Trump está usando el estatus de su esposa y el de su hija como mujeres estadounidenses para fingir preocupación por las mujeres, mientras él empeora activamente la vida de estas en todo el mundo.

Por Jill Filipovic*
En su conferencia de prensa de la semana pasada, en la que el presidente Donald Trump declaró que no estaba vociferando ni delirando, respondió a una pregunta sobre su esposa, Melania. «Eso es lo que yo llamo una muy buena pregunta», aseguró aparentemente aliviado por dejar de hablar sobre sus propias políticas, antes de decir que la primera dama siente muy fuerte todo lo que tiene que ver con «asuntos» y «problemas» de mujeres.
Trump no especificó cuáles podrían ser estos «asuntos» y «problemas». Uno supone que, a pesar del modo de expresarse, probablemente se refería a cosas como igualdad en la remuneración y la atención en salud, y no a lo que los hombres mayores usualmente quieren decir cuando hablan enigmáticamente de nuestros «problemas».
Luego, rápidamente, volvió al sensible tema de la indignación, quejándose de que a pesar de la fuerza de la primera dama como defensora de las mujeres, ella es «difamada injustamente «.
Quienes observan a esta Casa Blanca pueden estar preguntándose cuándo, exactamente, la señora Trump se convirtió en una defensora feminista. A menos de que cuentes su renuncia general a algunos de los deberes arcaicos y profundamente tontos que debe asumir como primera dama –la señora Trump prefiere su ático en Nueva York a la residencia presidencial, despertando preocupaciones sobre si no supervisará adecuadamente los arreglos florales y el juego anual del Huevo de Pascua–, ella no es precisamente una feminista instigadora.
Al enmarcarla como una defensora de los derechos de las mujeres, cuando hay prácticamente cero evidencia de que realmente alguna vez lo haya hecho, Trump nos dijo más sobre sí mismo que de ella: las mujeres son buenas para las sesiones fotográficas pero no para las posiciones reales de poder.
También lo ves en el trato de Trump hacia su hija, Ivanka (y en su propio feminismo corporativo). Ivanka tuiteó una foto de ella misma sentada en el escritorio de su padre en la Oficina Oval, flanqueada por el presidente y el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, junto con una leyenda sobre la importancia de darle a las mujeres «un asiento en la mesa».
Por supuesto, es el marido de Ivanka, Jared Kushner, quien tiene una posición real en el equipo de Trump, y no Ivanka.
Según Trump, Ivanka es también una «gran persona, que siempre me empuja a hacer lo correcto»
Es tentador esperar que tal vez Trump tenga razón y que las dos principales damas de su vida sean las fuerzas feministas furtivas en la Casa Blanca. Ivanka tiene su campaña Mujeres que Trabajan, que pretende defender los derechos de las mujeres trabajadoras.
Y aunque Melania pueda asistir al juego del Huevo de Pascua, después de todo al menos está afirmando su propio deseo de ser la primera dama que quiera ser, y no la que exige un predicamento sexista.
Si excavas un poco más profundo, sin embargo, encontrarás que tanto Melania como Ivanka no parecen tan feministas. Se ven como un prototipo Trump.
En el mitin que el presidente Trump realizó en Florida durante el fin de semana, Melania dijo que como primera dama estaría apoyando iniciativas «cercanas a su corazón» que tendrían «un impacto en las mujeres y los niños de todo el mundo». Pero en el mismo raro discurso público tomó prestado parte del lenguaje favorito de su marido, describiendo a los medios de comunicación como «la oposición».
En el centro del pleito está la afirmación de que la mentira sobre haber sido dama de compañía le costó a Melania una «oportunidad única» de sellar «relaciones comerciales de varios millones de dólares por un término plurianual durante el cual la demandante es una de las mujeres más fotografiadas del mundo».
En otras palabras, se interponía en su forma de monetizar su nuevo papel, aunque su abogado insiste en que la primera dama no «tiene intención de usar su posición con fines de lucro y no lo hará», lo que plantea un tanto la pregunta de por qué se usó esa clase de lenguaje cuando se presentó la demanda.
Ivanka tampoco usa sus tacones de marca propia para promocionar su discurso feminista. Su propia compañía ha sido acusada por una exempleada de no ofrecer licencia de maternidad, a pesar del compromiso de la hija del presidente con las mujeres que trabajan.
Y defendió, como lo sigue haciendo, a un hombre que se ha jactado y ha sido acusado de agresión sexual, que tiene el gabinete más blanco y masculino de las últimas en tres décadas, y que ha pasado su primer mes en el cargo acumulando ataques en contra de los derechos de las mujeres.
Sí, es su padre. Pero si ella es una mujer de carrera independiente como se ufana de serlo, entonces no debería ser la porrista más leal de la encarnación física del chauvinismo masculino.
En su primera semana, Trump firmó la Global Gag Rule, una ley que cortará cualquier ayuda externa de Estados Unidos a organizaciones que mencionen la palabra aborto o le digan a las mujeres dónde pueden obtener procedimientos legales seguros.
La ley probablemente no tendrá ningún impacto en la tasa de aborto, pero casi seguramente limitará el acceso a las herramientas de planificación familiar e incluso al tratamiento del VIH, y aumentará el número de abortos inseguros y potencialmente letales.
Su elección para la supervisión del Medicaid y del Medicare piensa que la licencia de maternidad debe ser opcional. Piensa que ya es mucho beneficio para las mujeres que trabajan y, aparte de eso, también tienen bebés.
*Jill Filipovic es una periodista con residencia en Nueva York y Nairobi. También es autora del libro: ‘The H-Spot: The Feminist Pursuit of Happiness’ (El punto H: La búsqueda femenina de la felicidad), que saldrá a la venta próximamente. Síguela en Twitter en @JillFilipovic.
Las opiniones en esta columna expresadas son exclusivamente de su autor.
Fuente: expansion.mx