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La historia de Luana, la primera niña trans en el mundo en tener un documento oficial acorde a su identidad de género autopercibida llegó al cine comercial e interpela a la audiencia con una fuerza devastadora que implica pensar en cómo llevar a las aulas un tema tan importante como el derecho a la identidad.

Por María Inés Alvarado*
para Diario Digital Femenino

Escucha este artículo en la voz de Marina Colado

Hablar de Luana es hablar de infancias, pero también de niñeces trans; es hablar de valentía, pero también de tristeza y discriminación; es hablar de personas que supieron escuchar y acompañar, pero también de instituciones que cerraron puertas y negaron derechos. “Yo nena, yo princesa” debería pensarse dentro de la curricula escolar atravesada por la ESI para ayudar a promover el derecho a la identidad.

La película, guionada y dirigida por Federico Palazzo, relata de manera casi textual el contenido del libro homónimo que Gabriela Mansilla, la madre de Luana, publicó en 2014 y que sirviera para instalar socialmente el tema de la importancia de visibilizar las niñeces trans. Si bien es cierto que aún falta trabajar mucho más para posicionar el tema, dado que la expectativa de vida de las personas travesti trans sigue siendo de 35 años, la posibilidad de que exista una herramienta como esta película, puede contribuir a modificar prejuicios insertos en la cotidianeidad.

Durante los 120 minutos que dura la película, se transita la importancia de entender que el término sexo se refiere específicamente a las características biológicas que definen a los seres humanos en tanto hembra y macho, lo cual está impuesto por la naturaleza en lo relacionado a la concepción de lo hormonal y cromosómico, mientras que el género es una cuestión cultural, impuesta por la mirada social acerca de la construcción que a lo largo de la historia hicieron sobre los cuerpos, en función de la biología. También se desarrolla la noción del término sexualidad como algo significativamente más abarcativo, refiriéndose no sólo a la dimensión biológica, sino también en lo que se refiere a lo psicológico, social y cultural que determinan la manera en que las personas se manifiestan y relacionan afectiva y socialmente, tal como promueve la Ley 26150 de Educación Sexual Integral: entender la sexualidad como “un entramado de manifestaciones y expresiones afectivas, biológicas, psicológicas, socioculturales, éticas y religiosas, que nos identifica y caracteriza como sujetos únicos”. (Organización Mundial de la Salud, Organización Panamericana de la Salud, 2000). Esto implica que la sexualidad forma parte de la identidad, las vivencias, los sentimientos, las emociones, el placer y la responsabilidad; o sea la construcción que cada persona hace de sí misma en el encuentro con otras y a lo largo de su vida.

El film no tiene desperdicio para llevar a las aulas, especialmente en formación docente. Algunos tips para su abordaje:

  • Abrir la discusión para en el análisis de las masculinidades en frases como “el rosa es de nenas”, “los nenes le piden autos a Papá Noel y no muñecas” “no quiero un hijo maricón” o “es un chico raro” dichas en la voz de un padre que no acepta la realidad de une hije que no “encaja” en la construcción de la masculinidad impuesta.
  • El lugar de una mujer, cuya maternidad se siente interpelada desde el dolor de madre, al sentirse culpable frente a no poder entender que le pasa a su hije “algo tiene”, “¿por qué tiene esos ojos tristes?”, “¿es que soy una mala madre?”
  • Los mensajes conservadores en la idea de que “Es necesario aplicar un método correctivo”, atravesada por la orden de una profesional de la psicología sin perspectiva de género, que desoye el sentimiento de Luana y culpabiliza a esa madre quien no encuentra respuestas. “¿Qué pasa en tu casa Gabriela?”, añade, dejándola como única responsable de la situación.
  • El repudio social de grupos antiderechos que plantean “Hay que desenmascarar la ideología de género”, negando la posibilidad de infancias que buscan ser tenidas en cuenta.
  • Una escuela y una maestra que no aceptan la situación planteada y, a través de la discriminación, niegan el derecho a la educación y a la posibilidad de Luana de ser quien quiere ser.
  • El mensaje esperanzador (y sanador) del personaje que interpreta a la Lic. Valeria Pavan cuando sentencia que “La identidad es lo más importante de una persona porque le permite ser alguien socialmente” y lo que genera en el desenlace final por la obtención del DNI.
  • El lugar de las políticas públicas en manos de un Estado que escucha el reclamo y procede a ampliar los derechos de las infancias.
  • Las mujeres que contienen, en ese actor de amor que promueven madre, abuela y tías al armar el traje de princesa que Luana quiere lucir como una verdadera niña que es, en un fiel reflejo de sororidad y empatía femenina.

La película es el reflejo de una realidad, puede pensarse edulcorada y maquillada para la pantalla grande, pero no por eso deja de ser un importante avance para pensar una ESI que contemple los derechos de las niñeces trans dentro de las escuelas.

(*)  Docente, comunicadora. Co-directora de La ESI en juego.
Columnista de Diario Digital Femenino

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