Sobre el debate feminismo-LGTBI y el fin de los binarismos

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Por Admin junio 8, 2020 11:18

Sobre el debate feminismo-LGTBI y el fin de los binarismos

Sobre el debate feminismo-LGTBI y el fin de los binarismos

La arqueología enseña a sacar a la luz procesos a largo plazo que no son evidentes y, sin embargo, determinan el presente que vivimos. Desde esta mirada, analizamos el actual debate que se da entre ciertos ámbitos del feminismo y del movimiento LGTBI.

Por Almudena Hernando*

Asisto con tristeza y preocupación a una creciente brecha dentro del feminismo español, entre dos posiciones que entienden de distintos modos cuál es el sujeto del feminismo y cuál el modo más eficaz para resistir al orden patriarcal, capitalista y neoliberal que rige nuestras vidas. Ambas esgrimen argumentos teóricos que traslucen dos modos radicalmente diferentes de entender cuál es la categoría principal (género, sexo u orientación sexual) que da cabida a la relación de dominación determinante del orden social: el feminismo llamado “radical” defiende que es el género (asociado a un sexo binario) y el movimiento LGTBI apuesta por el sexo y la orientación sexual. Con la firme intención de intentar construir puentes entre ambas, propongo analizar los procesos de los que arrancan las dos posturas, las rupturas que representan y la relación temporal que las conecta, ante la evidencia de que dicha brecha es también una brecha generacional.

Estamos siendo testigos de una transformación tan trascendente del orden social que ha sido calificada de cambio de era o de episteme (véase Rodríguez Magda, La mujer molesta), cuyo origen cabría buscar en la ruptura que, para la lógica lineal que había caracterizado la trayectoria histórica del mundo occidental, supuso la individualización de las mujeres en el siglo XIX. Amelia Valcárcel señaló en su día que el feminismo era un “hijo no querido” de la Ilustración, un efecto colateral no buscado del desarrollo de la “razón” del que presumía el Siglo de las Luces. Pues bien, yo me atrevería a decir que el movimiento LGTBI es un “hijo no querido”, un efecto colateral no buscado (y sin embargo tan potente como lo fue el feminismo) de la lucha feminista que, desde aquellos comienzos, ha venido protagonizando un número creciente de mujeres. Me parece previsible que siga creciendo como creció el feminismo, no solo porque realmente se opone a la lógica de los cimientos patriarcales, sino porque, además, en sus posiciones no críticas puede resultar funcional al orden capitalista (al igual, por cierto, que en su día resultó el feminismo) y neoliberal que, por tanto, dará amplia difusión a sus propuestas.

Soy prehistoriadora y creo que determinadas dinámicas del presente solo se pueden entender cuando se contemplan los procesos a largo plazo de los que proceden. Pero estos no son fáciles de simplificar. Varios de los argumentos que siguen están desarrollados de forma extensa en mi libro La fantasía de la individualidad, e intentaré apuntar otros de la manera más sucinta posible.

Para empezar, señalaré algo que puede parecer obvio (pero que no lo es): la trayectoria del mundo occidental ha estado regida por el anclaje, en ciertos aspectos muy esencialista, entre tres categorías y sus respectivos contenidos: género (masculino-femenino), sexo (hombre-mujer) y orientación sexual (heterosexualidad normativa). Coincido con Judith Butler en que la segunda y la tercera se constituyeron para servir de sostén a la primera, que es la materia prima del orden patriarcal. En mi opinión este orden sólo será transformado cuando la primera desaparezca, se disuelva el binarismo que rige a las otras dos y dejen de anclarse contenidos concretos de cada una de ellas entre sí, lo que de momento no está sucediendo en las posturas extremas de ambos polos de la brecha.

Comenzaré por referirme al género, para continuar refiriéndome a las consecuencias que su disolución tuvo en la construcción de las categorías sexo y orientación sexual. Finalmente me referiré a la relación del feminismo y del movimiento LGTBI con estas rupturas.

1. GÉNERO

La dominación de género es la materia prima del orden patriarcal, por lo que construir un orden no patriarcal equivale a construir una sociedad sin géneros, donde cada persona, independientemente del cuerpo sexuado que tenga, pueda desarrollar actitudes, comportamientos, creencias, modulaciones emocionales y deseos, en absoluta libertad. Éste es el objetivo del feminismo y creo que de la mayor parte del movimiento LGTBI. Sin embargo, otro sector de este último parece defender una multiplicación de los géneros, en lugar de luchar por la radical desaparición de la categoría. Dada su trascendencia y el distinto uso que se da al concepto, comenzaré en torno a él mi reflexión.

El género es el nombre que damos a la diferenciación con que se han construido las identidades de hombres y mujeres que, en el patriarcado, está basada en grados distintos de individualización. La identidad es un proceso flexible que tiene como objetivo neutralizar la angustia que nos generaría vivir si fuéramos conscientes de nuestra limitada capacidad para controlar el mundo que nos rodea. Por eso, la identidad cambia dependiendo del grado de control que tenemos del mundo. Ha cambiado históricamente, y es diferente dependiendo del grupo social al que se pertenezca, o del nivel de racionalización y control tecnológico con que se nos eduque. Si la mayoría de los hombres y mujeres han desarrollado históricamente distintas identidades de género (lo que entendemos por feminidad y masculinidad) no es por efecto de sus cuerpos sexuados, sino por efecto de las diferencias de poder (y de acceso al pensamiento abstracto a través de la escritura) que les fue poco a poco caracterizando. Al comienzo, no había apenas diferencias en su manera de entender el mundo. Podríamos decir que todos los miembros del grupo social, hombres y mujeres, presentaban ese tipo de identidad (“relacional”) que, a medida que los hombres fueron individualizándose y teniendo poder, quedó como exclusiva de las mujeres.

Nuestra sociedad identifica con la feminidad, con el género femenino, un tipo de identidad que caracteriza tanto a hombres como a mujeres en los grupos donde no hay división de funciones (salvo las ejercidas por ambos sexos y, de ahí, la posibilidad de hablar de género en sociedades igualitarias), ni especialización del trabajo, ni nadie que tenga más poder que los demás (como algunos cazadores-recolectores). Se trata de una identidad en la que la persona solo se concibe como parte de su grupo, de la red de vínculos que lo constituyen. No existe la idea del “yo” individual, ni conciencia de deseos para sí, ni sensación de potencia o agencia personal. El sujeto se coloca en posición de objeto de los deseos de una instancia de la que depende la supervivencia y el destino (sagrada al comienzo para todos, combinándose después en las mujeres con la de los hombres, a medida que estos se individualizaban).

Solo de manera muy lenta y gradual, a medida que los hombres iban manejando algo de tecnología y presentando cierta variación en sus actividades, fueron desarrollando rasgos que se asociaban a cierta conciencia de su diferencia (lo que acabó por construir la idea del “yo”), a la sensación de poder y de agencia personal, vehiculada a través de la conciencia de deseos para sí y de la paulatina adopción de una posición de “sujeto”. Y estos nuevos rasgos de identidad constituyen lo que nuestra sociedad identifica con la “masculinidad”. Este despegue de la diferenciación no obedeció a causas biológicas, sino a implicaciones cognitivas derivadas de sus distintas actividades, como ya argumenté en el referido libro.

Ahora bien: la identidad “relacional” nunca se puede abandonar, pues si no nos sintiéramos parte de un grupo de pertenencia, de una comunidad que nos sostiene, se nos haría evidente que no podemos controlar nada (como en este momento demuestra el coronavirus). Sin embargo, a medida que los hombres fueron dedicando energía, tiempo y valor social a los rasgos que se asociaban a la individualidad, fueron dejando de reconocer su necesidad de lo relacional, que no obstante conseguían garantizarse a través de relaciones entre pares masculinos, y de relaciones de género. Impidieron que las mujeres se individualizaran (básicamente impidiéndoles la movilidad y el acceso a la lectura y la escritura), para que ellas, a través de relaciones heterosexuales normativas, les garantizasen a ellos esos vínculos que estaban dejando de saber cultivar. Esto es lo que entendemos por “identidades de género”: una identidad “femenina” que no es sino la misma identidad relacional que, cuando no existen jerarquías ni posiciones de poder dentro de un grupo (del pasado o del presente), caracteriza tanto a hombres como a mujeres; y una “masculina” que se identifica con la individualidad, pero que depende ontológicamente de un sostén relacional cuyo valor no pasa al discurso, porque los hombres que la han protagonizado no lo reconocen como condición para sentir la potencia y agencia inherente a la percepción de su “yo”.

Por eso cuando alguien dice en la actualidad que “siente que es un hombre”, me pregunto qué quiere decir, porque eso que siente es un contenido coyuntural, resultado de un proceso histórico, completamente alejado de lo que un cazador Awá de la selva del Amazonas brasileña o un agricultor Q’eqchí’ de Guatemala, con los que he trabajado, sienten que es ser un hombre. La dominación de género es resultado de las diferencias en el grado de individualización entre hombres y mujeres, que puede variar. De ahí que “ser un hombre” sea “sentido” de formas diferentes en distintas culturas. Y, en general (hay excepciones) cuando alguien siente que “es una mujer” lo que siente es una mayor identificación con los rasgos de la “identidad relacional”.

2. SEXO

Ya a mitad de los años 50 del siglo XX, John Money declaró que el sexo de una persona era resultado de la combinación de 5 componentes biológicos: el sexo genético, hormonal, gonadal, morfología de los órganos reproductivos internos y de los externos. Él estaba encargado, en la Universidad John Hopkins, de decidir cuáles eran los rasgos predominantes en los bebés entonces llamados hermafroditas (ahora intersexo), para potenciarlos y favorecer lo que en su opinión sería una sana inserción social una vez clasificados como “hombres” o como “mujeres”.

El hecho es que esos cinco rasgos se pueden combinar cuantitativa y cualitativamente de forma distinta, generando una variación en las características sexuales de la persona que podría mostrarse gráficamente mediante su distribución en un eje de coordenadas con dos polos opuestos: aquel donde se situaría en su máxima intensidad la combinación correspondiente a hombre, y aquel que se definiría por la máxima intensidad de los correspondientes a mujer. Entre ambos, todas las variaciones posibles, con los intersexo en el centro. Lo que defiende el movimiento LGTBI, acertadamente en mi opinión, es que, para garantizar la complementariedad de género, esta variación no ha sido aceptada, ni por tanto reconocida, por nuestra sociedad, que sigue clasificando rígidamente a todas las personas en dos categorías que no admiten matización ni graduación alguna: hombre y mujer, lo que lleva además a intervenir quirúrgica y químicamente a los intersexo para ajustarlos a una de las dos.

3. ORIENTACIÓN SEXUAL

Estoy firmemente convencida de que la sexualidad humana no está orientada biológicamente. Si la heterosexualidad se ha considerado la norma es porque a través de ella se garantizaba la complementariedad de género, encarnada a su vez por dos sexos claramente definidos.

Hasta finales del siglo XX se pensaba que las hembras de Homo sapiens (nosotras, las mujeres) nos diferenciábamos de todas las demás hembras del reino animal (desde luego de las primates) en que no teníamos periodo de celo. Nuestra sexualidad, y esto marcaba nuestra humanidad, no sólo tenía como función la reproducción, sino también la comunicación (preferentemente con el sexo opuesto de la especie).

Sin embargo, a finales del siglo XX el descubrimiento del comportamiento del Pan paniscus o bonobo vino a desbaratar muchas de las sólidas creencias relativas a la sexualidad humana. Los bonobos no solo no tienen periodo de celo, sino que utilizan el sexo como principal mecanismo de cimentación social, practicándolo indiscriminadamente entre sí (machos y hembras, hembras y hembras, machos y machos) y en todas las modalidades conocidas, incluyendo sexo oral y masturbación. Al ser (junto al chimpancé común) nuestros parientes evolutivos más cercanos, podríamos pensar que, desde el punto de vista biológico, la sexualidad humana no arranca de orientaciones condicionadas por la biología y que si la heterosexualidad se estableció como norma, tuvo que deberse a condicionantes socioculturales. Básicamente, a garantizar la complementariedad de género para posibilitar la supervivencia de unas crías mucho más frágiles y dependientes que las de los bonobos.

Creo que los humanos somos, sencillamente, seres sexuales y que, al igual que una sociedad no patriarcal tiene que ser una sociedad sin géneros, sin etiquetas masculino-femenino, también debe serlo sin etiquetas referidas a la orientación sexual.

Un futuro sin dominación es un futuro sin binarismos, pero básicamente sin género, lo que exige dejar de asignar etiquetas y asociaciones específicas entre cuerpos, comportamientos y sexualidades.

4. EL FEMINISMO Y LA RUPTURA DE LA LÓGICA HISTÓRICA AL LLEGAR A LA MODERNIDAD

A partir del siglo XIX, el creciente número de mujeres que iba accediendo a la lectura y la escritura (y desarrollaba por tanto la individualidad), comenzó a reclamar los derechos que la Ilustración decía reconocer a todas las personas que “se atrevían a saber” (para hacer uso del famoso sapere aude de Kant). Por su parte, además, esa revolución de las mujeres resultaba funcional al desarrollo del capitalismo industrial (al igual que ahora el movimiento LGTBI lo es al orden neoliberal), que necesitaba multiplicar el número de sujetos consumidores (y por tanto conscientes de sus deseos) y productores (con trabajos especializados) para mantener la lógica de crecimiento que venía experimentando a lo largo de la historia.

La primera ola feminista representó, de esta manera, una ruptura de la lógica histórica de consecuencias imprevisibles porque, rompiendo la complementariedad de género, venía a disolver el binarismo fundamental que había sostenido toda la historia del mundo occidental. Esa ruptura vino dada no solo por el desarrollo de la individualidad de las mujeres, sino sobre todo porque, a pesar de individualizarse, no dejaron de cultivar la (imprescindible) identidad relacional, dado que los hombres (patriarcales) no estaban socializados para garantizársela. Así que las mujeres individualizadas presentan una identidad en donde los géneros dejan de tener sentido, independizándose así del cuerpo sexuado: ellas (y los hombres que también cultivan su parte relacional además de la individualidad) presentan actitudes que el orden patriarcal había identificado tanto con la “masculinidad” (el deseo de poder, la capacidad de agencia, la conciencia de deseos para sí), como con la “feminidad” (la capacidad de empatía y de construcción de vínculos).

Ahora bien, esta nueva identidad no-binaria, “sin género”, que la lucha feminista aspira a generalizar entre todas las mujeres (entre todas las personas, en realidad), sólo caracteriza aún a una minoría de ellas, lo que no es suficiente para transformar la lógica patriarcal que rige el mundo y nos afecta a todas. Por eso el feminismo continúa utilizando la categoría “mujeres”, porque la prioridad es mantener la lucha por evitar la mercantilización de sus cuerpos, la violencia machista, la diferencia de salarios y oportunidades, la brecha de los cuidados, etc.

Sobre el debate feminismo -LGTBI (Notimex-Alejandra Rodríguez).

 

*Almudena Hernando PROFESORA DE PREHISTORIA Y MIEMBRO DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIONES FEMINISTAS DE LA UCM

 

Fuente: El Salto

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