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Me llegó un audio de Juan Domingo Perón por WhatsApp. Por lo que estaba afirmando, dudé si era real o estaba armado con Inteligencia artificial. Tengo algunas lecturas previas y me parecían raras las afirmaciones que sostenía. Decidí chequear la información y lo busqué en Google. Encontré un texto, algo similar, pero también era rara la fuente de las páginas en la que me aparecía.

Por Roberto Samar*

En esta nota no quiero reflexionar sobre la autenticidad o no del texto de Perón que me apareció (no lo pude determinar). Sino de la facilidad para construir información falsa y las dificultades para verificarla.

A modo de ejemplo, un video falso de Perón reivindicando a Hitler puede ser creado fácilmente en unos minutos. Un texto que replique la estética y la prosa de Perón en la misma línea de pensamiento, también. Estos contenidos pueden insertarse en la web y las redes digitales y muy probablemente usuarias y usuarios los compartirán indignados.

En el debate político actual pareciera que la indignación es el motor y las noticias falsas “la realidad”.

Incluso antes de los avances actuales en inteligencia artificial, un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts ya advertía que la información falsa tenía un 70 % más de probabilidades de ser compartida que la verdadera. Además, esta última tardaba seis veces más en difundirse. No se trataba solo de bots o cuentas falsas: también las personas compartimos noticias falsas porque suelen ser más llamativas y porque refuerzan nuestras creencias, alimentando nuestra identidad y visión del mundo.

La construcción de lo falso en tiempos de IA
La construcción de lo falso en tiempos de IA

Actualmente, la distinción entre lo verdadero y lo falso se vuelve más invisible. ¿Dónde está la verdad? ¿Dónde encontrar información confiable? Parafraseando a Descartes, tal vez debamos desarrollar una “duda metódica” adaptada a la era digital: un método que nos permita construir conocimientos sólidos frente a un mar de incertidumbre.

Nos encontramos frente a una sociedad digital, líquida, inestable y basada en la posverdad. Pero también hay una realidad sólida en las calles, las plazas y en las verdaderas redes sociales y comunitarias, donde el motor es la empatía y la ternura.

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En breve probablemente no podremos distinguir la veracidad de los contenidos que vemos en las pantallas: el periodismo riguroso, los centros de estudio y las universidades tendrán que jugar un rol clave para acercarnos al conocimiento.

Cuando la verdad se vuelve difusa y los discursos se desdibujan en pantallas y algoritmos, será en los lazos reales, en los encuentros cara a cara, donde aún podamos encontrar certezas compartidas. Frente a la velocidad de lo falso, se impone la pausa de la reflexión. Frente al impacto de la indignación, la potencia de la ternura. Y frente a la incertidumbre digital, la apuesta por una verdad que no se impone sino que se construye entre muchas y muchos, con diálogo, memoria y compromiso colectivo.

Para ilustrar la complejidad del momento actual, este último y bello párrafo fue desarrollado con Chatgpt.

(*)Licenciado en Comunicación Social UNLZ. Profesor de la UNRN

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