Trata de personas: el crimen.

Por Carola Hs*
-¿Y vos cómo sabés que está ahí porque quiere?
-Porque las vi decir que no… y porque también conozco lugares donde no pueden elegir, y ahí yo no voy… o voy pero no… vos me entendés.
-No… la verdad que no… ¿cómo es eso?
-Bueno… es que una vez fuimos a Cocodrilo con Rami… y una que él eligió le dijo que no… y bueno… Se puso mal y me pidió que lo acompañe a otro lugar, y ahí las pibas estaban atadas… Y ahí yo no…no. Es horrible…
-¿Vos me estás diciendo que fuiste a un lugar donde había mujeres atadas con un amigo, que tu amigo se fue con una y que vos no dijiste nada ni a él ni a nadie?
-¿Y qué querés que haga?, no soy yo, Carola. Esto lo sabe todo el mundo. ¿Yo qué puedo hacer?
Palabras más, palabras menos, esta fue una conversación que tuve con quien era un gran amigo a mis 16 años. A esa corta edad aprendí muchas cosas: que el tráfico de personas no era tan marginal y oculto, sino algo “que sabe todo el mundo”. Que como “lo sabe todo el mundo” está totalmente normalizado y por lo tanto nadie hace nada. Y, fundamentalmente, que “todo el mundo” no incluye a las mujeres. Porque a las mujeres no se nos reparte papelitos ni se nos invita a puticlubs sin carteles a la vista, como sí les pasa a ellos cuando caminan por la calle. A nosotras, en cambio, nos aterroriza la noche, el acoso callejero, y por supuesto, la traffic blanca.
Aprendí algo más ese día, gracias a ese conocimiento, propio de la cofradía masculina que mi entonces amigo decidió compartirme: los “clientes” son “perfectamente capaces” de distinguir trata de prostitución “libre”. Mi amigo era bueno. Él sólo iba a Cocodrilo con mujeres libres. Y tan bueno era, que ni siquiera juzgaba a sus amigos que, “pobres”, habían sido rechazados por una “puta” y “pobres” no tenían la posibilidad que tenía él, de ser bueno y estar con una «libre». Simple y claro.
Pero después me enteré que Susy Bekter había estado en Cocodrilo. Susy era la hija de Margarita Meira, fundadora de Madres víctimas de Trata. Susy terminó siendo asesinada por sus proxenetas.
Tuve que seguir investigando…
¿Quiénes son?
Me pareció que para comprender mejor la complejidad de esta problemática debía escuchar a quienes la conocían en primera persona: las sobrevivientes. Escuché a Sonia Sánchez diciendo “ninguna mujer nace para puta”. Luego escuché a otras que, como Sofi Tramazaygues defendían que la prostitución sea reconocida como trabajo y pensé que quizás la señora Sánchez hablaba de su propia experiencia, pero ¿por qué decía “ninguna”?. La complejidad aumentó con los dichos de Elena Moncada: “me prepararon de niña para ser prostituta”, pagándole con regalos los abusos sexuales normalizados por su familia y privándola del derecho a estudiar. Más tarde llegaron los testimonios de Lohana Berkins y Diana Sacayán, excluidas de sus hogares y con un único destino posible, por ser travas. Finalmente, me enteré del juicio de Alika Kinan a sus captores y al Estado por proxenetismo, luego de haber declarado «Yo no soy víctima de nada. A Pedro y a Claudia [mis proxenetas] los quiero», al momento del rescate.
Fue especialmente este último testimonio el que me hizo volver a pensar en quien fuera mi amigo y todos los demás prostituyentes «buenos». ¿Cómo es posible que él o cualquiera distinga trata de prostitución libre si, a veces, ni ellas mismas pueden hacerlo?
Y es que la trata de personas, según la Ley 26.842 del código penal argentino, lejos de restringirse a «la traffic blanca», implica «…el ofrecimiento, la captación, el traslado, la recepción o acogida de personas con fines de explotación, ya sea dentro del territorio nacional, como desde o hacia otros países”. Y luego aclara: “El consentimiento dado por la víctima de la trata y explotación de personas no constituirá en ningún caso causal de eximición de responsabilidad penal, civil o administrativa de los autores, partícipes, cooperadores o instigadores.”
Esta aclaración es fundamental, cuando entendemos la variedad y eficacia de los modos de captación específicamente diseñados para permear en vulnerabilidades previas.
Modos de captación
Si bien los secuestros existen, según el informe “El circuito de la trata” , no constituye una parte importante a nivel numérico dentro de los modos de captación que existen para el tráfico de personas. Aunque sí influye fuertemente en el sentido común, como iremos viendo.
Secuestrar una persona es costoso, riesgoso y “el producto” (“la puta triste”) sólo sirve para un nicho demasiado restringido -que de todas formas, a nivel económico, siempre vale la pena nutrir-. Mucho más sencillo y rentable es ir con la marea y hacer uso de lo que la sociedad toda, con los diversos sistemas que operan en él, viene trabajando hace tiempo.
De hecho el VII Congreso Latinoamericano y Caribeño sobre Trata de Personas y Tráfico de Migrantes, celebrado en julio de este año, dejó un mensaje muy importante en relación a la importancia de estudiar localmente los modos de captación, ya que estas redes suelen estar perfectamente integradas a las comunidades y conocen muy bien sus movimientos y puntos débiles.
En sociedades empobrecidas y machistas como las nuestras, es esperable entonces que el 65% de los casos de trata, según las Naciones Unidas, sean mujeres y niñas, y en el 50% de los casos tengan por finalidad la prostitución.
En el informe “El circuito de la trata” explican que, al momento, la principal forma de captación es por medio de ofertas de trabajo engañosos, aunque no es la única. En otros casos, la captación se da por medio de enamoramiento, matrimonios forzados, coerción de la propia familia, amenazas de distintos tipos (en casos de migrantes, con deportaciones, por ejemplo), e incluso se utilizan las propias creencias de los sujetos en su contra, como sucede en los casos de las organizaciones coercitivas, mal llamadas “sectas”. Es importante considerar que quienes trabajan con víctimas directas, como Elena Moncada, por ejemplo, vienen registrando cada vez más casos de captación por medio de redes sociales o redes específicas para interacciones de tipo sexual.
Además, en diversas conferencias del congreso mencionado se hizo referencia puntualmente a la creciente sofisticación de los métodos no sólo de captación sino también de mantenimiento dentro de las redes. Muchos proxenetas han notado que es más fácil retener a las mujeres “por las buenas”, aunque la violencia física sigue siendo un recurso disponible. Se hace uso del mito del amor romántico, en el que los “fiolos” o cafishios son nombrados como maridos por las mujeres en prostitución. Muchas mujeres también reportan haber disfrutado de algún asado en comunidad o alguna salida a ferias locales que mencionan con añoranza cuando intentan salir de la prostitución. El mecanismo es similar al utilizado en el ciclo de la violencia de pareja: luego de la situación de violencia viene un periodo de calma o luna de miel. La promoción de la competencia feroz entre las mujeres es a su vez un recurso fuertemente explotado.
Cabe señalar también que, en muchos casos, las mujeres llegan solas por voluntad propia a prostitución, como fue el caso de Luz Mircea. Según cuenta en su Instagram (exprostitutaescribe), sin embargo, el engaño igualmente está presente, pero en relación a lo que la prostitución realmente implica: lejos de “estar un par de años y llenarse de plata”, entrar es muy fácil pero salir, casi imposible. En su cuenta denuncia que aquello que le fue dicho por parte de quienes la convencieron de que la prostitución era “un trabajo más” no es real, ya que la violencia es constante y los daños, permanentes.
Según un estudio realizado sobre 475 sobreviventes, el caso de Mircea no sería la excepción sino la regla: entre el 67% de las sobreviventes presentan síntomas consistentes con el trastorno de estrés postraumático (TEPT). El TEPT es un trastorno descubierto en un gran número de veteranos de guerra, generado por la violencia vivida y la percepción de riesgo sobre su integridad. En el caso de los combatientes de Irak y Afganistan, por ejemplo, el número de casos de TEPT llegaba al 23%: número mucho mayor al de la población normal.
La trata en el Bajo Flores: un sistema perfecto
-Si no sos transa no sos nadie en el barrio. Porque por ejemplo, si están organizando una fiesta y todos tienen que llevar algo, el transa va a llevar más que vos. Entonces vos quedás allá en el piso y el transa wow…
-Porque él trajo Coca y vos Manaos…
Así empezaban a contar las pibas del Bajo Flores las divisiones sociales tajantes que existen en el barrio, entre quienes tienen y quienes no, en el documental sonoro “Lo que quieren las pibas”, de Josefina Avale para Furor Podcast. A esto se le suma el país de origen: “boliviana” o “peruana”, que son utilizados como insultos, y las argentinas no se juntan con ellas. Por último, la especificidad de ser mujer, y para esto el insulto de “puta” como disciplinante.
Ser mujer en el Bajo Flores implica responsabilidades, por un lado, y miedo, por el otro. “Las pibas son parte de una máquina productiva”, dice una de las militantes de la Red del Bajo Flores. Las adolescentes -mujeres- son las encargadas del cuidado de la casa y criaturas, y hacen de sostén de la familia mientras sus madres o padres trabajan de sol a sol.
Al mismo tiempo, las familias, por miedo, les impiden salir a divertirse. Y es en relación a este miedo que opera la traffic blanca.
La traffic blanca existe. Pero su función no está tanto en la captación directa de pibas para la trata sino en el efecto de terror que ejerce en estas familias, al igual que el Falcon verde en los ´70, que sí, asesinaba y desaparecía, pero sobre todo generaba miedo, presión y obediencia a la sociedad en su totalidad, así como captaciones invisibilizadas en fábricas y otros lugares a los que la gente iba voluntariamente.
Es este miedo el que genera la sensación de que el peligro es externo e identificable, habilitando otro circuito. Porque las pibas, por más “buenas” que sean, son personas y desean. Desean cosas, desean marca, desean status, desean pibes. En su opresión, desean. Y donde hay un deseo, hay un mercado. Y donde hay necesidad, hay abuso.
Según la información de este documental sonoro, La Red del Bajo Flores se fue enterando de que el Bacilón de Liniers, un boliche supuestamente nocturno, funcionaba también de día, durante la semana, compitiendo con el colegio, de manera que las familias no sospecharan. Este boliche era gratis para las pibas, que eran invitadas, a su vez, por las más grandes del mismo colegio. Allí, según lo que contaron, les daban alcohol y drogas y luego las hacían circular por otros boliches. Además, las chicas dijeron que había camas en el fondo del Bacilón, algo que no se pudo constatar en los allanamientos.
Al igual que en el ingreso a las drogas ilícitas, primero viene la gratuidad, la diversión y la satisfacción de deseos. Más tarde llegan las exigencias y la violencia.
Evaristo Carriego hablaba de “la costurerita que dio el mal paso”. Pero esa idea, popularizada por el tango, existe desde el inicio de nuestra cultura. En la tradición cristiana es muy claro. Existen dos lugares predeterminados: la virgen María y María Magdalena. Y la diferencia entre una y otra depende de la moral -o la preferencia- individual, dejando por fuera toda consideración de la tremenda maquinaria que opera.
¿Por qué no vuelven?
Esta respuesta la dio en mayor profundidad “Leivalkiria”. Leivalkiria es en realidad su pseudónimo en redes sociales, espacio en el cual pretende dar su testimonio sin exponerse a ser una paria en su círculo, y cumplir con su sueño algún día de ser ingeniera.
Ella, como muchas otras, fue captada por medio de un engaño laboral. Cumplidos los 21 años, quiso por fin dejar el yugo que le significaba las presiones de su abuela que la criaba, y le dijo que había sido contratada por un estudio de abogados en otra punta del país. Era creíble, pues desde chica había sido primer promedio y abanderada de su colegio, y así continuaba en su exitosa carrera de abogacía (estudiaba abogacía y no ingeniería porque su abuela opinaba que esta era una carrera de hombres). Terminó llegando a las famosas casitas de Río Gallegos con la intención de ser moza, como le habían dicho. Pero cuando llegó, se enteró que aquello era una whiskería, y que en una whiskería no se servía whisky, sino que era un código para hablar de un prostíbulo.
Ella cuenta que se había llevado una camisita y un pantalón de vestir, y sus apuntes de derecho para estudiar en sus ratos libres. Apenas se enteró de lo que se trataba, enfrentó a quien la había reclutado con lágrimas en los ojos. “Vos me mentiste, me dijiste que iba a ser moza”, le dijo. “Vos podés servir copas nada más, si querés”, le contestó aquella, “pero cada copa son $50 y cada pase [de prostitución] son $500, y vos ya me debés los pasajes de micro que te pagué” (claramente el valor del peso en aquella época era otro).
Al poco tiempo de ser trasladada a otra localidad en Chile, se escapó de aquella red de trata a punta de la trincheta de una compañera que se había encariñado con ella, justo antes que la vendieran al extranjero. Se tomaron el primer micro que salía por miedo a que las buscaran, ya que afortunadamente todo el mundo dormía cuando salieron. Apenas llegaron a ese pueblito perdido en el sur, su compañera preguntó al taxista a dónde quedaban los prostíbulos de la zona. Porque si hay algo que hay en todos los pueblitos, hasta los más perdidos del país, es prostíbulos.
Su compañera, que estaba en ese mundo desde los 15 años, juntó lo suficiente como para que ella, Leivalkiria, pudiera volverse a su casa. Pero la recién llegada no se atrevía a enfrentar a su abuela, confesarle que le había mentido, y asumir “la deshonra familiar” que implicaba haber sido engañada y terminar en ese estado deplorable. Decidió en cambio no dejar a su amiga sola con la carga de su alimentación, estadía y demás gastos, así que comenzó a prostituirse ella también, voluntariamente.
“Yo me prostituí de manera voluntaria, pero no libre”, aclara. Y también aclara que no haberse atrevido a enfrentar a su abuela, fue una de las peores decisiones que tomó en su vida. Pero es que ella no sabía realmente en qué consistía la prostitución y los daños profundos que le provocaría.
¿Trata o prostitución?
Habida cuenta la confusión y el debate que existe en relación a esta temática, se torna necesario aclarar los términos, que con las historias de vida comienzan a desdibujarse. Empecemos aclarando lo siguiente: no toda situación de trata implica prostitución, ni toda prostitución implica trata.
Como ya se ha dicho, según la legislación argentina, la trata de personas implica «…el ofrecimiento, la captación, el traslado, la recepción o acogida de personas con fines de explotación, ya sea dentro del territorio nacional, como desde o hacia otros países”.
Es decir, es un tipo de delito amplio que incluye varios tipos de exploración y que no necesariamente precisa de una estructura grande de crimen organizado para que exista.
Para que se comprenda mejor, la acusación realizada a Mauro Icardi y Wanda Nara, quienes habrían llevado a una María Carmen Cisnero Reboledo a Milán como trabajadora de hogar sin una remuneración apropiada, sin el descanso estipulado y sin un boleto de vuelta a su país, constituiría un claro ejemplo de trata «independiente» en caso de constatarse. Los medios difundieron que Cisnero Reboledo había escrito una carta consintiendo su situación, pero cabe destacar también que, aún siendo cierto, esto no absolverá a los perpetradores del crimen, como ya hemos visto también.
Si bien, como vemos, la trata de personas puede tener diversas finalidades, cabe destacar que la mayoría de estos casos, tienen como fin la prostitución, y por esto resulta importante hablar de la prostitución específicamente y cuestionar el sentido de su demanda.
Por otra parte, ciertamente no toda prostitución implica trata de personas, ya que no en todos los casos existe el ofrecimiento, la captación, el traslado, la recepción o acogida para estos fines por parte de un tercero.
Pero es necesario comprender que no es solo la situación de trata la que genera violencia en el caso de la prostitución. Muchas sobrevivientes, en cambio, afirman que la prostitución en sí es un sistema violento, que se aprovecha de la feminización de la pobreza y el machismo estructural como principal recurso, más allá de que no toda mujer en prostitución sea necesariamente víctima de trata.
El caso de Delia Escudilla es muy claro en este sentido. En su libro “Violación consentida” aclara que, a pesar de muchos ofrecimientos de “protección” por parte de proxenetas, ella siempre prefirió ser autónoma. Llegó a la esquina por la desesperación de ser madre, desocupada y no recibir la correspondiente cuota alimentaria por parte del progenitor.
De su libro llama la atención un dato muy particular: durante el 2001 en plena crisis, cuando nadie en su grupo piquetero tenía plata, ella sí tenía. Porque «en la esquina había plata». Y yo me pregunto: ¿cómo es posible que, en plena crisis, cuando no hay plata para nada, cuando los padres “no pueden” pasar la cuota alimentaria, las esquinas se llenen cada vez más y haya “clientes” para todas?.
La misma pregunta vale para la crisis actual. Y vale destacar que prostitución hay para todos los gustos (pederastía inclusive), de todos los precios y todas las clases sociales. Nada tan “democrático” para los hombres como el acceso a la prostitución.
Reflexiones finales
Todas las personas elegimos constantemente. Es imposible no elegir, aún teniendo un arma apuntando a la cabeza. Pero eso no significa que toda elección sea libre. Cada persona elige en función de las opciones que le ofrecen sus circunstancias y cabe preguntarse las consecuencias de las alternativas a la opción elegida. No se trata de juzgar las elecciones de cada quien en situaciones cuya profundidad desconocemos. ¿Quién puede asegurar acaso que estando en el lugar de las pibas del Bajo Flores, o de Leivalkiria, o de cualquiera de todas las que pasaron por ahí habría decidido algo distinto?, o incluso ¿quién tiene la altura moral de decidir cuál es el “bien” o el “mal” para cada una, o si las decisiones tomadas no han sido realmente las óptimas considerando las alternativas circunstanciales y el conocimiento al momento de decidir de cada una de ellas?. Y cabe señalar que nada de esto significa cuestionar la veracidad de las palabras de aquellas que dicen disfrutar de la prostitución, que sería en tema aparte. Pero en palabras de Florencia Guimaraes: “antes de tener el derecho a ser prostituidas queremos tener el derecho a no serlo”.
Y es que en el sentido más profundo posible, no se trata ni jamás se trató de juzgar las decisiones individuales específicas en condiciones específicas, sino de juzgar las condiciones estructurales que llevan a estas encrucijadas. Y esas condiciones las genera una sociedad, y de esa sociedad somos parte cada una de las personas que la conformamos. Y ahí el terreno se pone más espinoso, porque nos toca hacernos cargo.
El sexismo, el racismo, el clasismo y otras formas de opresión y discriminación generan una normalización del abuso y del maltrato a los grupos subalternos. Se torna muy fácil suponer que otras personas, que son “un poco menos personas”, tienen un umbral más alto en la tolerancia de la violencia. Al mismo tiempo, en esos casos se comprende solamente que la violencia recibida es efectivamente violencia cuando es física o muy evidente, y se hace una reducción de todo lo que en realidad implica en sus distintas formas.
Es importante que dejemos de pensar en “la puta” como la otra: la pecadora, la de la vida alegre, la inmoral, la avivada, la peligrosa. Y tampoco como una pobrecita sin capacidad de decidir nada. “La puta” es nuestra y podría haber sido cualquiera de nosotras en otras coordenadas. “La puta” es una mujer más, que padece la violencia que permitimos que padezca. Y visto así, se entienden de otra manera las palabras de Sonia Sanchez: “ninguna mujer nace para puta”. Y es que puta no se nace, se llega a serlo. Y somos responsables.
Resta preguntarnos como sociedad, y siguiendo a Rita Segato, cuál es el proyecto histórico que vamos a elegir. Una opción sería el proyecto histórico de las cosas, en donde lo primordial es el mercado. Así se piensa primero en el intercambio económico y luego en cómo adaptarlo todo (la naturaleza, las personas, las relaciones) para encontrar su capital específico y otorgarle su valor máximo, que es el monetario. Otra opción, es el proyecto histórico de los vínculos, en que prioricemos la dignidad de la naturaleza y la dignidad humana.
(*) Psicóloga especializada en trauma por violencia de género.