El “acto político” de ser madre

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Por Admin noviembre 18, 2012 15:35

El “acto político” de ser madre

¿Ser mujer y no ser madre es un estigma? Sabrina Yañez, becaria doctoral del Conicet y militante feminista, reflexiona sobre  la maternidad y sobre el papel social que ella otorga a las mujeres.
Las visiones sobre la maternidad son tan numerosas y aceptables como la cantidad de mujeres que la practican.  ¿Qué significaría rescatar la maternidad como acto político? ¿Deconstruir el discurso de la maternidad  como gesto santificador les devuelve a las mujeres el dominio de un terreno que ha sido controlado por el patriarcado? ¿Qué rol manifiestan las políticas del cuerpo femenino promulgadas y promovidas por el Estado? ¿La maternidad es elección personal? ¿Y la no-maternidad?
La maternidad es un tema tan delicado porque se presta al servicio de múltiples apelaciones emocionales que corren de la lupa la parte política, cultural, histórica de las sociedades en general y de las mujeres en particular.
La antropología de género señala que no existe un “único modelo de madre” como tampoco hay un “único modelo de mujer”. Ambos conceptos son plurales y diversos.
A pesar de parecer una instancia individual, la maternidad también está surcada por intereses políticos, económicos, culturales.  Estos se traducen en  patrones introyectados de conducta que conviven con absoluta naturalización; por ende, con absoluta invisibilización. Ejemplo de ello es señalar el trabajo de reproducción social asignado a la mujeres como madres.  A merced del capitalismo, se genera y transcribe la fuerza de trabajo de manera gratuita. Edición Cuyo entrevistó a Sabrina Yañez, becaria doctoral de CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas),  doctoranda en Antropología en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (Universidad de Buenos Aires), e integrante de Colectiva Ultravioletas. Yañez lleva adelante un trabajo de investigación llamado Convertirse en madre en Mendoza. Experiencias de mujeres de sectores populares y procesos de institucionalización de la maternidad.
La investigadora pertenece al grupo “Experiencias políticas, género y memoria” de la  Dra. Alejandra Ciriza en el Incihusa.  Su directora es la Dra. Valeria  Fernández Hasan y también ha trabajado el tema maternidad/no maternidad  con  la Dra. Claudia Anzorena.
¿Cómo sería entender  la maternidad como acto político?
Se podría decir que muchas de las demandas de los movimientos de mujeres, especialmente aquí en América Latina, al menos durante sus inicios, han tenido que ver con la maternidad y con el papel social que ella otorga a las mujeres. El libro de Marcela Nari (que explica cómo se produjo la maternalización de las mujeres en nuestro país desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX) ofrece ejemplos de cómo muchas veces algunos sectores del feminismo argentino usaron la maternidad como plataforma para exigir derechos: si socialmente se consideraba un papel tan importante, tenía que venir acompañado de derechos (civiles, sociales, políticos, económicos) para poder ser ejercido con los recursos (materiales y simbólicos) necesarios. Sin embargo, otras vertientes del feminismo han criticado la maternidad como único destino para las mujeres, de ahí la lucha por la educación sexual, el acceso a la anticoncepción y el derecho al aborto. Simone De Beauvoir fue una de las voces más fuertes en este sentido. Para ella, las mujeres tenían que liberarse de la tiranía de la reproducción para poder vivir sus propios proyectos de vida. En mi opinión no son visiones opuestas,  pero sí considero que, para que la maternidad sea verdaderamente elegida, tiene que estar disponible la opción de la no-maternidad como proyecto de vida válido y que aún estamos lejos de lograr esa legitimidad. En cuanto a la maternidad elegida, creo que puede ser un acto político cuando está inmersa en la lucha colectiva por la autonomía de nuestras decisiones y  por la posibilidad de elegir los términos de nuestras relaciones afectivas, sexuales, familiares. Por ejemplo, la maternidad como acto político puede verse en las maternidades lésbicas que cuestionan el mandato de heterosexualidad que pesa sobre las madres, también el de las mujeres que deciden parir en sus propios términos, desoyendo el mandato de “parirás como la institución médica indica”.  Son actos políticos porque atentan contra la institución de la maternidad, que dictamina formas monolíticas de vivir y entender nuestros cuerpos sexuados. Adrienne Rich, una de mis teóricas feministas de referencia que falleció hace poquito, opinaba que sería revolucionario que las mujeres lográramos recuperar el poder sobre nuestros propios cuerpos y pudiéramos verdaderamente crear nueva vida: “no sólo niños y niñas” decía ella, sino también “las reflexiones y los sueños necesarios para cambiar la existencia humana”.
¿Cómo se podría evitar la imposición de una única manera de ser madre, característica del patriarcado?
Creo que esta es una tarea colectiva (que atañe no sólo a las mujeres), que requiere de cambios en la educación y la cultura que empiecen lo más temprano posible. Desde que somos niñas pequeñas nos entregan muñecos para “cuidar”. Nos programan para ser madres y para ser madres de determinada manera en un determinado modelo de familia (nuclear, heterosexual). Tenemos que empezar a ampliar la gama de posibilidades con la que las nuevas generaciones crecen. Es decir, tenemos que luchar nada más y nada menos que contra las relaciones desiguales y violentas que la cultura heteropatriarcal nos impone. Los medios también tienen una gran responsabilidad, ya que muchas veces sostienen estos estereotipos y prejuicios. Por ejemplo, presentan noticias apocalípticas de madres que abandonan o maltratan a sus hijos/as pero no les alcanzarían las páginas para la misma historia pero con padres como protagonistas.
Si bien se impulsan campañas sobre la leche materna y el amamantamiento, no se da paso a las nuevas formas de aproximarse a la crianza y al parto humanizado. ¿No es en parte una contradicción del Estado?
No necesariamente. Sospecho que la promoción de la lactancia materna no tiene que ver tanto con la revalorización de los cuerpos y los saberes de las mujeres como con intereses económicos en juego. Para uno de mis cursos de doctorado analicé los discursos sobre lactancia materna y encontré algunos datos interesantes. A finales del siglo XIX se descubre la asepsia de la lactancia materna y se comienzan a sentar las bases de la pediatría como especialidad médica, hechos que llevan a una mayor medicalización de la maternidad en general y de la lactancia en particular, y que preconizan el valor nutricional, inmunológico e incluso afectivo del amamantamiento. Marcela Nari describe que en Argentina se hacían concursos en La Rural de los bebés más robustos alimentados exclusivamente a pecho.  Sin embargo, el posterior desarrollo de fórmulas para la alimentación infantil en la primera mitad del siglo XX generó discursos contradictorios en torno al valor del amamantamiento. Muchos pediatras se alinearon con las empresas que fabricaban leche maternizada y convencieron a las mujeres de que sus leches no eran lo suficientemente buenas y que era mejor alimentar a los y las bebés con un producto controlado y confiable. En los años 50 surgieron organizaciones como La Liga de la Leche, que se proponían apoyar a las mujeres para que volvieran a amamantar. No obstante recién en los 80, resurge el interés en la lactancia materna como asunto de salud pública.  Algunas autoras feministas han relacionado este resurgimiento con la evolución de una racionalidad neoliberal luego del desmantelamiento del Estado de Bienestar y que actualmente subyace a las políticas públicas de muchos Estados occidentales. Esta racionalidad pone el acento en conceptos como el auto-gobierno y la auto-gestión y propone una lógica del ahorro familiar y estatal en gastos de salud a través de la promoción de la lactancia. La antropóloga Vanessa Maher advierte que esta lógica parece ignorar las condiciones de vida cada vez más duras que experimentan las mujeres,  los niños y las niñas en los países en desarrollo al sugerir que las mujeres extraigan y provean más recursos de sus propios cuerpos, incluso cuando están desnutridas ellas mismas. Según algunas de las mujeres que he entrevistado, amamantar se les presenta como casi un mandato, un indicador  de “buena maternidad”, a pesar de que la mayoría de ellas no había recibido instrucciones durante el embarazo para prepararse para la lactancia. En cuanto al respeto de los derechos durante el parto y el nacimiento, tenemos unas leyes increíbles como  la Ley Nacional Nº 25.929 del 2004, pero todos los profesionales que he entrevistado acuerdan que no están las condiciones dadas para su aplicación. Algunos culpan a la falta de infraestructura, otros a la resistencia de sus colegas, y otros a las mujeres y sus familias que nos están preparados para participar de sus partos. Lo cierto es que parece que no mucho ha cambiado desde el 2004 a pesar de contar con el aval legal para el cambio. Por ejemplo, me pareció significativo que el Plan Nacer (que apunta a reducir la mortalidad materna e infantil) no incluyera en su programa de acción la mejora de la calidad de la atención obstétrica en cuanto a respeto de la ley 25.929, enfocándose principalmente en indicadores cuantitativos  de cobertura y en la adquisición de tecnología por parte de los efectores de salud. Lo que creo es que tenemos que entender estos derechos como parte de una lucha más amplia por todos los derechos sexuales y reproductivos, en donde el respeto de la autonomía y la celebración de la diversidad (cultural, étnica, sexual, etc.) sean los principios que guíen las políticas y no las relaciones de poder (entre los sexos, del Estado con las/os ciudadanos/as, de los/as médicos/as con quienes acuden a los servicios de salud, etc.) como sucede actualmente.
 
 
 
 

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