Perfomatividad1

Introducción
(Descargar el libro en Portada)

Cómo hacer precaridad con palabras

Valzura, E. Performatividad y precaridad. Cambiar lenguajes, cambiar mundos.

Performatividad y precaridad
Performatividad y precaridad

Según Berger y Luckmann (1972), los miembros de cualquier sociedad dan por establecida la vida cotidiana como algo objetivo por fuera de ellos que “siempre fue así” o específicamente que “debe ser así”, e internalizan usos, roles y costumbres en su socialización como algo dado que no debe o no puede modificarse. Sin embargo, es el propio ser humano en sociedad el que aporta y contribuye a la constitución de esa realidad social y de esa vida cotidiana.

Esta objetivación es posible a través del lenguaje. El lenguaje, en efecto, construye marcos de referencia desde los cuales interpretar el mundo y la realidad cotidiana, y provee herramientas simbólicas que dominan la cotidianidad. Esas zonas de significación o campos semánticos afectan permanentemente la aprehensión de la realidad y la interacción con los/as otros/as que comparten con cada uno el acopio social de conocimiento. La realidad social, entonces, se construye con y a través del lenguaje, o de los “juegos del lenguaje” como diría Wittgenstein (1999). Para comprender este fenómeno, se analizarán los conceptos y posturas teóricas de aquellos filósofos del lenguaje que llamaron la atención acerca de la dimensión pragmática del lenguaje, es decir la dimensión que toma en cuenta los contextos de producción y de recepción de los discursos, en la consideración de que ambos contextos son cruciales a la hora de analizar la dimensión semántica.

En este sentido, se matizarán estos conceptos con la idea de “poder” que explica Foucault (1993), un poder que actúa como dispositivo en la configuración del sujeto (“el que está sujeto”, dice) quien obedece y lo tolera en tanto y en cuanto no es explícito, puesto que su éxito reside “en lo que logra esconder de sus mecanismos” (p.51). Ese poder es concebido por Foucault como “relaciones” omnipresentes, ya que el poder se ejerce y es inmanente a todas ellas. Más adelante en la misma obra definirá Foucault el concepto de “Biopoder”: ese poder cambia el paradigma antiguo de “hacer morir o dejar vivir” por otro más inquietante de “hacer vivir o de rechazar hacia la muerte” (p.83), puesto que el poder ya no será matar, sino invadir la vida completamente a través de intervenciones y regulaciones por medio de las cuales se controlará biopolíticamente a las personas. Para ejercer ese biopoder se utilizan diversas tecnologías, una de las cuales será el dispositivo de sexualidad, dirá Foucault. Es intención de esta investigación sostener que el dispositivo de poder también se manifiesta y actúa a través del lenguaje[1] , en especial, aunque no exclusivamente, en lo relacionado con la sexualidad. El biopoder da como resultado una sociedad normalizadora y normalizada, ya que el poder es disciplinador y normalizador.

Puesto que la propuesta de este trabajo es analizar el discurso en su carácter de performativo, el objetivo central será plantear una intersección teórica entre la filosofía del lenguaje y los estudios de género, es decir, entre los filósofos que advirtieron sobre la dimensión pragmática del lenguaje, por un lado, y, especialmente, Judith Butler, por el otro, quien parte de John Austin para desplegar su teoría de la performatividad del lenguaje. En el camino, no se descartarán los aportes de otros filósofos y filósofas que contribuyeron al tema en consonancia o en disonancia con Butler, y de otros filósofos del lenguaje que continuaron, precedieron o matizaron las ideas de Austin, como Ludwig Wittgenstein (1889- 1951), John Searle (1932), y Paul Grice (1913-1988). Desde esta perspectiva teórica que se desarrollará en las páginas siguientes se propone, además, analizar una serie de expresiones que los usuarios del lenguaje tienen incorporadas cotidianamente al habla. Se intentará mostrar cómo estas expresiones de alguna manera construyen sentido, y dan forma y sostienen una cultura sexista. Esta cultura alimenta el dominio masculino sobre las mujeres —y otras diversidades y disidencias sexuales, sexoafectivas y sexogenéricas[2] — en base a argumentos biologicistas y binarios, y perpetúa comportamientos machistas y micromachistas, aduciendo la superioridad de los hombres sobre las mujeres, lo cual es el sustrato fértil sobre el que fermentan todo tipo de violencias de género. Esta cultura es, asimismo, heteronormativa, puesto que establece criterios de “normalidad” (en tanto que normados) y “anormalidad” en las relaciones sexoafectivas, construyendo el mandato de heterosexualidad obligatoria y es, además, misógina, por sus múltiples conductas de desprecio hacia las mujeres que van desde la violencia verbal hasta la violencia física, atravesando espacios de violencia simbólica, económica, psicológica, epistemológica, cultural, etc.

Es decir, se analizará cómo desde el lenguaje se articula una cultura y una concepción estereotipada de lo femenino y lo masculino, y cómo esa concepción influye sobre las conductas que desarrollan las personas en sociedad. En este sentido, se propone llamar “lenguajes de género” a todas las palabras, expresiones y modos del lenguaje relacionados con aquellas características diferenciadas que cada sociedad asigna a hombres y mujeres, que tienen que ver con roles social y culturalmente construidos, esto es, un conjunto de comportamientos, actividades o atributos que una sociedad considera “normales”[3] para hombres y mujeres. Como dice el Diccionario de estudios de género y feminismos (2009): “Cada sociedad plasma en un sistema de género los comportamientos y las relaciones entre los géneros, con pautas y modelos, y es así cómo las diferencias se traducen en desigualdades y jerarquías según el orden capitalista y patriarcal” (p. 295).[4]

Descargar y seguir leyendo

[1] Tanto en La arqueología del saber como en El orden del discurso, Foucault afirma que no existe un “contenido” del mundo que se hace transparente a través del lenguaje, sino que es el propio lenguaje el que otorga sentido al mundo y ese aporte de significación es “una violencia que le hacemos a las cosas” (Foucault, 1980. p.44).

[2] Entendiendo a estas como aquellas que ponen en cuestión el régimen heteronormativo y la matriz heterosexual. Evitamos utilizar el constructo “minorías sexuales” en la convicción de que ese concepto estratifica a un grupo no solo como minoritario en número, sino como “minoritario” en poder de representación, frente a otro grupo que se arroga la mayoría en ambos sentidos: cantidad y poder

[3] Se escribe “normales” entre comillas en la convicción de que no existe la “normalidad”, sino que aquello que se invoca como “normal” es un constructo y, en todo caso, es lo “normalizado” por un grupo social determinado

[4] No entraremos, sin embargo, en una discusión que desde diferentes sectores del feminismo se viene realizando a la categoría “género” no por no considerarla importante, sino porque no se relaciona directamente con el propósito de este trabajo. Como ejemplo de esto se puede leer a Braidotti (2000): “Como punto de partida sostengo que la noción de “género” está en un momento de crisis dentro de la teoría y la práctica feministas y que está sufriendo una intensa crítica, tanto por su impropiedad teorética como por su naturaleza políticamente amorfa y vaga. Los sectores desde donde partió la crítica más pertinente del “género” son: el de las teóricas de la diferencia sexual; el de las teóricas poscoloniales y las feministas negras; el de las epistemólogas feministas que trabajan en el campo de las ciencias naturales, especialmente la biología, y el de las pensadoras lesbianas.” (p. 171)

 

Seguinos en Instagram. Diario Digital Femenino: @diariodigitalfemenino_
Lenny Cáceres: @lennycaceres69

Facebook: Diario Digital Femenino 

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *