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El hipervínculo multimedia como analogía del amor contemporáneo.

Ammonite es una película escrita y dirigida por el director y actor británico Francis Lee. La película está inspirada en la vida de la paleontóloga británica Mary Anning, interpretada por la actriz Kate Winslet. La trama de la película se centra en la relación de Anning con Charlotte Murchison, interpretada por la actriz Saoirse Ronan. A mediados del siglo XIX, la paleontóloga Mary Anning trabaja en la costa sur de Inglaterra. Busca fósiles comunes para venderlos a turistas. Uno de esos turistas le confía a Mary el cuidado de su joven esposa Charlotte, que se está recuperando de una tragedia personal. Ella y Charlotte descubren que cada una puede ofrecer lo que la otra ha estado buscando. Es el comienzo de una apasionante historia de amor.

Por Emiliano Samar*

Escucha este artículo en la voz de Marina Colado

Ammonite
Ammonite

Las escenas se suceden desde que el tiempo es tiempo: a escondidas, con postigos entreabiertos, bajo la tenue luz de una vela, o en estados de whatsapp, historias de instagram, detrás de aros led y paredes vidriadas. El relato que recupera la película es el de una mujer casada que conoce a otra, y que se dan el permiso de encontrarse y recorrer una relación sexoafectiva sin necesidad de ponerle nombre ni de etiquetarse. La escena que dispara estas reflexiones es aquella en la que Charlotte lleva a Mary a su casa y le muestra cuál sería su dormitorio en la casa del matrimonio. Pauso el film allí. Algo me hizo prender la computadora para empezar a escribir.

Ammonite
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Los mitos sobre el amor romántico, las creencias socialmente compartidas sobre el amor y su naturaleza, se heredan y se establecen como verdad absoluta. Los mandatos de conformación de familias en formas y composiciones preestablecidas son premisas culturales. Dichas prescripciones concluyen ficticias, engañosas, algunas veces irracionales y hasta se vuelven contradictorias. Como incluso señalan Ferrer y Boch en su publicación: los mandatos hacen “que sea difícil o casi imposible cumplir con todos ellos”. En nuestras sociedades occidentales el amor romántico se convirtió en la base de la institución familia, éste ofrece un conjunto de pautas de interacciones afectivo-sexuales de recorridos unidireccionales, binarios, con determinados rituales a seguir y donde la necesidad de posesión y de control se esconden detrás del precepto de fidelidad.

¿Cuál es la fidelidad que se deben quienes contraen matrimonio o están en pareja? ¿Podemos acaso continuar sosteniendo la consideración de otro ser humano como objeto a poseer o deberíamos profundizar y a la vez abrir la lógica del sujeto? Poner por delante la noción de sujeto implica reconocer allí derechos y también lo inasible y fuera del “control ajeno”: la subjetividad, los deseos, los pensamientos y sentimientos, las acciones y experiencias que serán propias, personales y únicas. Este tiempo suma el desafío enorme de superar las meras presencias para considerar en ellas sus existencias. Y allí entendernos en plural, somos con otras y otros en un entramado colectivo que debe considerar ya no sólo las individualidades sino la variedad de relaciones y las zonas “entre”: sus enlaces y sus contenidos. Leerlo de ese modo es comprender la multiplicidad de dimensiones que la otredad habita y en las cuales ejerce sus propias decisiones. Ser responsable en el cuidado con respecto a las personas con las que se vincula en el ejercicio de “ser” es entender la delicada, desafiante y profunda zona de la libertad. La que se permite uno mismo, y la que reconoce en las otras y los otros.

La sociedad de consumo trajo nuevas dinámicas vinculares bajo la lógica del shopping y el doble click. La tecnología ofrece un abanico de opciones con muestreos de perfiles para dar likes o rechazar desde la comodidad del sillón o el escondite del baño. La concepción de libertad puede traer un enfoque individualista en el cual el propio deseo desconoce a la otra parte y se prioriza en la velocidad de enlaces efímeros. Podría considerarse entonces la construcción de lazos afectivo-sexuales, de intimidad, cuidado y confianza. Ir hacia el respeto de la autonomía, mientras se atiende a los acuerdos. Actuar con responsabilidad y empatía a la vez que se superan las estrechas limitaciones de los estereotipos sociales.

Podemos “deconstruir” las determinaciones impuestas pero a la vez superar el corte individualista y mercantil que subyace en ciertas maneras contemporáneas de relacionarnos. ¿Cuáles son entonces esos nuevos acuerdos en las relaciones? ¿De qué manera logramos superar estereotipos, supuestos, anhelos arcaicos, para humanizar las relaciones, alejándonos tanto de la lógica del mercado como de la examinación social?

Pareciera que alternamos entre mandatos rígidos y modalidades desaprensivas. Entre la necesidad de perpetuar la comodidad de lo convenido por otros y el confort de sostenerse en el propio impulso sin consideración de la otredad.

Susy Shock nos comparte una interesante reflexión cuando dice que la normalidad es lo que nos hizo mal, nos trajo hasta acá. «¿No hay nadie que me invite a soñar otra cosa?” ¿O nos tenemos que acostumbrar a vivir en este sistema?”

El desafío es encontrar esa otra posición, que salga de la polarización y arriesgue a nuevas formas y diferentes modos.

Alguna vez nos convencimos que para siempre era una medida de tiempo posible, que otro ser vivo podía tener categoría de objeto, que el ejercicio de la libertad de las otras y los otros podían traer consigo las plagas de antiguas leyendas, que tener una relación implicaba solo dos, y que ser familia empezaba también por dos.

Autonomía y libertad serán quizá parte del viaje en las nuevas cartografías vinculares, donde la responsabilidad compartida tendrá que ver con acuerdos únicos, propios y flexibles que puedan respetar siempre las voces de quienes se relacionan en ese entramado particular.

Vuelvo a la película para hacerla correr, celebrando que el cine ponga luz y color a permisos para amar. El devenir de las escenas da espacio a impulsos y contradicciones para una relación que se teje verdadera en sus matices. No habrá culpa en esta historia, ni casillas donde nombrarse, los cuerpos se abren a la experiencia, en un encuentro puro y austero, sin más que la llama de las velas para alumbrarse.

Alonso Véner dice en uno de sus poemas: “me soy”. Una construcción poética más cerca del valor de la existencia que de la necesidad de encontrar un espacio en las categorías. Hago propio el verso del poeta y lo conjugo “nos somos”. O mejor… “nos vamos siendo”.

(*) Columnista de Diario Digital Femenino
@emilianosamar
emilianosamar@gmail.com

 

1 Comentarios

    • pierina -

    • septiembre 7, 2021 a las 22:01 pm

    Definitivamente, valiosísima reflexión!

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