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Prostitución: cuestión de derechos y privilegios

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Por Admin octubre 1, 2019 20:02

Prostitución: cuestión de derechos y privilegios

El feminismo no puede dejar de combatir a esta institución que funciona (y así se la utiliza) como un muro frente al que se estrella la idea y la conciencia de la igualdad.

Por Beatriz Gimeno

Prostitución: cuestión de derechos y privilegios

Prostitución: cuestión de derechos y privilegios

Prostitución: Institución patriarcal que busca garantizar a todos los varones la posibilidad de acceso a tantos cuerpos de mujeres quieran. Para ello, el patriarcado debe garantizar, por medio de la desigualdad estructural, por medio de la ideología sexual patriarcal y de toda una estructura simbólica y cultural, que siempre habrá un contingente de mujeres dispuestas a ocupar ese espacio previamente señalado para las mujeres públicas.   

Me piden que escriba un artículo sobre lo que creo que hay detrás de la prostitución y pienso que me resulta muy difícil resumir en tres folios la esencia de una institución que tiene que ver con el neoliberalismo, el patriarcado, las relaciones norte-sur, las migraciones, el colonialismo, la sexualidad, las relaciones sociales/sexuales/ y simbólicas de género, el feminismo, la pobreza femenina, el consumismo, la construcción neoliberal (o no) de la libertad individual frente a la igualdad, la economía generizada, la construcción subjetiva, las identidades de género…y podría seguir. ¿Cómo resumir la manera en que la prostitución interactúa con todo eso y construye realidades? Es imposible. Por eso la literatura que hace referencia a cualquiera de los aspectos de la institución prostitucional es hoy inabarcable.

Voy a referirme aquí a un único aspecto, solo a uno, y aun así lo haré de manera breve e incompleta: voy a referirme a la prostitución como un privilegio masculino que construye identidad, y a la necesidad de politizar las emociones sexuales. El feminismo ha conseguido politizar lo sensible, dice Sara Ahmed, los afectos, los aspectos emocionales –cuestiones complicadas de introducir en el ámbito de la política– pero nos seguimos negando a politizar las emociones masculinas en torno al sexo, cuando sabemos de sobra que el funcionamiento de las economías sexuales regula en gran parte las relaciones patriarcales. Algunas teóricas (Almudena Hernando, por ejemplo) llegan a afirmar que no será posible destruir el patriarcado hasta que seamos capaces de cambiar las subjetividades, es decir, hasta que los hombres dejen de ser los hombres que conocemos (y las mujeres, pero ese es otro tema). Y al hilo de esta cuestión se preguntaba Lionel Delgado en un reciente artículo sobre los privilegios masculinos y distinguía entre los privilegios puros y lo que sería más bien falta de derechos de la otra parte, es decir, aquellos que deberían ser universalizables.

Cualquier activista sabe que militamos para universalizar derechos y para combatir privilegios. Respecto a estos también sabemos que las sociedades/culturas/sistemas que los instauran se esfuerzan en naturalizarlos porque cuanto menos parezcan privilegios y más parezcan el orden natural de las cosas más difícil resultará desmontarlos. El patriarcado es uno de los sistemas de dominación más perfectamente construidos porque el orden de género se ha mimetizado con los modos de subjetivación, y pocas cosas nos parecen tan naturales como esa: el yo que somos. Pues para construir ese yo masculino existe, entre otras instituciones y prácticas sociales, pero esta de manera muy destacada, la prostitución. La prostitución es un privilegio masculino. Uno de los más antiguos, uno de los que tienen mayor capacidad para construir tanto subjetividad como engranaje simbólico y es al mismo tiempo uno sobre el que está costando construir unanimidad para combatirlo. ¿En qué consiste ese privilegio y por qué lo es?

Toda persona de sexo masculino que nace en esta tierra sabe que por dinero –dentro de su capacidad económica– tiene acceso a una mujer (muchas en realidad) Esto… ¿es algo natural, es divino, es indiferente, tiene consecuencias políticas? Se trata de una posibilidad que tienen a su disposición todos los varones del mundo y una de las pocas que no tiene nada que ver con la clase social, la raza o el origen, es universal absolutamente y no es reversible. No importa si eres un minero sudafricano o un banquero de París: la diferencia será la calidad del producto por el que se paga. Al minero le costará un euro acceder al cuerpo de una mujer mucho más pobre que él y el banquero de París pagará mil por una rubia escultural. Lo que piensen o sientan esas dos mujeres (y toda la gama que pueda haber entre esos dos polos extremos) será, seguramente, diferente, pero en cambio ambos hombres vivencian ese privilegio de manera parecida: el acceso a las mujeres es un derecho masculino. Y eso tiene consecuencias de todo tipo en las economías políticas del género porque, para que su derecho se cumpla, tiene que haber mujeres ocupando ese lugar para llegar al cual existen caminos muy diferentes, aunque la pobreza sea el principal. Para que todos los hombres, sean ricos o pobres, feos o guapos, viejos o jóvenes, puedan acceder a ese derecho hay que mantener la sociedad segregada sexualmente.

Es complicado explicar a niños y niñas que somos iguales cuando lo cierto es que después de escuchar esto, ellos pueden irse los viernes a un puticlub y pagar por el acceso sexual a mujeres y ellas no. Esa desigualdad irreductible siempre está ahí. En el mejor de los casos aprenderán desigualdad y a cosificar; en el peor, como dice Segato, ahí está una escuela de misoginia y crueldad. Y si el sexo es un ámbito de disputa, de construcción del yo, de relación, de aprendizaje emocional y de representación del poder y el despoder, nos encontramos con que este ámbito, que en el feminismo es también batalla, las reglas están amañadas. Los niños crecen sabiendo que, por muy abajo que estén en la escala social, siempre estarán en la cúspide de la pirámide sexual; las niñas crecen sabiendo que su cuerpo lo pueden usar de muchas maneras para conseguir cosas, bien como posibilidad, bien como destino y ahí cada una se moverá como pueda, pero su placer nunca será un derecho. Saber que cuando quieras habrá una mujer para ti, para tu placer, supone situarse en el mundo en un lugar de privilegio irreductible respecto al deseo de las mujeres, supone saber que tus deseos son más importantes que los de ellas (o ellas también podrían cumplirlos en la misma medida), supone tener vía libre para pensar que ellas (o al menos una parte muy importante de ellas) están ahí para que tus deseos sexuales se cumplan. Y esto tiene enormes consecuencias en términos de autoestima, intersubjetividad y poder, entre otras cosas. No importa como seas, no importa que seas desagradable, huelas mal, estés enfermo, nada de lo que cuenta en el mundo de las relaciones personales, de la economía sexual, cuenta aquí. Literalmente hay putas para cada hombre del mundo. Y este es el contrato sexual del que hablaba Carole Pateman, la manera en que los hombres se reparten a las mujeres. Y se las siguen repartiendo, y esto es indiscutible. Somos aquellas que ellos se reparten.

Y volvemos a los privilegios y derechos de los que hablaba Lionel Delgado. ¿Sería deseable que hubiera un puto para cada una de nosotras? Para que eso fuera así, para que una maquiladora de Guatemala o una trabajadora doméstica de 70 años que sale de trabajar agotada deseara y tuviera la posibilidad de correrse con un tipo que le practicara sexo oral en una esquina, sería necesaria una organización social montada alrededor de la idea de que el placer (heterosexual) de las mujeres es un derecho universal y que, por tanto, es necesaria una casta de hombres que existan, quieran o no,  para satisfacer ese derecho, por lo que habría que arbitrar mecanismos formales e informales para que siempre hubiera suficientes hombres que no tuvieran ninguna otra opción vital que esa, es decir, hombres suficientemente desempoderados desde todos los puntos de vista, y que siempre hubiera los suficientes como para satisfacer a las más pobres de entre las mujeres, es decir, que cada mujer muy pobre tuviera a un hombre mucho más pobre que ella misma. En esta organización social no existiría el patriarcado que garantiza que las mujeres ocupen escalones inferiores que los hombres de su clase.

Sí, hay muchos otros debates relacionados con este, muchos. Una de las cuestiones más complejas es ver cómo combatir la institución de la prostitución, como erradicarla, poniendo en el foco las vidas de las mujeres que ocupan este espacio y no tienen otro. Pero invisibilizar los efectos de la institución sería lo mismo (y ya sabemos que no es lo mismo, al menos en dolor humano) que defender, por ejemplo, los derechos de los mineros del carbón sin tener en cuenta la contaminación que produce la extracción de ese mineral. La prostitución contamina la lucha por la igualdad. Y de la misma manera que no podemos orillar las vidas de las mujeres que se dedican a ella, tampoco podemos orillar lo que esta institución supone en la construcción de la masculinidad hegemónica, en el imaginario masculino y social, en el reforzamiento de los roles de género, en la construcción de las relaciones entre los sexos, en la construcción del poder masculino y su influencia también en la economía mundial. Este es, desde luego, un debate complejo y en el que tenemos profundas diferencias pero en todo caso, se piense lo que se piense el feminismo no puede dejar de combatir este privilegio que permanentemente (re)construye el patriarcado más duro y a esta institución que funciona (y así se la utiliza) como un muro frente al que se estrella la idea y la conciencia de la igualdad.

  • Escritora, activista y diputada de Unidos Podemos en la Asamblea de Madrid.
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