Estela de vida

Admin
Por Admin marzo 21, 2016 12:10

Tapa Aparecida

Marta Dillon narra la experiencia de vivir buscando a su madre, encontrar sus restos y poder darle  feliz sepultura, haciendo aparecer a lo largo del relato la estela de vida de Marta Taboada. 
El retorno a la democracia no significó el fin del reclamo por memoria, verdad y justicia sino todo lo contrario: se exacerbó el deseo de encontrar, de saber, de homenajear a las víctimas y de castigar a los culpables. Tampoco se extinguió en los años sucesivos. A 40 años del golpe y 32 de finalizada la dictadura más cruenta de nuestro país, todavía hay militares y otros responsables que no fueron juzgados por los crímenes cometidos. Y todavía hay abuelas, abuelos, madres, padres, hijas, hijos que buscan a sus nietas/os, hijas/os, madres y padres. Algunas de esas búsquedas llegan a su fin. En Aparecida (Sudamericana 2015) Marta Dillon narra la experiencia de vivir buscando a su madre (o mejor, su cuerpo), encontrar sus restos y poder darle -al fin- feliz sepultura.
“¿La encontraron? ¿Qué habían encontrado de ella? ¿Para qué quería yo sus huesos? Porque yo los quería. Quería su cuerpo. De huesos empecé a hablar más tarde, frente a la evidencia de unos cuantos palos secos y amarillos iguales a los de cualquiera”, escribe Dillon y condensa en unas pocas líneas el contraste entre la imaginación y la realidad, haciendo volar por los aires todas las metáforas y cualquier retórica sobre la muerte y los desaparecidos.
Desde su adultez, Dillon evoca a la madre desde la mirada profundamente amorosa de la hija pequeña. Como el personaje de Una muchacha muy bella (Eterna Cadencia, 2013), cada descripción es una declaración de amor. Porque el libro cuenta las vivencias de la autora y su familia en la búsqueda de ese cuerpo que les fue arrebatado, pero lo principal es el retrato de la madre que se construye a partir de los recuerdos de la infancia. Y del ejercicio de la propia maternidad de la autora: “Me despierto abrazada a mi hijo, enredados los dos, piernas, brazos, su respiración constante sobre mi pecho, mi nariz sobre su pelo. Así dormía con mi hija mientras fue una niña; así crecimos las dos, entrelazadas. Mi maternidad es cuerpo a cuerpo. (…) El lenguaje del amor no se habla, se inscribe. Esa poesía material es la que aprendí de mi madre”.
La preparación de la urna de su madre y el festivo (además de multitudinario) entierro de Marta Taboada recuerda a Cómo enterrar a un padre desaparecido (Marea, 2012) donde Mariana Corral organiza el entierro de su padre a pesar de no haber encontrado sus restos y decide hacerlo coincidir con la fiesta del día de Todos los Santos que la comunidad boliviana lleva a cabo en el cementerio de Flores cada 2 de noviembre. Dillon evoca la jornada en la que en pleno aquelarre junto a su pareja y sus “hermanas de H.I.J.O.S” transformaron la urna de su madre en un alhajero lleno de recuerdos y ofrendas. Antes del final, Dillon tomó un pincel para dejar impreso en un costado “la estela de su vida, un recorrido que siguió sin ella, a pesar de ella: ´’mamá, abuela, bisabuela, hermana, amiga, amante, compañera’”.
Esa estela de vida es la que sigue y rescata Dillon en el recorrido de su libro que queda perfectamente graficado en la cubierta del libro, en cuya portada observamos en una playa de cielo celeste la espalda de Marta Taboada que en la contraportada sonríe mirando a cámara (o a quien sostiene el libro).
Aparecida
Marta Dillon
208 páginas
Sudamericana
2015
 

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