Migración, género y territorio

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Por Admin enero 10, 2020 18:37

Migración, género y territorio

Migración, género y territorio. Mujeres migrantes en una ciudad patagónica: de la invisibilidad a la presencia

De la mano del crecimiento económico experimentado, los flujos migratorios suelen incrementarse. Si bien en un primer momento las mujeres acompañan y se mueven como parte de la familia, su propio trabajo y la apropiación del territorio permiten que se conviertan en protagonistas de los procesos migratorios.

Migración, género y territorio. Mujeres migrantes en una ciudad patagónica: de la invisibilidad a la presencia

Migración, género y territorio. Mujeres migrantes en una ciudad patagónica: de la invisibilidad a la presencia

Por Myriam Susana González*

La feminización de las migraciones

Históricamente los movimientos migratorios incluyeron la participación de las mujeres, pero fueron subestimadas como objeto de estudio. Michel Perrot, en su libro Mi historia de las mujeres, afirma: “Las mujeres han migrado en todas las épocas y por toda clase de motivos de manera más onerosa, menos aventurera que los hombres, porque necesitan justificación, contención, incluso apoyo”. Por su parte, la antropóloga Dolores Juliano plantea que “la idea de la inmigración femenina como dependiente de la masculina se apoya en un estereotipo muy consolidado, según el cual el hombre es más móvil geográficamente. La mujer se caracterizaría por permanecer, mientras que el hombre tendría unos itinerarios autónomos más amplios. Sin embargo, esto es falso en su conceptualización misma, dado que la inmensa mayoría de nuestras sociedades fueron patrilocales, lo que significa que el modelo tradicional de mujer es el de la mujer que abandona su hogar de origen para ir a vivir al lugar de su marido. Así podemos hablar de mujeres estructuralmente viajeras en contraposición a la imagen estereotipada de mujeres accidentalmente viajeras. Sin embargo, esta movilidad espacial resulta absolutamente invisible”.

No obstante, en las últimas décadas las mujeres fueron adquiriendo mayor presencia en los estudios sobre migraciones. Uno de los trabajos pioneros ha sido el de Mirjana Morokvásic, publicado en la revista International Migration Review en 1984. Allí la autora introduce la perspectiva de género al considerar a las mujeres en los flujos migratorios no sólo como acompañantes sino también como autónomas.

Esta creciente visibilidad está asociada a los cambios producidos en los procesos migratorios. Desde hace un par de décadas las migraciones internacionales han adquirido nuevas características y dimensiones, se ha producido un incremento de los movimientos migratorios, se han diversificado las rutas y conexiones origen-destino y se han complejizado las modalidades. Cada vez son más los países que intervienen en los procesos migratorios, ya sea como emisores, receptores o como países de tránsito; además, países que fueron emisores hoy son receptores e inversamente algunos países receptores hoy son emisores. Pero ciertamente uno de los cambios más destacados es sin duda el de la “feminización”, que ha dado lugar a una creciente producción académica. La feminización no sólo se evidencia en un aumento cuantitativo del número de mujeres que migran, sino también en aspectos cualitativos como la modificación del modelo tradicional de mujer acompañante del varón a un nuevo modelo, el de la migrante autónoma. La inclusión de las mujeres y de la categoría género en los estudios sobre migraciones se vincula a la necesidad de explicar el aumento de la participación femenina en la migración internacional, además de analizar las particularidades de esta participación, el impacto en las áreas de origen y destino y las transformaciones que se producen.

Este proceso de feminización de las migraciones se relaciona con otros procesos como el de la feminización de los mercados de trabajo, e incluso, como plantea Saskia Sassen, con la denominada feminización de la supervivencia. La participación de las mujeres en los procesos migratorios tiene especificidades y significados profundos, asociados tanto a las transformaciones económicas mundiales y a la reestructuración de los mercados laborales como a la consolidación de redes sociales y familiares. Desde la perspectiva de la feminización, la “migrante ideal” es la mujer trabajadora que migra sin pareja motivada por cuestiones estrictamente laborales o económicas. Por otra parte, la movilidad de las mujeres hacia los países desarrollados está asociada al crecimiento de una “cadena mundial de cuidados” basada en la transferencia transnacional del trabajo reproductivo como respuesta a una crisis de los cuidados que afecta a los países centrales y que produce una demanda de mano de obra femenina que ha acelerado los movimientos. Estas tendencias en los flujos migratorios hacia los países desarrollados se refieren a realidades sumamente diferentes a las producidas en las migraciones hacia Latinoamérica y, especialmente, hacia la Argentina.

¿Por qué migran las mujeres? ¿Cuáles son sus proyectos migratorios?

La experiencia migratoria de las mujeres se distingue de la de los varones, lo que se verifica en las diferentes etapas del proceso migratorio: desde los factores que influyen en la decisión de migrar, las condiciones de traslado, la inserción laboral. La migración femenina no es homogénea, migran a destinos diversos, por motivos diversos, migran solas o con el grupo familiar, se trasladan para buscar alternativas económicas y/o libertad personal.

Una parte del incremento del flujo de mujeres se relaciona con el reagrupamiento familiar. Esta interpretación obedece al “factor llamada” de una migración eminentemente masculina y es la interpretación más tradicional.

También las mujeres constituyen en algunas ocasiones la avanzada del fenómeno migratorio, siendo las primeras en llegar al país de destino. Esta segunda explicación se encuentra definida en la denominada “nueva economía de las migraciones”, donde se interpreta el fenómeno migratorio en función de la familia, del grupo de referencia y no del sujeto en particular. A diferencia del individuo, la familia puede adoptar diferentes estrategias para afrontar varios problemas, animando a alguno de sus miembros a tomar la decisión de migrar, en este supuesto a una mujer, porque se presume que encontrará trabajo con más facilidad. Este modelo contempla una cierta cuota de autonomía para la mujer que lo adopta, respecto del caso de reagrupamiento familiar, aunque continúa operando dentro de un marco familiar.

Finalmente, un tercer conjunto de explicaciones se fundan en el creciente número de mujeres totalmente autónomas que asumen la decisión de migrar. Esta dimensión de vivir la experiencia de la migración en primera persona es diferente a aceptar la migración como producto del proyecto del cónyuge o los progenitores. Sin embargo, ninguna de las tres explicaciones anteriores es excluyente, la migración es un proceso sumamente complejo.

La información estadística disponible muestra que las mujeres constituyen casi la mitad de los migrantes en el mundo, representan la mayoría de la migración interna en los países latinoamericanos y predominan en muchos de los flujos interregionales en América latina. En nuestro país, según datos del Censo 2010, las mujeres representan el 54% del total de la población nacida en el extranjero, valores que se elevan para el caso de migrantes de algunos países latinoamericanos como Paraguay con un 55,7% de mujeres, o el caso de las migrantes peruanas, quienes constituyen el 55% del total de los migrantes provenientes de ese país. Precisamente fueron las mujeres peruanas quienes durante la década de los noventa personificaron el proceso de feminización de las migraciones en nuestro país.

En cuanto a la migración boliviana, los datos muestran un aumento de la presencia de mujeres en la composición total de la migración si consideramos los dos últimos censos. Para el año 2001 se registra una leve mayoría de varones, quienes representan el 50,3%, y según datos del último censo son las mujeres quienes se encuentran por encima de los valores correspondientes a los varones, con un 50,4%. Por otra parte, como lo muestran especialistas en la inmigración boliviana hacia la Argentina, las mujeres bolivianas llegan a nuestro país en la mayoría de los casos como acompañantes del varón, quien suele ser el que inicia el movimiento, o bien a través de relaciones familiares previas. Los casos de mujeres viajando sin pareja, que tienen una fuerte presencia en la migración de bolivianas hacia España, son la excepción en los movimientos de ese colectivo hacia nuestro país.

El papel del territorio en los procesos migratorios

La migración constituye un proceso eminentemente espacial ya que supone espacios de salida, espacios de llegada y un proceso de traslado donde las estrategias son territoriales. También interesan los impactos de la migración que son sociales pero también territoriales y colectivos. Es por ello que resulta necesario pensar las migraciones en términos dinámicos: circulación, movilidad, trayectorias, en donde el territorio cobra un papel fundamental.

Por otra parte, la actual movilidad de la población establece nuevas formas de territorialidad e identidad. La territorialidad, entendida como el modo en que las personas utilizan el territorio, cómo se organizan y cómo dan significado al lugar, en síntesis, la territorialidad está ligada a la identificación y apropiación del territorio. La migración modifica la identidad y la apropiación territorial. Se crean nuevas territorialidades, es decir, la apropiación de nuevos espacios que son cada vez más territorializados: barrios étnicos, espacios comerciales, espacios transfronterizos, entre otros.

El caso de estudio: migrantes bolivianas en una ciudad patagónica

Los relatos de mujeres bolivianas que viven en Comodoro Rivadavia forman parte del material empírico analizado y a partir del cual presentamos aquí algunas reflexiones sobre las trayectorias y experiencias de mujeres migrantes. Esta ciudad patagónica, localizada en el sureste de la provincia de Chubut, se ha conformado esencialmente por el aporte migratorio en poco más de un siglo desde su fundación. Durante los años noventa, en el contexto de la reestructuración territorial y crisis económica, los flujos migratorios disminuyeron, tanto en lo que respecta a migrantes internos como internacionales. Desde fines de 2002 la ciudad inició una etapa de reactivación económica debido a la explotación petrolera y, en menor medida, a la pesca, proceso que se proyecta en el mediano y largo plazo. La mencionada reactivación produjo efectos de expansión en el comercio y en la construcción, como demandas en otros sectores de la economía, lo que ha derivado en una disminución de la desocupación, siendo una de las más bajas del país. En este marco es importante la llegada de migrantes internos e internacionales, principalmente bolivianos.

Como se mencionó, la ciudad ha crecido a partir de los aportes migratorios, aportes que a lo largo de la historia han ido variando tanto en número como en diversidad de orígenes. Si bien es cierto que en las primeras décadas la población migrante fue mayoritariamente masculina, las mujeres no estuvieron ausentes en este proceso. Sin embargo, en los estudios sobre migraciones no se hace referencia a las mujeres. Textos pioneros en la temática como los de Marcos Budiño y de Lelio Mármora publicados en la década de los setenta plantean la migración a la ciudad en términos masculinos, sin considerar la posibilidad de la migración de mujeres solas, a pesar de la existencia de casos que reproducen ese tipo de movilidad. Recién en las últimas décadas algunos trabajos van a considerar el papel de la mujer migrante aunque no todos desde una perspectiva de género.

Por otra parte, la ciudad no ha sido un centro de atracción tradicional para la migración boliviana, la que se instala a partir de la década de los noventa y en especial a partir de 2002. Se trata de una migración reciente y que en muchos casos proviene directamente de Bolivia, lo que indica la potencialidad de las redes migratorias. Este modelo de migración, que muestra diferencias frente a otros modelos migratorios que caracterizaron a la ciudad, mantiene algunas características similares a las que presenta en otros destinos del país pero con singularidades propias en esta ciudad patagónica. Asimismo, se produce en un momento de fuerte crecimiento económico que promueve una demanda de mano de obra masculina en el sector de la construcción en la que se insertan mayoritariamente los migrantes bolivianos, pero también hay una fuerte demanda de mano de obra femenina en sectores que habitualmente ocupan las mujeres migrantes como el empleo doméstico y otros, no tradicionales, como es el caso de la pesca en el que se emplean las mujeres bolivianas.

¿Qué características presentan las mujeres bolivianas que viven en Comodoro? ¿Cómo son sus proyectos migratorios?

Los relatos de las mujeres bolivianas entrevistadas muestran proyectos migratorios que no se ajustan al modelo de migrantes autónomas, hay una permanencia del modelo tradicional, ya que se trata de una migración familiar en la que mayoritariamente el varón es pionero. La mayoría de las mujeres migran con su pareja y para quienes migran solas es fundamental el papel de las redes. De allí que podemos afirmar que la familia sigue siendo el referente pues las decisiones relacionadas con los proyectos migratorios son más familiares que individuales.

En numerosos estudios sobre mujeres migrantes se plantea la migración como una línea divisoria en la historia de vida (un antes y un después); en las entrevistas realizadas se evidencia que la migración es parte de sus historias de vida, la movilidad espacial no es excepcional en el caso de la población boliviana, existe una “cultura de la movilidad”. El mayor ejemplo de lo planteado lo constituye el departamento de Cochabamba, donde la migración ha sido una constante, y es justamente de donde provienen gran parte de quienes se asientan en Comodoro Rivadavia. La movilidad en la mayoría de las mujeres entrevistadas se constituye en una práctica basada en un “saber circular” que produce territorialidades caracterizadas por su complejidad. A través de sus historias de vida pueden reconstruirse los recorridos realizados y la forma en que se van articulando lugares, redes y flujos materiales e inmateriales.

También el proceso migratorio produce situaciones paradójicas para las migrantes. Mientras algunos autores sostienen que las migraciones abren nuevos espacios para las mujeres, otros estudios evidencian que pueden significar pérdidas y cargas adicionales, aumento de las demandas económicas por parte de sus familias en el lugar de origen, así como también nuevos vínculos de dependencia y abuso en las relaciones laborales en el país de destino, es decir, se refuerzan las desigualdades de género.

Las cuestiones planteadas pueden visualizarse a través de la inserción laboral de las mujeres bolivianas. Existe una segmentación del mercado laboral en términos de género y etnia, ser mujer y migrante, ser mujer y boliviana. Es por ello que una de las primeras opciones la constituye el trabajo en las plantas pesqueras, una actividad sumamente dura. El empleo doméstico es otra alternativa de inserción laboral. En ambos casos se trata de empleos de baja cualificación, en general en situaciones de precariedad e informalidad. Otras mujeres han iniciado proyectos a través de la vía emprendedora incorporándose en sectores del comercio minorista, fenómeno global que se evidencia también en otras ciudades de fuerte atracción migratoria. Se trata de mujeres que llegaron a la ciudad sin capital incorporándose al mercado de trabajo a través de empleos precarios y en sus trayectorias de movilidad laboral han desarrollado estrategias de autoempleo. Estos espacios comerciales posibilitan la apropiación y resignificación del territorio, constituyen un factor primordial para la incorporación de los migrantes a la sociedad, tanto desde una perspectiva económica como espacial, ya que son a la vez elementos culturales que se incorporan al espacio público.

En cuanto a la percepción de una mayor autonomía, en los relatos no aparece en el inicio de la migración. Sin embargo, algunas entrevistadas hacen referencia a ciertos cambios asociados a una redistribución-renegociación en el interior del grupo familiar, como la participación en las decisiones sobre el uso de los ingresos y el intercambio de los roles vinculados a las tareas domésticas, entre otros. Igualmente en las estrategias adoptadas para conciliar trabajo productivo y reproductivo involucran a otras mujeres también migrantes, en algunos casos familiares (sobrinas, primas).

Otro punto a destacar es el papel de las mujeres en la articulación entre el lugar de origen y el de destino, tanto en la reproducción de la cotidianeidad (comidas, costumbres) como en las acciones que se traducen en una creciente visibilidad en el espacio público a través de estrategias de identificación étnica como son las fiestas, ferias y organizaciones civiles. Como plantea Michel Perrot, son las mujeres migrantes quienes mantienen las tradiciones, la lengua materna, la cocina y los hábitos religiosos.

Los avances de los estudios de género en los últimos años han permitido visibilizar a las mujeres migrantes. Las mujeres se mueven, acompañan, trabajan, utilizan las redes y también las crean, construyen entramados socioterritoriales y son actoras de nuevas formas de territorialidad. Finalmente, aunque permanezcan aún ciertas formas de vulnerabilidad, estas mujeres migrantes, de ser actores pasivos e invisibilizados, se convierten en protagonistas esenciales en los procesos migratorios.

 

Magíster en Impactos Territoriales de la Globalización – Licenciada en Geografía. Dpto. de Geografía, Universidad Nacional de la Patagonia SJB

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