Hay varones que no golpean con la mano, pero golpean con la billetera.
Y cuando llegan a los tribunales, no vienen a reparar nada: vienen a continuar lo
que empezaron puertas adentro. La violencia económica y patrimonial cambia de
forma, se disfraza de derecho, se maquilla de reclamo legítimo. Pero sigue siendo
violencia.
Por Martín Miguel Di Fiore*
Lo aprendí en los grupos. Aprendí que el dinero, para muchos varones, no es un
recurso: es un lenguaje de poder. Y que la falta de dinero -cuando es inducida-
enseña. Enseña dependencia. Enseña obediencia. Enseña sumisión. Eso es la
pedagogía de la carencia: una didáctica del control donde el varón produce
privación, sostiene la dependencia y administra la vida ajena como si fuera
propiedad.
Esa pedagogía -esa matriz de dominación- entra intacta al expediente judicial.
El expediente como nuevo escenario de la violencia
La mujer llega a la justicia con un problema real: no hay dinero, no hay comida
suficiente, no hay obra social, no hay estabilidad. El varón llega con otra cosa: un
plan. Se sienta en la audiencia como si estuviera negociando un contrato. Mide,
calcula, especula. Y lo que negocia no es el alimento: es el poder.
Por eso discute el precio de un remedio, una cuota escolar, una mochila. Por eso
pide tickets imposibles. Por eso cuestiona gastos mínimos mientras toma decisiones
patrimoniales que dejan a la familia al borde de la indigencia. No está discutiendo
pesos: está defendiendo su lugar jerárquico dentro del sistema familiar. Porque para
él, pagar es perder. Y no pagar es seguir enseñando quién manda.
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La pedagogía de la carencia aplicada al litigio
En los grupos de varones, la pedagogía de la carencia aparece como una trilogía:
privación, dependencia, sumisión.
En tribunales, esa trilogía cambia el escenario, pero no la lógica:
1. Privación: el expediente como herramienta de castigo
Retener alimentos no es una “dificultad económica”. Es un mensaje. Un te voy a
enseñar. Un así no. Un yo decido cuánto vivís, cuándo vivís y cómo vivís. Es el
mismo gesto del hogar reproducido en lenguaje jurídico: el castigo financiero como represalia por denunciar, por separarse, por proteger a los hijos, por desobedecer al
patriarca.
2. Dependencia: la justicia como sala de espera del varón
Las demoras, las apelaciones, los pedidos de cuotas suplementarias, las negativas
a presentar recibos, la “inestabilidad laboral”, la fantasmización de ingresos: todo
converge en una misma estrategia. Hacer que la mujer espere. Esperar para comer.
Esperar para pagar alquiler. Esperar para comprar remedios. Esperar para tomar
decisiones. La dependencia, que antes se jugaba en la mesa familiar, ahora se
juega en los pasillos judiciales.
3. Sumisión: la negociación como derrota
Cuando la mujer agotada, endeudada, hambrienta -lo ilustra con crudeza el video monomarental[1] – acepta una cuota menor, un acuerdo injusto, una renuncia silenciosa, el varón siente que ganó. No ganó plata. Ganó obediencia. Allí está el núcleo de la pedagogía de la carencia: enseñar que la autonomía tiene precio, y que ese precio no se puede pagar sin él.
Los perfiles de varones que llevan esta violencia al proceso judicial
Todo lo que aparece en los grupos, aparece idéntico en los expedientes. No son excepciones: son patrones.
El Proveedor Condicionado
Figura que surge en los relatos donde el varón reconoce su obligación económica, pero la transforma en moneda de negociación emocional o conductual. Aquí la provisión no se concibe como responsabilidad legal ni como expresión de la parentalidad, sino como un recurso intercambiable: se aporta si la mujer “respeta”, si “no discute”, si “permite ver a los chicos” o si “no molesta con reclamos judiciales”. El proveedor condicionado no niega su capacidad económica, sino que la usa como regulador de la conducta femenina. La violencia económica se presenta, así como un mecanismo disciplinario, envuelto en un discurso de aparente razonabilidad según el cual la mujer sería responsable de “activar” o “interrumpir” el flujo económico.
El Benefactor Rencoroso
Se define por un relato donde la provisión es concebida como sacrificio personal y como acto de generosidad unilateral. Este varón suele describirse como alguien que “dio todo”, “mantuvo solo la casa”, “sostuvo gastos que no le correspondían”, construyendo un registro moral que lo ubica en un lugar de víctima del aprovechamiento femenino. Su aporte económico está atravesado por resentimiento y presentado como dádiva, no como obligación. En este caso, la violencia económica se expresa en la forma de reclamo permanente, deuda simbólica y expectativa de gratitud: se retira el aporte no para castigar un comportamiento puntual, sino para saldar un supuesto daño moral acumulado.
El Tecnócrata Evasivo
Se encuentra caracterizada por el uso sofisticado de argumentos administrativos, contables o jurídicos para justificar la retención o reducción del aporte económico. Este perfil se ampara en tecnicismos: rechaza recibos por “no cumplir requisitos formales”, cuestiona presupuestos médicos, exige comprobantes imposibles o afirma no poder pagar por razones laborales que luego se revelan parciales o ficticias. Más que negar la violencia económica, el tecnócrata la reviste de burocracia. Su estrategia discursiva consiste en desplazar el eje del conflicto desde la obligación hacia la “falta de prolijidad” de la mujer o hacia la “ineficiencia del sistema”. La carencia que generan aparece entonces como un problema técnico, nunca como un ejercicio de poder.
El Castigador Financiero
Emerge en relatos donde la privación económica se narra de manera explícita como respuesta punitiva. Este varón retiene pagos “porque me contestó mal”, “porque me denunció”, “porque tiene que aprender”, “porque no valora lo que hago”. Aquí la violencia económica es reconocida abiertamente como castigo y se legitima mediante racionalizaciones basadas en la moralidad y la corrección del otro. A diferencia del proveedor condicionado, que presenta la provisión como negociación, el castigador la presenta como sanción. La economía se convierte directamente en instrumento de control emocional y disciplinamiento post-separación.
El Fantasma Laboral
Figura relevante en el análisis contemporáneo, caracterizada por aquel varón que oscila entre empleos informales, ingresos no declarados o actividades económicas opacas que dificultan la ejecución judicial. Este perfil no se caracteriza por la retórica del castigo o la justificación moral, sino por la ausencia, la dificultad para ser localizado, la imposibilidad de fijar un ingreso estable y la desaparición recurrente cuando surge la demanda económica. Su violencia consiste en invisibilizar la obligación: al no haber ingresos formalizados, no hay retención posible; al no haber estabilidad, no hay previsibilidad económica para las niñeces. La carencia se naturaliza como resultado de un “contexto laboral adverso”, cuando en realidad opera como estrategia para evitar corresponsabilidad.
El Despojador Habitacional
Constituye una categoría esencial en la pedagogía de la carencia. Este varón utiliza el control de la vivienda -bien central para la estabilidad familiar- como mecanismo de empobrecimiento directo: exige que la mujer abandone el hogar, retiene llaves, interrumpe servicios, vende bienes comunes o amenaza con desalojos informales. No se trata solo de violencia económica, sino de violencia patrimonial, que afecta la continuidad simbólica y material del espacio doméstico. En su discurso, estas acciones suelen justificarse en términos de propiedad o mérito (“la casa es mía”, “yo la pagué”), invisibilizando la contribución no remunerada de la mujer -cuidado, mantenimiento, tareas domésticas- que permitió que ese patrimonio se consolidara.
Todos distintos.
Todos iguales en algo: ninguno piensa la paternidad como responsabilidad, sino como negociación. Lo más brutal no es lo que hacen: es lo que creen. Creen que el dinero es suyo. Creen que la provisión es mérito. Creen que la mujer debe agradecer. Creen que el hijo es una inversión. Creen que el juez es un árbitro entre “dos posiciones”. Y, sobre todo, creen que el expediente es el último lugar donde todavía pueden ejercer el poder que perdieron cuando la mujer decidió cortar el vínculo.
Por eso litigan:
No para cuidar.
No para reparar.
No para hacerse cargo.
Litigan para no cambiar.
Visibilizar cómo trabajar con estos varones es necesario, pero igual de urgente es reconocer con quiénes se encuentran las mujeres cuando litigan: no con un padre neutro, sino con perfiles que sostienen la pedagogía de la carencia -el proveedor condicionado, el castigador financiero, el fantasma laboral, el tecnócrata evasivo- y que trasladan al expediente la misma matriz de control que ejercieron en la convivencia. La pregunta entonces deja de ser técnica y pasa a ser situada: vos, en tu práctica, ¿con cuál de ellos estás litigando?
(*)Abogado litigante en CABA y Provincia de Buenos Aires. Diplomado en violencia económica. Coordinador de dispositivos grupales para varones que ejercen violencia en Asociación Pablo Besson y Municipalidad de Avellaneda. Coordinador de laboratorio de abordaje integral de las violencias en Asoc. Pablo Besson.
Miembro de Retem. (Red de equipos de trabajo y estudio en masculinidades). Integrante de equipo interdisciplinario en evaluación de riesgo y habilidades parentales para revincular o coparentalidad (Asociaciòn Pablo Besson)
Referencia
[1] Monomarental (Córdoba, 2024, Digital, 22’, AM18) Realización: Ornella Falkiewicz, Matías Colantti, Darío Palmero, Carlos Zorrilla. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=8u4DBRjUESs
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Mariano Acciardi -
Excelente artículo como siempre Martín, tan claro expresás lo que nos encontramos cotidianamente en nuestro trabajo. Siempre ayudando a clarificar la práctica con expresiones tan claras y concretas.
Gracias por tu generosidad!!
Saludos
Mariano