo en denunciar las injusticias patriarcales es fundamental. Pero hoy y siempre. Porque  lo fundamental es que ese compromiso contra las violencias machistas se mantenga siempre y en todo lugar, y que se traduzca en políticas y hechos transversales, continuos, relevantes y apropiados. Y esto último  es lo que no ocurre. La realidad es que mañana todo seguirá igual; los medios seguirán hablando de muertes y no de asesinatos, y la mayoría de instituciones se ocuparán de “lo importante”, considerando que “ahora no toca” ocuparse de la eliminación del patriarcado.
Se intenta responder hoy a cuáles podrían ser las soluciones. Para responder  adecuadamente, lo primero es formular bien la pregunta. Y antes de preguntarnos por la solución debemos preguntarnos cuál es el problema. Debemos preguntárnoslo porque no parece estar claro: el 40% de la población cree, según el CIS, que los maltratadores son enfermos mentales. Y el 35% cree que si hay mujeres maltratadas es porque ellas lo consienten. De nada sirve pensar en las soluciones sin entender la situación y nada tiene esto que ver con enfermedades mentales. La situación es que vivimos en un patriarcado. Un patriarcado es un sistema social, político, cultural y económico que defiende, sustenta, produce y reproduce una dominación sistemática de los hombres sobre las mujeres. Este sistema inunda y contamina todos los ámbitos de la vida: contamina las relaciones interpersonales, la educación, buena parte  de las costumbres y tradiciones, la publicidad, la música, las películas, las series, la economía, la moda, la forma en que establecemos relaciones afectivo-sexuales,… En síntesis: todas las facetas de la vida. Lo otro que es necesario entender es que el orden patriarcal no es ni natural, ni necesario, ni inmutable; al contrario, es una construcción cultural, esto es, podría no haberse dado; podríamos habernos  organizado de cualquier otro modo y, por tanto, no es inamovible; puede derrocarse. Del mismo modo que las monarquías absolutas se tomaban como naturales, necesarias (necesarias en el sentido filosófico del término: esto es, “lo que no puede no darse, no producirse o no existir”) y un día se derrocaron, podemos y debemos acabar con el patriarcado.
Una vez que comprendemos esto, pensemos qué hay que hacer. La respuesta es clara: fulminar todo aquello que impida la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Lo primero para ello es identificarlo, lo segundo criticarlo (analizarlo, entender cómo y por qué se produce) y lo tercero acabar con ello construyendo una sociedad nueva, feminista, igualitaria.
La herramienta para cumplir estos objetivos es la educación: educación, educación y educación. Educación desde infantil hasta el doctorado. Educación en los medios de comunicación, en los colegios, institutos, universidades. En los museos, en los cines, en los teatros, en las calles, en las plazas, en los pueblos, en los centros de salud. Educación para todo el mundo: niños/as, adolescentes, jóvenes, adultas/os, ancianos/as… Sólo mediante la educación podemos capacitarnos para entender  el mundo en el que vivimos, ante el cual no hay que resignarse. Debemos comprender el mundo, pero no sólo en un sentido descriptivo, sino como un modo de proceder a su transformación radical; comprenderlo es ya empezar a transformarlo. Es evidente esto: si un niño crece viendo que tanto él como su hermana, sus primas o aquellas niñas y mujeres con las que se relacionan tienen las mismas obligaciones y derechos; que su hermana y su madre no están ahí para servirlo, no adoptará nunca ese rol de opresor (y recordémoslo: las madres no son las culpables de que el machismo se perpetúe, es la sociedad entera y es el modo en el que todos/as, sin excepción, somos educados por la sociedad entera). Si una niña crece teniendo referentes de mujeres deportistas, científicas, agricultoras, ingenieras, filósofas, pintoras, sabrá que sus capacidades y su función en el mundo va más allá de servir con abnegación a su esposo e hij@s. Sentirá así que tiene derecho a ser madre o a no serlo; a tener pareja o no tenerla; a ser lo que quiera ser sin admitir un papel sumiso en el mundo. Si un niño crece sabiendo que ser querido y amado no significa ser el centro del mundo, desarrollará una mayor capacidad de empatía y afecto, siendo así capaz de establecer relaciones afectivo-sexuales basadas en la libertad y la reciprocidad y no en la exigencia. Si se nos educa sabiendo que las mujeres no son un objeto al servicio del hombre, estaremos eliminando la posibilidad de que en el futuro siga habiendo hombres puteros capaces de mantener un sufrimiento atroz a cambio de tener libre e incondicionado acceso al cuerpo de las mujeres. Si crecemos siendo enseñados/as a denunciar la injusticia y apreciar y desear la igualdad, atajaremos en menos tiempo de lo que se pueda imaginar y con más radicalidad y éxito del que podamos concebir, las violencias machistas, todas y cada una de ellas.
No es imposible. De hecho los resultados aparecerían en pocos años. Pero la educación en igualdad no puede reducirse a una charla anual o a un tema aislado en una asignatura. Debe haber, por una parte, formación continua y específica: desde infantil hasta el doctorado, se estudie lo que se estudie. Una asignatura en cada curso donde se analice en profundidad las causas y consecuencias del machismo para que desde niñ@s aprendamos a detectarlo y eliminarlo; a rebelarnos contra él. Una formación académica no androcéntrica. No puede ser que nos pasemos años enteros de colegio, instituto y universidad, sin estudiar a una sola científica, matemática, filósofa, escritora, música… porque si esto ocurre y aprendemos la historia, la música y la ciencia sólo concebida por y para ellos ¿cómo nos van a ver ellos como sus iguales en intelecto y capacidades? ¿Cómo nos vamos a sentir nosotras inteligentes y seguras de nuestras capacidades?
La solución no es fácil. Y tiene más aristas. Muchas. Pero  creo que el eje, lo central, es la educación. También la condena, el rechazo a los machistas, y todos los recursos necesarios para proteger a las víctimas y penar muy duramente a los maltratadores, acosadores, violadores,… a todo aquel que sustente al patriarcado. También una mejora de la Ley Integral contra las Violencias Machistas, se produzcan donde se produzcan: en el trabajo, en la escuela, en los centros médicos, en la calle, en casa… y donde se incluya a las prostituidas como víctimas directas de la violencia machista, y a puteros y proxenetas (dos caras de la misma moneda) como criminales. También una lucha contra el capitalismo, uno de los mejores aliados del patriarcado. Sólo así será posible una sociedad igualitaria, feminista, justa, libre, digna, solidaria. Sin arrancar de ella el machismo que hemos construido en ella no es posible vivir con dignidad. Y ese machismo no se elimina con unos tweets y unos actos puntuales e interesados los 25 de noviembre. A luchar, a luchar siempre, de todos los modos posibles, en todas las situaciones y ámbitos, desde las  instituciones y desde la calle 365 días al año.»

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