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 Mis mujeres…

Con amor para:
Susana y Angelita que ya no están.
Beba que está perdida.
Las jóvenes.

Nota preliminar:

Las que están aquí son mujeres de cuatro generaciones de una misma familia. Ellas convivieron. Otras tantas parieron y fueron paridas en fortines de la provincia de Buenos Aires. Son ellas y a la vez son todas.

Las mujeres de mi familia hemos sido violentadas, violadas, secuestradas, torturadas y malqueridas, siendo este un detalle menor. Lo han hecho propios, ajenos, la dictadura[1] y el Estado.

No voy a hacer un inventario de todas las violencias de las que fuimos víctimas. Hoy sólo quiero sacar de mi cabeza la violencia médico-sanitaria, nombrarla, traerla al papel para verla más clara, para que otras sepan de ella, para que podamos sacudírnosla, enfrentarla o huirle.

Fueron nuestros cuerpos, nuestras psiquis, nuestros sentires y la cercanía a nuestras personas amadas, las destruidas, desgarradas y negadas por ser mujeres.

Abortos e hijas/os no deseadas/os, la histerectomía como única forma de no morir, irrumpieron y estallaron no sólo los úteros.

No fuimos escuchadas en nuestros quereres, nuestros miedos y nuestras angustias.

La maternidad y el útero como expresión máxima de ella, como pase a la familia consagrada con exclusividad marital, con la fidelidad unilateral de la madre-esposa, sobrescribieron las vidas de algunas de nosotras.

Aquí estamos:

Ventura, nuestra abuela (1908/2009): Su suerte se agotó en el nombre. No pudo elegir seguir con su segundo embarazo porque mi abuelo decía que eran demasiado pobres para mantener otra boca. Él ya tenía otro hijo con “la otra” y además varón…

Entonces, durante su larga vida, nuestra abuela nos contó una y otra vez como la humilló la “respetable partera”, que clandestinamente recibió su dinero e hizo el aborto[2] que la dejó estéril.

Así se quedó con su única hija, su única propiedad, con su beba. Tal vez logró al fin, olvidar otros abusos y su intento adolescente de suicidio.

Rosa, mi mamá y la de Ana (1935): Casi perdió la cuenta de sus abortos, porque mi padre no quería usar preservativo, porque él era violento[3], porque él decidía sobre su deseo y su goce. Nosotras/os no fuimos deseadas/os, jamás quiso ser madre, pero entonces mi padre…no se hubiera casado.

Meses infinitos en cama con el útero cosido le demandó tener a su cuarto hijo. Antes, el tercero, había muerto a horas de nacer con seis meses de gestación, un rato después de visitar a su doctora, quien no la escuchó, quien no le avisó, quien no la cuidó. La condenaron a nombrarlo, bautizarlo y enterrarlo. Con sus manos ató una virgen de yeso a una cruz de maderas usadas y nunca más lo fue a ver.

Ella envejeció, se perdió de a poco, ese extravío la convirtió una vez más en la víctima ideal. Otra vez fue la que no decidía, la que no sabía, la que no había porque escuchar. Entonces intentaron someterla a una operación a corazón abierto y más tarde a un tratamiento con terribles contraindicaciones, para evitar según un médico, una posible parálisis de la que sigue escapando sin saber a dónde. La salvamos sus hijas.

En su última internación en un hospital, la sobremedicaron, la sedaron por completo, ninguna de las personas responsables lo dijo, tuvieron que asumirlo al verse confrontadas por mí, total…es vieja y está demente, habrán pensado[4].

Hacía meses que no podía tocarla ni abrazarla por la pandemia, pude.

Nunca la había visto desnuda, en nuestra casa no se ocultaron las miserias, pero sí los cuerpos. Estaba indefensa, su piel transparente parecía envolver un cuerpo de mujer joven aún bella. Las cicatrices que dejaron al nacer mis hermanos ahora se mostraban como una sola partiendo su vientre.

Ana, mi hermana (1956/2019): Eligió operarse del corazón antes de esperar que la sorprendiera la muerte. Su cuerpo que había resistido la tortura en un centro clandestino de detención, los abortos no queridos, cinco felices nacimientos y su propio desdén, quedó en manos de la corporación médico-sanitaria. Sometida esta vez a la tortura del respirador y de otras prácticas sadicomédicosanitarias no pudo con ellas, murió. Le habían quitado la palabra, se habían quedado con su cuerpo para parcelarlo, escindirlo, intervenirlo.

Ninguna/o de quienes podían ayudarla quiso escucharla y por primera vez una su vida lograron callarla, todos/a pensaron que cuando les decía que se ahogaba… no era para tanto.

Le quitaron la palabra, le destruyeron el cuerpo.

En los pocos días en que estuvo despierta, una vez que le quitaron la sedación y el respirador, sufrió dolores e impotencias. Qué iba a saber ella de sus dolores, de su asfixia …decían quienes todo lo saben.

Ella era otra mujer que se quejaba, que por ser mujer molestaba más.

«Debe ser psicológico» dijo su esposo, el macho que no cree en la psicología.

María, quien escribe (1961):  Mi niñez y adolescencia fueron las de una niña/mujer asmática, la falta de aire mi primera impotencia.

A mis veintiséis años me encerraron contra mi voluntad por primera vez, en una clínica psiquiátrica[5]. Mi marido, su mejor e íntimo amigo y un psiquiatra conocido de éste decidieron una noche sobre mí. Fue muy oportuno tomar el agotamiento y la infelicidad por locura, pavada de coordinación patriarcal.

Para mi fueron: el encierro, la sobre medicación, el suero, los desmayos, la incapacidad y la locura de otros/as como única compañía.

El conocido psiquiatra que me encerró, me respondía: “ya te vi en camisón” cada vez le decía que estaba bien, que me diera el alta, que necesitaba a mis hijas. Me separaron de ellas, bebas aún, me quebraron mostrándome hasta donde podían llegar.

Cuando ellos lo decidieron me dejaron salir. Casi me arrastré, casi viví, casi fui yo, pero no pude porque una buena provisión de psicofármacos recetados me lo impidió.

Al fin me hicieron ocupar públicamente el lugar de la loca, la histérica que justificaría el destrato y e infinitas infidelidades de mi marido, pobrecito…cargar con una mujer así.

Logré una consulta con un nuevo psiquiatra. Fue entonces cuando cometí uno de los errores más grandes de mi vida: no accedí al tratamiento psicológico como me lo propuso. El tratamiento me hubiera permitido fortalecerme y entender qué me sucedía y contra qué luchaba. “Usted sólo necesitaba descansar uno o dos días en su casa”, me había dicho, no lo entendí.

El terror a que me volvieran a encerrar me persiguió por un tiempo angustiante, me provocó lo que hoy conocemos como ataques de pánico. Estuve profundamente sola, disimulando, por las dudas, seguramente de otro encierro no saldría.

Años más tarde volvería al encierro, ahora gracias a una psiquiatra, su mal diagnóstico, sus miles de pastillas recetadas y al alcohol de mi parte.

Casi dos años duró mi desintoxicación: adicción a las benzodiacepinas, me diagnosticó correctamente esta vez una buena doctora platense. Esta Dra. tuvo que luchar para convencerme de que nunca me volvería a pasar, de que el problema no había sido yo, por fin lo logré.

Poco antes un famoso traumatólogo me dijo: «Usted no vio nada todavía, su marido va a sufrir como un perro…» ofendido porque yo (con treinta y tres años), había consultado a otro ante el aún no diagnosticado cáncer de mi marido. ¿Para qué estas palabras?, sólo para sentir su poder frente a mi destrucción anímica.

Durante los infinitos días de internación por los que pasó Ana, mi hermana, hasta llegar a su muerte, vi una y otra vez como los médicos/as al dar los partes sólo se dirigían a mi cuñado, único hombre a veces en un grupo con cuatro o cinco mujeres. Vi como nos ignoraban ostensiblemente a mis sobrinas y a mí, dirigiendo su mirada y sus explicaciones sólo a él. Sexismo claro, reforzado por la actitud del único macho de la familia. Sexismo destinado a mantener la relación jerárquica excluyente en base a un discurso rigurosamente científico. Total…sólo éramos las hijas y la hermana, nada más que mujeres.

Leticia, mi primera hija (1985): Si alguien quiere ver cómo es pasar del alivio a la más profunda desesperación una y otra vez, debería haberse mirado en sus ojos. Fueron meses de especialistas y clínicos, todos hombres, todos médicos. Le diagnosticaron algo sin importancia,

lo convirtieron en cáncer, se desdijeron una y otra vez. Avivaron el pánico, se encogieron de hombros y la destruyeron psíquica y emocionalmente sin ninguna consecuencia para ellos, sin siquiera reconocer sus errores.

Sólo hubiera sido necesaria una intervención menor, como la que luego tuvo, para evitarle tanto padecer ¿ninguno lo sabía?

Clara, mi segunda hija (1986): Cuando una infectóloga de la ciudad de La Plata me dijo que ya era tarde, que la trataría pero que, si se había contagiado VIH u otra ETS, ya era tarde porque el protocolo[6] oficial aplicado a las víctimas de violación no servía, me hablaba de ella. Luego fue sumar sufrimiento al horror, dolor, meses de incertidumbre hasta verla liberada de la duda de un contagio que no se dio y que hubiera marcado su vida para siempre. Hace once años (2009), cada día llegaban sólo a uno de los hospitales públicos platenses, ocho muchachas violadas, pero nadie corregía el protocolo.

Estas son descripciones mínimas de inmensos padeceres. Lamentablemente no han sido ni son sólo nuestros.

La corporación médico-sanitaria al deslegitimar o ignorar la palabra de las pacientes y acompañantes, monopolizando el poder sobre los cuerpos, hace lo propio con los síntomas y por lo tanto con las patologías, su tratamiento y cura.

¿Quién puede decir que no ha sentido la profunda susceptibilidad de los/las médicos/as- sanitaristas, su enojo o lo despectivo de su discurso ante una observación o sugerencia de quien no pertenece a su casta?

Sostengo que si hay una actividad que cumple con excelencia los cánones patriarcales es la médico-sanitaria, con su formación científica, su Hipócrates, su doctor/a y el repetido «ya no atiendo obras sociales».

Estoy absolutamente convencida de que los padeceres de los que fui testigo y protagonista podrían haber no existido si la corporación médico- sanitaria, renegando de su esencia, hubiera escuchado y legitimado la palabra de la mujer padeciente o acompañante.

 

Mis mujeres y yo
Mis mujeres y yo. Ventura y Rosa.

Hoy siento un tremendo alivio de que seamos una “familia de mujeres.”

Estoy orgullosa de todas: de las que se han ido y de las que me acompañan.

A veces me siento vieja, sola en este lugar de ser la otra generación, pero cuando a las jóvenes las sé buenas, las siento cerca y nos siento fuertes.

Aclaración final: el citar leyes/protocolo sólo tiene como objetivo reflexionar sobre por qué fueron necesarias/o, tal vez motivar su lectura o relectura y finalmente contrastarlas/o con la realidad.

      María

  Graciela  Inés Meccico Musotto, Bahía Blanca julio 2020.

Sobre la autora

Graciela Inés Meccico Musotto nació en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, un caluroso 6 de febrero de 1961. Aunque parezca mentira sigue ahí.

Durante toda su vida escribió. Este es el único texto que conservó porque no se dio cuenta.

Tiene dos hijas que por suerte para ellas no se le parecen.

Durante casi veintisiete años fue maestra de Escuela Primaria Común y de Adultos, donde aprendió más de lo que enseñó.

Ya grandecita descubrió que la molestia que la acompañó desde su más tierna infancia sin dejarla respirar, no era su alergia … empezaba con: patri y terminaba con: arcado.

Foto de Portada: Concepción y Genobeba

[1] Argentina, Dictadura Cívico-Militar- Eclesiástica   1976/1983.

[2] Ley 27.610 de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Sancionada el 30/12/2020.

[3] Ley 26.485 de Protección Integral a las Mujeres. Sancionada el 11/03/2009.

[4] Ley 26.529 de Derechos del Paciente en relación a los Profesionales e Instituciones de Salud. Sancionada 19/11/2009.

[5] Ley de Salud Mental. Sancionada el 25/11/2010.

[6] Protocolo para la Atención Integral de Personas Víctimas de Violaciones Sexuales.

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