Machismo: el ‘arte’ de menospreciar con el menor número de palabras posible

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Por Admin enero 4, 2019 21:07

Machismo: el ‘arte’ de menospreciar con el menor número de palabras posible

Una de mis mejores amigas suele decir que el machismo perfeccionó el arte de insultar con el menor número de palabras posible.

Recuerdo el comentario cuando leo un mensaje que llega a mi blog y en el que alguien me felicita por mi buen análisis sobre las películas de terror. «Escribes de maravilla ¡Como si fueras un hombre!» dice mi invisible interlocutor, en un obvio intento de halagarme que solo logra dejarme rígida de furia. Con todo me contengo y respondo con fría neutralidad. «¿A qué se refiere?». «Ah bueno, es que las mujeres no saben nada de películas del género. ¡Tú sí y eso me sorprende». Leo el pequeño párrafo con los ojos entrecerrados. Resume no solo esa noción sobre la mujer que se tiene mi país —que va desde una figura ideal y carente de verdadero sustancia al estereotipo más esquemático— sino también, los clarísimos prejuicios que aún pesan sobre lo femenino.

Mi comentarista aparentemente bienintencionado no es un caso aislado y mucho menos un fenómeno cultural latinoamericano. Hace un par de semanas, la futbolista Ada Hegerberg tuvo que soportar que el DJ y productor francés Martin Solveig le cuestionara sobre «si sabía perrear» en plena gala del Balón de Oro. El evento, que además de reconocer el talento de Hegerberg deseaba destacar el logro histórico de la deportista (la primera mujer en obtener el galardón), quedó empañado por la frase de Solveig, a la que Hegerberg contestó con un tajante «no».

Toda mujer ha recibido en alguna ocasión un comentario condescendiente, una burla sutil a su esfuerzo y trabajo.

Poco después Solveig se disculpó, pero incluso entonces, no pareció entender muy bien el motivo por el que su comentario había resultado incómodo y fuera de lugar. «Solo bromeaba», intentó aclarar y de hecho, en las redes sociales, un considerable número de hombres parecía sorprendido por la «exagerada reacción» que había despertado una «broma de mal gusto». Por supuesto que para Hegerberg no se trató solo de eso: desde entonces, la futbolista deja claro en todas sus entrevistas que le realizan que a las únicas preguntas que responderá será «sobre fútbol».

El menosprecio a la inteligencia y al talento femenino no es un fenómeno que sea sencillo de explicar en una cultura que normalizó el comportamiento hasta considerarlo aceptable. Después de todo, la mujer debe enfrentar el hecho que la sociedad tradicional asimila su imagen y comportamiento desde un constante juicio de valor en la que tiene todas las de perder.

Hace unos años, la escritora Rebecca Solnit analizó esa presión recurrente sobre la opinión femenina en su ensayo «Los hombres me explican cosas» —origen del término «mansplaining»— en el que la autora reflexiona sobre la percepción distorsionada acerca de la capacidad intelectual femenina, dentro de una sociedad que asume su desempeño de manera prejuiciada.

Solnit mira ese desprecio directo hacia la mujer que piensa, crea y se desempeña con eficiencia en los mismos espacios masculinos como un síntoma de una cultura que asume la discriminación como un mal necesario, e incluso, una eventualidad sin importancia. La mujer no disfruta del reconocimiento integral a su inteligencia, el valor de lo que crea y lo que resulta más preocupante, lo que comprendemos como parte de esa imagen ideal femenina que se hereda de generación en generación. Un legado histórico insustancial.

No tengo dudas que todas las mujeres saben el motivo por el cual Ada Hegerberg se enfureció ante la pregunta fuera de lugar de Martin Solveig. Toda mujer ha recibido en alguna ocasión un comentario condescendiente, una burla sutil a su esfuerzo y trabajo. Una percepción sobre un mundo limitado y restringuido, que parece dejar muy claro, que su contraparte masculina se encuentra en una esfera distinta, totalmente inaccesible para la mujer promedio.

Algo parecido debió pensar la actriz Rachel Weisz cuando al ganar el premio Gotham Awards por su actuación en la película The Favourite (Yorgos Lanthimos -2018) se le preguntó «¿Qué se siente al tener que trabajar con otras actrices en plató?». Weisz, que comparten escena y créditos con un elenco coral que incluye a Emma Stone y Olivia Colman, permaneció unos minutos en silencio antes de contestar semejante despropósito.

Para la actriz —que ya ha tenido que enfrentar comentarios machistas sobre su edad y el hecho de convertirse en madre en la cuarta década de su vida— apeló a su proverbial buen humor para dejar claro el doble estándar que los hombres no deben soportar: «Espero que algún día no muy lejano no se nos pregunte sobre qué se siente al compartir pantalla con otras mujeres. No creo que le preguntes eso a los hombres, aunque me podría equivocar», comentó con una sonrisa pero un tono contundente que no dejaba dudas sobre su malestar.

La astrofísica Amber Roberts tuvo que enfrentar la noción del machismo en detrimento de su inteligencia en una escena pública que se convirtió en viral.

Después de episodios semejantes, te preguntas con frecuencia qué ocurre con el concepto de la feminidad en un mundo que lo menosprecia de origen. En una cultura donde la mujer parece siempre se subestima en favor de una interpretación histórica que se conserva a pesar de la evidencia. Y el problema parece ser aún más grave: la identidad de la mujer se ve sometida a toda una serie de reconstrucciones y presiones que sin duda provienen de esa noción sobre el sexo «débil». La mujer que debe ser cuidada, protegida. La mujer frágil que debe ser aconsejada y cuya opinión debe interpretarse siempre a medias.

«Si pudieras desmelenarte con tus amigas este 8 de marzo, lejos del trabajo, ¿cuál sería tu noche perfecta?» le preguntaron a Theresa May durante la celebración del día de la mujer de este año. La líder política británica —figura prominente del Partido Conservador y primera ministra del Reino Unido— pareció desconcertada durante unos minutos antes de responder con una sonrisa forzada al frívolo cuestionamiento: «Nunca lo he pensado porque el Día Internacional de la Mujer está centrado en cómo afrontaremos la violencia de género, así que creo que no tendré tiempo de tener a mis chicas cerca y pasar una noche juntas, tal y como planteas», dijo con su habitual practicidad, con una demostración.

También la astrofísica Amber Roberts tuvo que enfrentar la noción del machismo en detrimento de su inteligencia en una escena pública que se convirtió en viral. Hace unos meses narró en Twitter cómo un desconocido se burló de ella por llevar dos computadoras portátiles al hombro al viajar. «¿Para qué las necesita?», le cuestionó en ante un coro de risas masculinas. Roberts no se amilanó: «Bien, uno es para mi trabajo en astrofísica y otro es para mi investigación en inteligencia artificial», respondió Roberts con el habitual aplomo amable que la hecho una figura reconocida y apreciada en redes sociales.

No lo dudo: La mujer ha recuperado gradualmente su nombre y lugar en la historia. Luego de años de invisibilidad y sobre todo de menosprecio de una sociedad que hasta hace menos de dos siglos debatía sobre la existencia del alma femenina, ha logrado construir un concepto a la medida de sus aspiraciones. Pero aún así sigue enfrentando el prejuicio mínimo, ese que parece resistir el peso de la evidencia sobre la identidad femenina como algo más que una abstracción cultural. Una batalla diaria para construir una impronta personal.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de ‘HuffPost’ México.

 

Fuente: HuffPost

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Por Admin enero 4, 2019 21:07

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