¿Sabés cómo es el trato a niñas y niños en la justicia?

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Por Admin diciembre 26, 2016 12:55

¿Sabés cómo es el trato a niñas y niños en la justicia?

Por Licenciada María Cecilia López*
detrickTres, cuatro, seis horas de espera hasta que los funcionarios judiciales se dignen atender al niño/a que citaron ese día y en ese turno, es lo que a diario se observa cuando se recorre los pasillos de los juzgados. Si se baja la mirada hacia donde nunca nadie tiene tiempo de mirar, se  verá a los niños/as que esperan –casi siempre, entre gritos, matones, mugre y urgencias- intentando distraerse hora tras hora, ser llamados a declarar o, peor aún, revincularse con sus propios abusadores.
Niños/as obligados a jugar el macabro juego de la pérdida total de la honra. Al son de una red de Pilatos conformada por peritos de parte, abogados/as y asesores de Menores fiscales y jueces –que vaya a saber uno por qué, generalmente, llegan tarde-, mas los secretarios/as –que suelen acordarse justo a último momento de pedir el traslado de los expedientes de un Tribunal a otro-, o los técnicos en informática que siempre encuentran perdidos por alguna otra parte de la sede judicial cuando el sonido de la Cámara Gesell falla y no graba.
Así va pasando el tiempo hasta que el niño/a –a veces, acompañado por su mamá, otras, por su abogada o por su perito de parte- debe seguir esperando en un nuevo recinto (muchas veces, atiborrado de sillas y paradójicamente sin ningún juguete a la vista), cercado de abogados/as con sus trajes y corbatas, miradas apáticas y sonrisas heladas. Abogados que de vez en cuando se permite el desliz de distraerse y dejar entrar al imputado abusador para que pueda dedicar una mirada a su víctima, burla de su omnipotencia, hasta que deba ser echado entre insultos y trompadas. Y restablecido el orden y pasadas todas esas largas horas en tortuosa espera, cuando finalmente el niño/a es convocado a dar su testimonio, se le exigirá la imprescriptibilidad de sus recuerdos. Y si acaso llegara a bloquearse por las secuelas propias de su trauma, por la vergüenza  de tener que revivir sus peores recuerdos frente a desconocidos o simplemente por hallarse abatido por el cansancio, será juzgado como mentiroso sin piedad.
Esto que describo que puede parecer la trama de una película de ficción ha sido parte de mi propia experiencia como psicóloga argentina que viene trabajando con niños/as víctimas de abusos sexuales desde hace veinticuatro años. La odisea burocrática del maltrato institucional a niñas y niños víctimas de abuso sexual. Niños/as que se hacen caca encima, se descomponen, lloran y gritan su furia, escupen, vomitan, clavan las uñas y contraen los músculos de todo su cuerpo negándose a subir escaleras. Si algún testigo ocasional y neófito en la materia los ve podrá decir: “¡Pobrecito, como lo obligan a entrar!”, desconociendo, por ejemplo, que si un niño/a y su mama protectora no se presentan en la fecha y horario asignados por el juzgado corren el riesgo de ser gravemente sancionados por incumplimiento a la ley y, por supuesto, quien saldrá beneficiado será el agresor sexual. Por eso, por mi parte y para atemperar los nervios de mis pacientitos/as a quienes debo acompañar a Tribunales recurro a la invención de una especie de cuento. Les digo que ese juzgado fue un palacio con laberintos dorados muy misterioso, y que en la actualidad aunque ya no luce así, en el existen jueces y juezas que son como sus reyes  y reinas y están allí para defender a los niños/as de las personas malas. De esta manera, valiéndome del recurso del pensamiento mágico propio del lenguaje infantil, es cómo suelo ayudara que puedan esbozar una sonrisa donde antes hubo lagrimas y puedan luego entrar a contar su historia sin tanto miedo, un poco más seguros de sí mismos y, por sobre todo, con la mirada en alto. Los psicólogos/as no podemos cambiar la realidad judicial pero al menos podemos ayudar a que nuestros pacientitos/as puedan cambiar la visión adultocéntrica  que se le pretenden imponer. Lamentablemente no se escucha a los niños/as como niños/as, no hay contemplación a su desarrollo psicológico. Como expresa la autora de este libro, la doctora Graciela Dora Jofré:
“Se sigue considerando a niñas y niños, en los actos judiciales, como seres humanos disminuidos e inferiores para hacerse respetar, escuchar y comprender en sus sentimientos. Son atropellados en su integridad emocional, maltratados, ignorados al momento de resolver sobre su existencia por operadores judiciales erigidos en “Dioses del Olimpo”. (…) La Justicia no respeta la dignidad humana de toda niña, de todo niño angustiada/o. No se respetan los no de una criatura”.
Estas palabras dichas por una jueza de la Nación suenan a utopía cuando las prácticas judiciales, las dinámicas familiares y sociales –incluidas las universidades y medios de comunicación- aun se hayan atravesadas culturalmente por los imperativos de una ideología patriarcal cuya premisa fundamental está dada en el considerar al hombre como procreador y dueño de los niños/as que engendra, como amo de la familia y especialmente de sus mujeres y niños/as. Esta ideología patriarcal es la base de gran parte del sistema judicial actual en el cual se da por sentado que un procreador es igual a ser un padre. Una ideología que considera al niño/a como pertenencia del hombre que lo engendró; un esclavo con un dueño, su progenitor, a quien se siente obligado a llamar “papa” y a quien se supone le debe afecto, pleitesía y obediencia debida a pesar de que este sea su verdugo, su violador. Y si por casualidad, este niño/a acaso se animara a “traicionarlo” contando secretos con respecto al quebrantamiento de la ley del incesto familiar, por ejemplo; entonces, seguramente tendrá problemas: se vera obligado a enfrentarse no solo a todo el establishment del Derecho (como bien dice la doctora Graciela Jofré) sino, también, a toda la dictadura y el dogmatismo patriarcal de muchas eminencias de la psicología y directores de grandes instituciones (varones y mujeres) que se supone saben perfectamente cómo deben diagnosticarse las “fantasías infantiles y a los buenos papás de familia que serian incapaces de abusar de sus hijos/as siempre empeñados junto a sus madres en llamar la atención en medio de las disputas matrimoniales”. Sin embargo, por suerte, no todos los psicólogos/as ni los operadores/as judiciales están atravesados por tan nefasta ideología que parecería pertenecer a tiempos del oscurantismo medieval. Somos cada vez mas quienes aprendemos a diagnosticar y a decodificar los mensajes metafóricos detrás de los fracaso escolares, las conductas hipersexualizadas y otros tantos síntomas físicos y psicológicos. Quienes aprendemos a decodificar los mensajes que los niños/as nos quieren transmitir a través de sus dibujos y juegos. Quienes aprendemos que no todos los niños/as víctimas de abusos pueden relatar sus recuerdos con el correcto uso de una semántica, de una sintaxis ni de los adecuados tiempos verbales y que eso no significa que estén mintiendo. Quienes aprendemos que no todos los niños/as victimas pueden expresar los recuerdos de su trauma bajo el código lingüístico que explícita o implícitamente exige la ley porque muchos de ellos han olvidado su trauma debido a bloqueos en la memoria por mecanismos defensivos como la represión o por la amnesia; por el estrés postraumático; por miedo a las amenazas de su abusador o, simplemente debido a inmadurez psíquica (existen muchos niños/as con Síndrome de Down, autismo, bajo coeficiente mental, que no cuentan con los suficientes recursos lingüísticos para relatar sus abusos y que no por esa razón se hallan libres de trauma).
Por suerte para estos niños/as cada vez somos mas quienes aprendemos las huellas mnémicas del trauma pueden hallarse archivadas bajo diferentes códigos y no tan solo bajo el código lingüístico consciente, y que asi, de esta manera, el ser humano puede expresar la memoria de su trauma a través de un código muy distinto al de las palabras, un código que rige al mundo del inconsciente y que se expresa mediante el que rige al mundo del inconsciente y que se expresa mediante el lenguaje corporal, el lenguaje paraverbal, los movimientos oculares, los macro y micro comportamientos. El cuerpo no miente y grita la verdad. Profesionales que seguimos en este camino de aprendizaje y estudio para la valorización de la memoria de los niños/as que tantos abogados por estrategia judicial pretenden desacreditar. La doctora Graciela Jofré referencia en su libro una de las investigaciones más prestigiosas realizadas en Argentina por la licenciada Bringiotti y el doctor Raffo a estudiantes de universidades públicas de Buenos Aires, a quienes de forma anónima encuestaron para evaluaron si es que recordaban haber sufrido abusos sexuales en sus infancias. Lo extraordinario de esta investigación es que establece los 2 y 3 años como rango de edad de promedio de inicio de esos abusos sexuales. Considero esta información de fundamental importancia dado que constituiría una prueba más de cómo aun desde la más temprana infancia, las secuelas del abuso logran permanecer plasmadas en el psiquismo a través de la memoria a largo plazo. Podríamos seguir hablando el tema pero no hay peor sordo que quien no quiere escuchar. Parecería que existe una maquinaria de la desmentida y la negación compulsiva del abuso sexual en nuestra sociedad: La doctora Graciela Jofré, jueza de Paz y autora de este maravilloso y conmovedor libro es un ejemplo de que no todos los profesionales actúan de la misma manera, de que no todos los jueces son iguales, de que no todos los juzgados son injustos. Profesionales como ella nos dan esperanza porque le devuelven al niño/a víctima del abuso sexual la dignidad de ser sujeto; le brindan oportunidad de ejercitar su derecho a defenderse pudiendo contar su trauma en su propio idioma, con su propio lenguaje, teniendo la confianza de que sus adultos protectores harán todo lo posible por oír su historia y su pedido justicia, acomodándose a sus necesidades y ritmos, según su desarrollo psicológico y teniendo en cuenta las secuelas emocionales que les hubo dejado el trauma.
En este aspecto, la doctora Graciela Jofré es pionera en Latinoamérica por la ética de su compromiso con el abuso sexual en la infancia, un compromiso que ha ido mucho más allá de la banalidad de las palabras y los discursos y que ha quedado reflejado en cada una de sus sentencias judiciales. Si bien ha escrito decenas de artículos y otras publicaciones que han dejado una huella importante en todos los que trabajamos en esta compleja temática, en esta oportunidad ha escrito este, su primer libro; un libro apasionante de leer: no solo porque como nadie nos explica las injusticias de la Justicia y su repercusión social sino porque, sobre todo, cada una de sus palabras se transforma en una daga que apunta y atraviesa las entrañas de todo tipo de negligencias y violencias judiciales que acontecen alrededor de los más inocentes, de quienes menos posibilidad tienen de defenderse: los niños y niñas victimas de traumas sexuales. No todo esta perdido. Que una jueza de la Nación haya escrito un libro con estas características nos regala a todos/as quienes desde hace tiempo venimos luchando contra molinos de viento una brisa de esperanza, un sacudón que nos despereza para seguir trabajando por nuestros niños y niñas mas que nunca, sin perder el sentido común, sin perder el respeto, sin perder el alma.
 
*Psicóloga y escritora especializada en abuso sexual contra niños y niñas
El texto publicado que deseamos difundir es el Prólogo del Libro: «Niñas y niños en la justicia. Abuso sexual en la infancia» de la Jueza de Paz de Villa Gesell, Graciela Dora Jofré
Jofré, G. D. (2016) «Niñas y niños en la justicia. Abuso sexual en la infancia«. 1º Edición. Buenos Aires. Ed. Maipue

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