El precio del consentimiento

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Por Admin junio 15, 2020 19:26

El precio del consentimiento

MISMA NARRATIVA PARA DIVERSA PROBLEMÁTICA ¿DE QUÉ COLOR SON LOS ANTEOJOS VIOLETA?

Por Moira Goldenhörn*
para Diario Digital Femenino

El precio del consentimiento

El precio del consentimiento

Estos días el feminismo está conmocionado, dividido, enojado, irritado de tan “picante” que quieren poner un debate súper amargo. Porque a muchas feministas nos cuesta un vagón tragarnos algo tan amargo y triste como es la explotación sexual y reproductiva sobre nuestros cuerpos femeninos y feminizados, máxime cuando somos acusadas de puritanas, dictadoras, poco sororas y no cuidadosas ni respetuosas de la voluntad de las congéneres.

Así, esta semana tuvimos varios sucesos que nos están haciendo replantear nuestras formas de ver el mundo, advirtiendo que podemos estar teniendo el patriarcado, el liberalismo político y capitalismo neoliberal más internalizados de lo que estamos dispuestxs a reconocer.

Primero, un fiscal que nos habla de “desahogo sexual doloso” para referirse a una violación grupal cometida contra una menor de edad narcotizada (1); delito para el que previó adecuado un juicio abreviado y una reparación económica para la víctima, sin tratamiento para varones violentos ni trabajos comunitarios. Sólo prisión mínima y suspenso y una suma dineraria la que, además, solicitó no fuera mencionada en la sentencia(2)-.

Luego, los bebés ucranianos varados por la pandemia, que se reclaman como “propiedad” de familias argentinas (3). Finalmente, el intento de algunas personas por incluir la categoría “trabajo sexual” en los rubros de la llamada “Economía Social” y su vuelta atrás merced a la presión de mujeres y travestis abolicionistas (4).

Múltiples lecturas se han hecho de estos hechos, las noticias no paran de buscar impacto mientras la violencia retórica crece para desacreditar argumentos mediante las añejas falacias que descalifican personas o, fundadas en criterios de autoridad, invocan conocimiento de misteriosos hechos reveladores que no son acequibles al vulgo. Sin embargo, es posible aún, algunas veces, el diálogo respetuoso entre algunas mujeres y feminidades que buscamos salir del atolladero en que nos aprisiona un sistema patriarcal, clasista y racista de neto corte liberal.

En lo personal, estos días de análisis me han servido para redescubrir lecturas y volver a hablar con sobrevivientes de trata y prostitución, y para afilar argumentos en favor del abolicionismo, al encontrar una misma línea argumental en las mujeres que defienden lo que denominan “el trabajo sexual” y la propuesta de solución penal del mencionado fiscal, que es, no casualmente, compartida por muchísimos hombres blancos, propietarios y heterosexuales.

Esa línea se apoya en dos pilares fundamentales: uno referido al ordenamiento jurídico obsoleto, otro a los estereotipos de género “más antiguos del mundo”: el hombre paga, la mujer obedece.

EL SISTEMA JURÍDICO LIBERAL Y EL PODER JUDICIAL QUE LO APLICA. DOGMAS AÑEJOS.

Uno de esos pilares, decía, es el que acepta dogmáticamente los postulados procesales y de fondo que sustentan nuestro ordenamiento jurídico de corte liberal y que además es patriarcal, clasista y racista al punto de no discutirse la pertinencia del uso de doctrina con casi un siglo de antigüedad y que se refiere a un bien jurídico tutelado diferente al que se protege hoy: “delitos contra el honor”, en lugar del actual “delitos contra la integridad sexual”. En este caso, se basa una acusación (que acusaría bastante poco, por lo que trascendió) en doctrina que resguarda, como bien jurídico, el honor de los varones y de “la mujer honesta”; y se utilizan recursos procesales permitidos para delitos de escasa pena, calificando una violación grupal de aparentemente seis varones sobre una víctima menor de edad, que estaría narcotizada y en absoluto estado de indefensión, como un “abuso sexual simple”, el que respondió a un móvil de “desahogo sexual” (pero “doloso”, aclaremos); a la par que se considera imprescindible la participación activa de la víctima para continuar el proceso, aún cuando esto le causa un grave perjuicio psicológico.

Insisto aquí una vez más en lo que he manifestado públicamente: poner nombres propios a este caso es irrelevante porque es uno entre cientos en los que el sólo testimonio de víctima y testigos no basta para un juicio oral por delitos que implican violencias basadas en el género, que se utiliza doctrina obsoleta y machista, que propone “el mal menor” de un juicio abreviado para evitar un “mal mayor” y que no prevé tratamiento para los agresores, pero sí dinero para la víctima de abuso sexual. Lo que está mal es el sistema, digámoslo claro; los actores son anecdóticos.

Y esto es tan así que se encuentra como única y mejor solución posible “para preservar la libre voluntad de la víctima” un juicio abreviado con una pena mínima de prisión en suspenso, y una “reparación económica”; contrariando los principios establecidos en la legislación protectoria de las mujeres respecto de la mediación sobre materia de violencia cuando son víctimas, y aún los principios ya clásicos referidos a la lesión civil, sin prever además ninguna medida tendiente a la reparación en su dimensión social en cuanto prevención.

Y esa decisión es defendida por algún sector del feminismo liberal “porque respeta la voluntad de la víctima” de terminar cuanto antes el proceso y recibir la suma “reparatoria” prometida; y por organismos del sistema que, sabemos, se sostiene a sí mismos en su retórica circular. Vuelvo a decir que lo que está mal es el sistema que permite técnicamente que consideremos el pago de una suma de dinero como reparación, sanción y dispositivo de resocialización suficiente para los autores de una violación. Y que no comparto los postulados del feminismo liberal por desconocer las relaciones estructurales de desigualdad que en crítica interseccional vemos claramente.

VIOLENCIA SIMBÓLICA. ESTEREOTIPOS SOBRE DERECHOS Y NECESIDADES.

El otro pilar es el referido a la violencia simbólica que entraña la vieja premisa de poder disponer cualquier hombre de nuestro cuerpo femenino/feminizado a cambio de dinero para satisfacer sus necesidades: desahogos sexuales, perpetuación de sus genes (y patrimonio) en la persona de sus hijes, y también cuidados personales.

Este aspecto está presente no sólo en la prostitución y el alquiler de vientres donde según sea el monto de “la tarifa”, se venden tales o cuales “servicios” sexuales y reproductivos; sino también en la institución matrimonial o convivencial heterosexual monogámica que vemos habitada no tanto por amor como por la necesidad que manifiestan millones de mujeres que no pueden acceder de otra forma a sustento y techo para ellas y sus hijes, o por acuerdo de intercambio de tareas de cuidados familiares por un buen pasar económico renunciando a carrera laboral propia.

Porque en ese intercambio fundado en la necesidad, la historia nos demuestra que va implícito el derecho sexual y reproductivo de disposición sobre nuestros cuerpos, y aún sobre el de nuestras hijas. Pensemos en la cruda realidad de los abortos por violaciones dentro del matrimonio que además son consecuencia de la prohibición del uso de anticonceptivos femeninos y la negativa a usar preservativo o realizarse una vasectomía… y los abusos a las hijastras, hijas y nietas convivientes o bajo cuidado temporario. Pensemos en los femicidios a manos de parejas y exparejas cuando las mujeres quieren abandonarlos ¿acaso no se creen esos violentos con derecho a conservarlas para sí o destruirlas? ¿acaso no se creen con derecho a disponer de la sexualidad porque “pagan por ello” o “las mantienen” o “las cuidan”? ¿no se creen con el derecho, aún en contra del deseo de ellas y su integridad sexual?

Es la misma violencia simbólica basada en los estereotipos de género que nos habilita a  pensar en la opción económica de vender nuestra sexualidad y capacidad reproductiva para someterlas a los deseos del varón que paga por ellas, porque son denominados por el sentido común patriarcal como “necesidades”. El sentido común patriarcal confunde “deseo” con “necesidad” y muchas veces lo reviste con apariencia de “derecho” o “derecho humano”. Porque los hombres creen tener derecho a comprarnos. Baste pensar que “puta” es la mujer que vende el sexo, pero ¿hay palabra tan antigua para denominar al hombre que lo compra? No, porque puede ser cualquier hombre, es parte de su hombría socialmente construida.

Finalmente decimos que es bajo esa normalización de la enajenación de nuestro deseo sexual, pero también de nuestro deseo vital, que quedamos atrapadas las mujeres en la trampa de la ilusión de la autonomía y la libre elección, pasando por alto todos los condicionamientos sociales, culturales, económicos, de raza, territorio, sexo y de género que afectan esas decisiones, ese “consentimiento”, esa aceptación de acuerdos, esa aceptación de tarifas, etc.

DESAFÍOS JURÍDICOS FEMINISTAS, TRASCENDER EL LIBERALISMO MEDIANTE UN ENFOQUE CRÍTICO INTERSECCIONAL.

Estos dos pilares que señalábamos, decimos que sostienen la estructura del ordenamiento jurídico de ideología liberal y basado en el patrimonio, en los derechos del pater, siempre hombre, que son mensurables en dinero. Pese al maravilloso paquete de tratados, declaraciones, dictámenes e informes de los Derechos Humanos de las personas, nuestro ordenamiento jurídico sigue siendo patriarcal y patrimonial, además de clasista y racista. Y es en ese espíritu que florece el liberalismo por sobre la crítica interseccional en el análisis social y jurídico de lo que ocurre en la práctica tribunalicia.

Pues bien, es dentro de esta línea argumentativa que podemos decir que esa supuesta “reparación económica” por la violación grupal como única acción a ser realizada por parte de los imputados que reconocieron su autoría, equivale a la tarifa por el “servicio sexual” de la violación grupal. Y ello así porque, por un lado el fiscal de la causa la habría consensuado como suficiente junto a la víctima y la defensa, y por otro, el sexo de un grupo de varones “hijos del poder” con una sola mujer o feminidad trans/travesti es una práctica sexual bastante habitual en los “festejos de hombres”(4). Tanto es así que ha sido receptada de ese modo, como normal y habitual, en las decisiones judiciales: recordemos que en España se juzgó como normal y hasta disfrutable por la víctima la violación grupal de “la manada”.

Así las cosas, cabe preguntarnos qué estamos dispuestas a hacer con esta realidad desde una óptica feminista. ¿Seguiremos proponiendo aceptar las reglas de este juego patriarcal liberal del ordenamiento jurídico que nos incluye sólo para garantizar sus privilegios? ¿nos atreveremos a cuestionarlo? ¿utilizaremos alguna vez al Derecho como herramienta de transformación social? ¿podremos proponer un orden jurídico y sistema judicial diferente, humanista, centrado en las personas para superar los privilegios del poder? ¿O sólo seguiremos obedeciendo dogmas doctrinarios? ¿Se aceptarán nuevas voces feministas o perecerá todo intento de alzar la voz bajo la fama de los medios y autoridades personales del mainstream?

Por aquí, osamos atrevernos. Veremos si nos dejan.

*Moira es Abogada feminista.
PG en Cultura y Comunicación
Maestranda en Cs.Sociales y Humanidades.

 

(1) https://www.telam.com.ar/notas/202006/472635-abuso-sexual-violacion-manada-chubut.html

(2)https://www.diariojornada.com.ar/275440/sociedad/Juez_Nieto_Di_Biase_No_puedo_homologar_un_acuerdo_que_se_que_es_invalido?

(3) https://www.lanacion.com.ar/sociedad/el-emotivo-encuentro-padres-argentinos-sus-bebes-nid2377201

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