Mi vida. Una historia colmada de Violencia

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Por Admin noviembre 3, 2015 11:22

Llegó a mí para “gritar su historia porque no quería callar más”, dijo.
Poco a poco fue relatando su vida, y a la par se fue dando cuenta que gritar, con nombre y apellido,  todavía podría traerle problemas.
Un hombre poderoso, una sociedad patriarcal y la justicia que se inclina siempre hacia el poder y el machismo.
La in-justicia para las mujeres.
Karina, otra Karina que se emparenta, hermana y abraza con nuestras otras Karinas.
Karina, Karina Vázquez, Karina Abregú…  vulneradas, avasalladas, violentadas una y otra vez.
Karina lo cuenta, así…descarnada y dolorosamente.
Por Lenny Cáceres
Mi vida

Mi vida. Una historia colmada de Violencia

Mi vida. Una historia colmada de Violencia


Mi historia es una más, lamentablemente una más, de las tantas historias de mujeres que padecen o padecieron violencia por parte de sus parejas.
La mía comenzó hace 30 años atrás, lo conocí en el trabajo, compartíamos la ardua tarea de trabajar en el área de la salud mental. Ambos éramos profesionales en una clínica, él psiquiatra, yo terapista ocupacional.
A los 9 meses de noviazgo nos casamos, y al año y medio esperaba a mi primera hija, de allí en más abandoné lo laboral para dedicarme a la tarea de ama de casa y madre, ya que en tres años y medio tuve 3 hijos. No estaba de acuerdo con dejar mi profesión pero insistió que era lo mejor para la crianza, por lo cual accedí.
Desde el inicio del matrimonio se produjo un cambio en el trato, de novios era un “caballero” o al menos eso pensé, estaba atento a mis horarios, mi ropa, mis salidas y amistades. Lo tomé como algo natural, “cuanto le importaba”. Ya de casados las palabras empezaron a ser hirientes, había comentarios desvalorizantes y a medida que aumentaban los hijos, aumentaba el maltrato verbal, ya había insultos.
Cuando mi tercer hijo tenía 2 años, o sea a los 7 años de matrimonio vino el primer golpe. Previo a este hubo empujones, revoleo de objetos, corridas con el puño en alto y amenazas. Todo después pasaba, eran estallidos que se diluían rápidamente. Para ese entonces vivíamos en un edificio y los vecinos empezaban a escuchar.
Dos años después nos mudamos a una casa, sin vecinos a los lados y fue allí donde se desplegó la mayor violencia física, terminando en una paliza que me lesiona el esternón. Esto me lleva a realizar una denuncia judicial por violencia, era el año 1998, hacía poco que se había sancionado la ley de violencia de género y el juzgado sancionó mediadas cautelares, o sea perimetral y exclusión, en ese momento no se hablaba de la necesidad del “contacto cero”, la misma jueza llamó a audiencia conjunta para ver si podíamos “arreglar el problema”. Obviamente al estar en diferencia de poderes y verlo llorar y pedir perdón, permití que regresara al hogar. El peor de los errores, poco después me di cuenta que el violento no cambia, porque la violencia regresó nuevamente a mi vida.
Cada vez me sentí peor anímicamente, ya no reaccionaba a sus embates verbales, obedecía todas las órdenes que daba, temía su llegada y no haberlas cumplido. Me transformé lentamente en su sombra. Ya no me quedaban ganas de salir, de arreglarme, sabía desde hacía mucho tiempo que si lo hacía generaría enojos.
Evitaba hablar, contradecirlo, opinar, ocultaba todo aquello que consideraba que podía generar peleas.
Mis hijos se fueron adaptando al sistema, tampoco hablaban, tampoco hacían ruido al jugar, sabían que cuando llegaba el papá tenían que estar quietos, no molestarlo, porque también había violencia hacia ellos.
Y pasó el tiempo, viviendo sin vivir y cuando empecé a desear retomar mi actividad laboral llegó a los 42 años mi cuarto hijo, al cual ignoró siempre, jamás intentó vincularse, pero el objetivo fue cumplido, yo seguía quedando en casa, que ya para ese entonces la sentía como una prisión.
Y fue cuando el nene inicia sus estudios escolares que me encuentro con mamas que me cuentan que hay otra vida, una vida de libertad, de tolerancia, de respeto, observo otras parejas, otros padres y lo que ya me daba cuenta que se estaba volviendo intolerable fue cada vez más.
A los 9 años del nene, con la mayor de 24 y los otros de 23 y 21, y después de una enfermedad la cual me hizo ver lo poco que le importaba, decido buscar empleo. A 25 años de no ejercer lo consigo, tengo 52 años, iba 1 vez a la semana, me sentí feliz, pero allí empezó otro calvario.
No quería que trabajara, desde traer a casa a pasar 10 días a su mamá con demencia hasta  amenazas de muerte.
Los últimos 3 meses de vida en común dormí en otro cuarto al cual le echaba llave por la noche por miedo a que me atacara durmiendo. Me di cuenta que ya había llegado el final, que no podía soportar más. El miedo me invadía desde que llegaba él a casa, mi asma, mis problemas digestivos y mis ataques de angustia aumentaron para ese tiempo. Me sentía acorralada hasta que pedí ayuda, empecé a escondida terapia, si bien es psiquiatra y yo le había propuesto infinidad de veces hacer terapia de pareja nunca había accedido, tampoco quería que yo realizase una.
A los 2 meses de haber empezado a trabajar, el clima en casa era cada vez peor. No pude más, al fin me decidí y a través del patrocinio gratuito del Consejo de la Mujer solicité medidas de protección. Fueron otorgadas con nivel máximo hacia mis hijos y hacia mí.
Me sentía extraña, por un lado sentía mucha tranquilidad ya que podía dormir tranquila, la familia estaba mejor, había risas en la casa, cada uno libremente podía opinar, no había más agresiones ni gritos. Y por otro me sentía una traidora que había hablado lo que había callado tanto tiempo.
Los primeros meses me fueron difíciles no solo a nivel económico sino a nivel emocional, sentía mucha ambivalencia; estaba tranquila pero con mucha culpa. Mi terapeuta me decía que lentamente todo se iba a ir aclarando, debido a tantos años de vivir en un sistema de violencia una se acostumbra tanto que le parece extraño manejarse en forma diferente.
Hoy hace 3 años desde ese día que se ejecutó la exclusión, empecé un juicio de divorcio contravensional por injurias graves pero se modifico por el cambio de ley en Agosto de este año.
La violencia continúa en forma solapada, a través de los escritos judiciales o en forma de cuota alimentaria. En este período me fui enterando de relaciones extra matrimoniales de él, de manejo de dinero oculto y otras cuestiones.
Pero nada, nada, puede igualar el poder vivir en paz, crecí mucho como mujer, me di cuenta el potencial que tenía. Continuo terapia en la actualidad, eso me permitió ir fortaleciéndome cada día más y poder ver porque el mantenerme tantos años en este tipo de relación.
Recuperé mi familia de origen, la cual había perdido hace tiempo atrás debido a su mala relación con ellos y con objetivo de aumentar mi aislamiento.
Pero fundamentalmente recuperé mi autoestima y el tener bien en claro que nunca más permitiré a nadie que me maltrate, porque tengo grabado en mi mente que no hay nada más importante que el respeto a una misma.
 
 
 

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