Sobrevivir en la escuela

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Por Admin agosto 24, 2019 11:01

Sobrevivir en la escuela

Este artículo parte de una interrogación sobre la violencia en la escuela. ¿Qué decide ver y qué calla la institución escolar? El silencio desampara. La lógica de víctima y victimario es insuficiente para comprender lo que sucede. No se trata únicamente de los alumnos y alumnas. Familias, maestros, acompañantes y todos aquellos que forman parte de la institución en muchas situaciones se ven violentados, con la sensación de que solo queda sobrevivir. La escuela estaría desamparada si no fuera por lo que puede construir: un mundo que no sea de matar o morir.

Por  Facundo Schink *

Sobrevivir en la escuela

Sobrevivir en la escuela

La violencia es una forma de interacción entre individuos que se manifiesta en situaciones donde uno daña al otro con el fin de someterlo. Esto no es algo innato del ser humano, sino más bien un modus operandi aprendido.

La violencia no reconoce clases sociales, no selecciona por estereotipos físicos, de género o nacionalidad. La violencia no discrimina, y convive tanto con alumnos, como docentes y acompañantes no docentes. La violencia no es invisible, pero se elige silenciarla.

Es paradójico que la escuela silencie las situaciones de bullying, cuando es la primera en denunciar lo diferente. Se podría pensar que frente a la violencia existen dos vectores sobre cómo puede reaccionar la institución educativa.

Si la situación disruptiva la presenta un alumno cuyas características pudieran determinar que no puede controlar sus impulsos, ya sea por alguna patología o alguna cuestión ambiental, es decir, cuando la violencia se pudiera explicar desde factores ajenos a la escuela y pudiera caer la responsabilidad directa y exclusivamente en el niño, la institución solicitará que ese chico deba ser adaptado, visto por especialistas, puesto bajo tratamiento, e incluso hasta medicado.

Por otro lado, si se presenta un caso de bullying por uno o un grupo de compañeros de forma sistemática y constante, la escuela silencia. El bullying no encuentra justificación. Se dirigen las burlas y golpes hacia la víctima, a quien no se agrede por género, color, antigüedad en el aula, ni condición socio económica. Pero en la escuela se da por hecho que siempre existió este tipo de maltrato escolar y por ello no se decide intervenir.

El fantasma de Carmen de Patagones está latente. El miedo a la muerte, a otra tragedia demuestra que las escuelas no se encuentran preparadas para alojar al alumno víctima (ni al victimario) y prefieren correr la mirada, como si el alumno violentado fuese una posible amenaza.

Hacer memoria por la tragedia causada por Junior, más que enseñar a no repetir, lleva a callar por miedo, dado que el discurso jurídico se encuentra por arriba del discurso psicológico. La no-acción se privilegia sobre la prevención y contención del sufrimiento.

Entonces, ir a la escuela se vuelve un infierno para aquel que sea el objeto de burlas, llevando consigo no solo moretones, sino cicatrices en el alma que pueden no cerrar durante toda su vida. Siendo doblemente traumático, no solo el hecho de ser el blanco de burlas, sino también percibirse solo en el silencio: el no poder nombrar aquello que padece, no poder confesarlo, más por no poseer un lugar donde ser alojado que por al miedo a la violencia. Esto trae consigo sentimientos de vacío, de soledad, no queda más que sobrevivir al aula.

La supervivencia transmitida

Supervivencia, del latín supervivens (que sobrevive), se define como “conservación de la vida, especialmente cuando es a pesar de una situación difícil o tras de un hecho o un momento de peligro”.

“Llegar a fin de mes”, “Lograrlo, cueste lo que cueste”, “Ser el último en pie”, “matar o morir”, son significantes que son transmitidos desde las figuras parentales y docentes hacia los niños. Así, se les enseña cómo deben afrontar un mundo cada día más individualista.

Esto no es una crítica hacia los padres, ni mucho menos hacia los docentes, ellos también son víctimas de políticas violentas y del discurso capitalista que los empuja al goce. Los padres deben consumir, consumir mucho y rápido, deben ocuparse de conseguir todo lo que sea necesario, y más importante aún, garantizar que a su hijo tampoco le falte nada. No hay nada que angustie más a un padre que la angustia del hijo, entonces el objeto de goce pasa a ser mantener al niño contento.

Tenemos padres que deben sentirse omnipotentes, que no pueden reconocer su propia falta y mediante el consumo de objetos materiales protegen a su hijo de la angustia (su propia angustia). El miedo a la sentirse en falta es insoportable. Son padres que no pueden decir que no, no pueden no comprar, dado que reconocer sus propios límites económicos les haría sentir que pierden la imagen de omnipotencia.

La subjetividad de los niños se va armando sobre esos modelos de identificación, ellos introyectan sus normas y también están atravesados por el discurso capitalista.

La supervivencia como objeto de consumo

La violencia es objeto de consumo y va dirigida a aquellos que son más vulnerables. Cuando se le explica a un niño que sus juegos simulan batallas campales en donde el objetivo es dañar a un otro, responde: “es solo un juego, no es la vida real”. No obstante, podemos verlos en los patios, en sus recreos, jugar a matarse.

Las pantallas a las que se exponen los niños, no son bobas, un Smart es realmente inteligente, y esa idea va más allá de sus funciones, hay grandes negocios, a través de ellas los niños consumen, entre otras cosas, videojuegos violentos. Aún se sigue estudiando qué consecuencias podría tener el uso de videojuegos en la constitución subjetiva. Sin entrar en el debate acerca de si es o no perjudicial su consumo, es importante analizar el tipo de videojuego que está de moda hoy en día.

La modalidad de juego “BattleRoyale” (Batalla Real) consiste en que los jugadores, deben luchar todos contra todos, con el objetivo de ser el último en quedar en pie. Es decir, que el objeto que los niños consumen son videojuegos donde deben luchar por su supervivencia. Ya no juegan, necesariamente, a dañarse, sino a sobrevivir a entornos hostiles, matando a los otros o escapando. Lo que importa es ganar.

Esa isla desierta donde juegan en su consola, pasa a ser el aula de la escuela, donde se daña o se aguanta, donde se tiene que sobrevivir. ¿Por qué la escuela se mantiene ajena a esto?

Está modalidad de juego (y también puede pensarse del consumo del video deyoutube) carece de carácter lúdico, se pierde el valor simbólico (la metáfora de la supervivencia no es la metáfora psicoanalítica) dado que es un modo de juego repetitivo. Se encuentran en un círculo en donde la pantalla hace todo por ellos, elige por ellos, y los expone a la información que su base de datos considere necesaria.

El lugar de los discursos en la institución escolar

La escuela como institución ha quedado rezagada respecto a la forma en que los niños perciben el mundo ¿Cómo espera competir con su pizarrón contra las múltiples pantallas que ellos manejan? Los chicos usan calculadoras desde antes de ingresar al aula ¿No habría que pensar otras formas de enseñar matemáticas?

Como toda institución está atravesada por sus propios fantasmas y discursos, entre ellos el jurídico ¿Qué pasaría si un alumno daña gravemente a otro? Las escuelas tienen miedo a esa responsabilidad y simular ignorancia es su forma de resguardarse de las posibles consecuencias.

Tampoco escapa del discurso médico que le permite apoyarse en patologías, volviéndolas causa de la violencia. Derivar al niño-problemático a un profesional, es derivar la responsabilidad.

Los niños inquietos, los niños violentados, los niños aburridos, se encuentran solos frente a una institución educativa que se resiste a abandonar sus viejas prácticas. La escuela, podría pensarse, sigue siendo la misma de hace cien años. Si bien es cierto que se comienzan a pensar nuevas formas de enseñar y que cada vez hay más docentes lúdicos que rígidos, hay mucha resistencia en pensar un lugar donde abordar la angustia.

Para algunos chicos atravesar la jornada escolar es realmente muy difícil. ¿Por qué no existen dispositivos que permitan que lo pasen lo mejor posible? ¿Cuántas escuelas no poseen gabinete psicológico? ¿Cómo evitar que esos alumnos no abandonen sus estudios, cuando estos pudieran estar escapando de un lugar donde no se los cuido de la violencia? La escuela debería ser un lugar que les brinde seguridad, ser un segundo hogar, sin embargo, la escuela no ve lo que debería ver.

Por otro lado la escuela hace lo que tiene a su alcance. Existe un abandono y estrangulamiento hacia el sistema educativo, que no permite que se pueda avanzar. La falta de inversión y de políticas por parte del Estado está dejando a la escuela en una situación de abandono.

No se pueden reclamar nuevos dispositivos, cuando no se puede combatir el frío en las aulas o faltan materiales para que los chicos puedan sentarse a estudiar. La escuela, se mantiene en pie gracias a su propia fuerza, las escuelas también luchan por sobrevivir.

La posible solución a la responsabilidad de lo diferente

Una inclusión real no es posible, debido a que estamos muy lejos de poder convivir y valorar la singularidad del otro. Al niño rotulado como distinto se le da la posibilidad de ser integrado, es decir, adaptado al marco educativo.

Para ello, al no estar preparada la escuela por sí misma para dar cierta contención a esos niños, se recurre a la figura del acompañante personal no docente o acompañanteexterno, es decir una figura con ciertos conocimientos psi, que le daría a ese chico la posibilidad de permanecer en el aula de una escuela común.

Es interesante el nombre que se le da a la labor del acompañante, este muestra un compromiso con el alumno, pero desliga a la escuela de la responsabilidad (¿civil?), con aquello que pudiera suceder. La ayuda es externa al colegio, pero se encuentra dentro del colegio.

Se hace necesario incluir el discurso psicológico en los establecimientos educativos. Los docentes, la mayoría de las veces, están agradecidos con esta mirada psi, puesto que les da una herramienta para detectar problemáticas dentro del aula y poder abordarlas.

Como algunas instituciones aún se resisten a la inclusión de un gabinete psicológico o bien no reciben el apoyo para poder aplicarlo, una posible solución es la figura del acompañante. Este acompañamiento, tiene como función ayudar al alumno a que pueda soportar la angustia de estar en un aula y que pueda tolerar la jornada escolar lo mejor posible.

No solo le da herramientas, adaptaciones y soluciones, sino que también, y quizás más importante, le da voz y mirada, es el llamado a prestar atención, es aquel que negocia con el docente y compañeros el lugar del alumno dentro del aula, y el que pide tolerancia frente a sus movimientos y ruidos, para así generar un clima de tolerancia hacia la diferencia.

Ahora bien, este acompañante no escapa a la violencia del mundo exterior, el vaciamiento que se está realizando en discapacidad ha desvalorizado el rol del psicólogo que se dedique a la discapacidad.

La inexistencia de un ente que regule y negocie sus intereses ha llevado a la explotación entre colegas, a la falta de supervisión, a la ausencia de acompañamiento al profesional en su formación. Muchas veces, se hace sentir a los profesionales un sentimiento de ser “de segunda”, cuando en realidad es muy necesaria su función.

Los acompañantes son los primeros en fomentar el trabajo en equipo, son el primer paso a la inclusión real, ellos también sobreviven, y como la escuela pública, resisten.

 

*Psicoanalista de niños, adolescentes y adultos. Autor de artículos de interés PSI en medios gráficos y digitales.

 

 

Fuente para Diario Digital Femenino:  Facundo Schink
Publicado en El sigma

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