Mujeres que arden – María Esclapez*
«Somos mujeres que arden. Nuestra fuerza es inquebrantable y nuestra
resistencia, eterna. Levantémonos, luchemos y dejemos huella en el
mundo. Porque si nos queman renaceremos de nuestras cenizas».

No podía evitar preguntarme en qué momento mi vida había empezado a desmoronarse por completo. ¿Fue culpa de aquel gato negro que se cruzó en mi camino la noche en que Susana y yo salíamos de fiesta por la capital o quizá de aquella cadena de Hotmail que no reenvié a veintisiete personas hace quince años? Sea como fuere, allí estaba, delante de la catedral de Toledo, frente a la majestuosa Puerta de los Leones. Ella tan imponente y yo tan insignificante. Ironías de la vida, supongo.
El arco apuntado, las estatuas de mirada perdida que la custodian, las escenas de la muerte y asunción de la Virgen, las columnas con los leones, los adornos variopintos repartidos por toda la pared… Una miscelánea muy a juego con mi vida desastre. Quién iba a pensar que la ruptura con Álex y la muerte de mi abuelo harían que dejara aquel maldito trabajo que siempre había odiado. Abuelo… Te acababas de ir y ya te echaba de menos.
Las gotas de lluvia que empezaban a caer se deslizaban por mis mejillas, mezclándose con mis lágrimas. No sé cuánto rato estuve allí parada mirando sin mirar aquella maldita puerta, pero sentí que me moría por dentro unas dos veces y que me ahogaba con la sola idea de tener que seguir adelante y cruzar sin red el abismo de la vida. Era como si delante de aquella puerta se detuviera el tiempo. Como si el hecho de moverme y ponerme a caminar supusiera volver a darle al play y proseguir con mi existencia cuesta abajo y sin frenos. No quería volver a casa. No podía moverme. Mi cuerpo me lo impedía. El miedo y la angustia me paralizaban y yo me dejaba llevar.
Y además era domingo. Odio los domingos, son como la máxima expresión de la soledad y la melancolía. Me dan ansiedad. Con el domingo se acaba la semana, pero para mí es como si se acabara la vida, como si jamás fuera a alcanzar las cosas que no había logrado aquellos siete días. Como si se acabara la cuenta atrás y mis objetivos ya no tuvieran validez. No sabría cómo explicarlo mejor. Cuando ya no sabía si llovía o lloraba, recordé una frase que mi abuelo decía a menudo: «Estas piedras son testigos de nuestra historia». Apreté los puños.
—¡Estas piedras son una mierda, abuelo! —grité con rabia entre lágrimas. Por suerte era de noche y no había nadie por la calle. Me senté enfadada y afligida en el suelo mojado. No llevaba paraguas ni lo necesitaba.
A ratos pensaba que todo aquello era fruto de una pesadilla de la que estaba a punto de despertar. «Quizá lo consiga si me tiro desde la torre más alta del campanario. El dolor que siento es tan intenso que puede que así deje de fastidiarme de una vez por todas», pensé. Recordar a mi abuelo en aquel momento era como clavarme a un tiempo cinco cuchillos afilados en el corazón. Rápidamente cambié de opinión. «Pero en qué estás pensando, Eleonor, qué tontería acabas de decir. A ti aún te queda mucha vida por delante, aunque ahora mismo tengas peor pinta que esas cagadas de paloma que hay en el suelo».
Hacía treinta primaveras que había nacido en estas tierras y, aun siendo más toledana que los mazapanes, siempre tuve la sensación de que el frío de la zona me congelaba hasta la médula.
Daba igual el tiempo que hubiera transcurrido y los años que hubiera vivido en Madrid, Toledo siempre era un buen sitio para estar bajo la manta, al calor de la chimenea; un calor que me iba a costar mucho restaurar en mi interior. Sentí aún más rabia.
Dicen que el dolor emocional es como el físico, y cuánta razón tienen, pero a quien lo afirma se le olvida añadir un pequeño detalle: el dolor físico termina desapareciendo, el emocional puede durar toda la vida…
(*) Es psicóloga experta en psicología clínica y de la salud, sexología clínica y terapia de parejas. Además cuenta con formación en cuestiones de apego, trauma y EMDR. A lo largo de sus años de experiencia ha logrado compatibilizar la atención sanitaria a pacientes con la divulgación de contenidos de salud mental y relaciones de pareja en sus redes sociales, en medios de comunicación a nivel nacional y en ayuntamientos, institutos y universidades de toda España. Actualmente es referente en materia de relaciones sanas tanto para miles de jóvenes y adolescentes, como para adultos. Ha escrito los libros de no ficción Ama tu sexo, Me quiero, te quiero y Tú eres tu lugar seguro y ahora publica su primera novela, Mujeres que arden.
Fuente para Diario Digital Femenino: Lourdes Miranda.
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