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Adelanto de la novela Ahora creemos en esas cosas de Sonia Santoro, publicada por Factotum

Un mes después de la muerte de su madre, una mujer regresa a la casa de su infancia. El jardín, que fue la gran pasión materna, aparece devastado: plantas moribundas, crecimiento salvaje, un territorio arrasado que refleja su propio derrumbe interior. Los recuerdos se van tejiendo con fragmentos de diario, reflexiones descarnadas y citas de las obras que la acompañaron, desde Clarice Lispector a Joan Didion, en una prosa que combina hondura lírica y honestidad brutal. Un libro que trasciende lo personal para abordar preguntas universales sobre la culpa, la memoria, y cómo seguir viviendo cuando se rompe el escudo protector que nos separaba de la muerte.

 

Por Sonia Santoro*

 

Hace tres días que sueño con ella. Vamos a un lugar de tratamiento alternativo, un espacio laberíntico que de pronto desemboca en una ciudad paralela. Hay mucha gente en una fiesta y yo ansío que me saquen a bailar. Cuando busco a mi mamá para llevarla a atenderse, me dice que ya es tarde. –Era a las once –reclama. Todavía no son las once y yo estoy segura de que llegamos, pero ella insiste con que no. “Es tarde”, repite en el sueño. Me despierto, son las cinco y no vuelvo a dormirme. Hoy nos vamos cuatro días a Ushuaia y es normal que esté nerviosa, siempre lo estoy antes de viajar. Aunque ahora nada es como siempre. Justo ahora, la palabra “siempre” empieza a perder sentido. Escribo en mi diario mientras desayuno y le mando un mensaje al plomero para arreglar el flotante que se rompió ayer. La vida sigue. Mientras las madres se enferman de cáncer, los flotantes se rompen, los plomeros no te contestan el teléfono y todos queremos vacaciones. Cuando estoy por salir a comprar, suena mi celular. Es un número que no conozco. Habla una tal Rocío, del sanatorio, dice que los familiares tienen que ir urgente. Se corta. Contengo la respiración. Esto no puede estar pasando, justo ahora. Quiero correr, escaparme, ser otra.

Vuelve a llamar. Le digo que tengo un vuelo en una hora, si me puede dar más detalles. No puede. Se vuelve a cortar. Llamo al sanatorio. Me parece sospechoso que me llamen de un teléfono celular y no del conmutador. Prefiero creer que me quieren estafar. Pero la información es la misma, los familiares deben acercarse. Llamo a D.

–Estoy yendo a Zona Norte, en la otra punta, es una reunión importante, ¿tengo que ir? –dice. No es una pregunta, es un comentario que espera un no por respuesta. –Algo pasó, si no no me llamarían a esta hora.

–Está bien, voy –dice.

–Yo también.

A esta altura todavía pienso que solo debe ser que mamá cayó un escalón más en la escalera sin fin de su enfermedad. Tal vez llegue a ir y venir para mi viaje. Subo corriendo a mi habitación, me siento en el piso y mientras me pongo las zapatillas llamo a mi ex. En algún momento empiezo a llorar.

–Algo pasó, si no no te llaman, ¿no? –le repito, suplicante. No me animo a nombrar la palabra muerte a pesar de que la vengo pensando cada uno de los días desde hace diez meses.

  1. se despierta por mis movimientos apurados y me mira desde la cama, soñoliento. Me detengo frente a la puerta. Su valija está en el medio de la pieza, la mía en el pasillo.

–Le pasó algo a la abuela. Voy a verla. Ahora viene papá. Le doy un beso y corro al auto. Enciendo la radio de todos los días. Es hora pico y hay bastante tránsito. Subo a la autopista. Pienso todavía en la posibilidad de llegar a Ezeiza. A la media hora, D. me avisa que ya llegó. Yo llego cinco minutos después. Lo veo de traje, parado en las escaleras de la entrada del sanatorio. Él nunca lleva traje. Imagino que me está esperando para entrar. Cuando estoy un escalón debajo suyo, le pregunto:

–¿Entraste? –Ya está –dice. ¿Qué me quiere decir con “ya está”? ¡¿Es que nadie puede decir las cosas por su nombre?! Mi cabeza deriva en reclamos sin dirección, en cambio, pregunto:

–¿Hablaste con la médica? Todavía pienso que D. se puede haber equivocado. –Subí directo… Hay un biombo, la vi… La vio, él la vio. Ya está. Al final de la escalera. Muerta. Eso quiere decir “ya está”. Lo abrazo y lloro un rato largo. Hace tanto que no abrazo a mi hermano.

–Tranquila, tranquila… –me dice. Sigue siendo él. Es bueno que D. esté justo ese día, que haya llegado primero y me permita sentirme arropada después de todos estos meses en que estuve a cargo. Cuando me recupero un poco, le pregunto: –¿Vos no llorás?

Él no llora. No ahora. No como lo hizo en el velorio de papá, arrinconado en uno de esos bancos largos de cuerina verde, con su novia, desconsolado. Crecimos. Ya tenemos recuerdos de varias décadas atrás. Este junio se cumplirán veinticinco años. Eso es mucho tiempo. Pero las muertes llaman a otras muertes. Las actualizan. Ahora pienso en ese día también. Y en que quedamos solos. Ya no hay nadie por encima de nosotros para ser el escudo protector ante la muerte. Ahora, aunque no tenemos certeza de cuándo, sabemos que nos toca a nosotros.

(*) Magister en Género, periodista, escritora.
Instagram: sonialsantoro
Substack soniasantoro.substack.com

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