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Por qué los hombres deberíamos…

También es posible descubrir en la serie algún camino de revisión, de esperanza, de “otra” masculinidad.

Por Octavio Salazar*

Porque refleja a la perfección en qué consiste la violencia sistémica que sufren las mujeres y de la que formamos parte todos los hombres. Lo cual no quiere decir que todos y cada uno de nosotros seamos de manera expresa y directa violentos contra las mujeres, pero sí que participamos de todo un orden social y cultural que normaliza y legitima nuestro dominio sobre ellas. Si no la ves, si no la percibes como tal, es porque eres parte esencial de ese sistema que normaliza el trato devaluado de las mujeres.

Porque les pone carne y rostro a las nuevas formas de violencia machista que, gracias a las tecnologías, se extienden y vienen a confirmarnos como el patriarcado se reinventa y cómo incluso se amplifica con la ayuda no solo del mundo “redes” sino también con la (falta de) ética de un neoliberalismo que santifica los deseos, el individualismo, el presentismo y la exhibición de nosotros mismos. Una suma perfecta por cierto para desactivarnos políticamente. Una realidad ante la que, me temo, no bastan las reformas del Código penal.

Por qué los hombres deberíamos ver 'Intimidad'
Por qué los hombres deberíamos ver ‘Intimidad’

Porque nos muestra, a través de las historias de las distintas protagonistas, que existe una genealogía de sufrimiento y que justamente ahora el elemento revolucionario es la ruptura del silencio, la posibilidad de poner el foco en aquello que durante siglos se calló, la rebelión contra unos mandatos que a tantas mujeres las situaron en un rol de sumisas. Desde esa genealogía, como también vemos en la serie, resulta fácil, es casi una consecuencia lógica, construir sororidad. Nuestra transformación deseable, colegas salvables, debería empezar justamente por un ejercicio de memoria que nos sitúe en la incomodidad.

Porque tal y como vemos en los personajes femeninos que sufren violencias de todo tipo, o la amenaza de ellas, el miedo ha sido y es uno de los principales mecanismos para tener controladas a las mujeres. El miedo, la vergüenza, la humillación, la culpa. La historia de nuestra violencia sobre las mujeres está llena de víctimas a las que con frecuencia las calificamos de histéricas y que expresan, por el contrario, todo el sufrimiento físico, moral y emocional que supone vivir en un mundo en el que siempre es posible para ellas convertirse en víctimas.

Porque para quienes no tengan muy claro por qué la cultura machista se inscribe de manera singular sobre el cuerpo y la sexualidad de las mujeres, la serie nos muestra con toda la crudeza de lo veraz cómo ellas continúan siendo prisioneras de una mirada que las sexualiza, cosifica e instrumentaliza, al tiempo que siguen careciendo del reconocimiento pleno de su autonomía sexual. Eso provoca con frecuencia que en lugar de víctimas muchos las vean como las causantes de los males que sufrimos nosotros: las eternas Evas provocadoras, sobre las que seguimos teniendo un derecho absoluto hasta el punto de que juzgamos con moral sancionadora sus libertades afectivas y sexuales. Todo lo que a nosotros nos convierte en héroes a ellas las hace pérfidas e inmorales. Ni que decir tiene, como también lo vemos a través de uno de los personajes, que la liberación en términos de opciones sexuales sigue jugando a favor de nosotros y sigue colocando a las mujeres en la trastienda del armario.

Porque nos explica sin medias tintas como el poder, en todas sus expresiones, sigue siendo un terreno masculino y masculinizado, y cómo las mujeres que quieren simplemente ejercer sus derechos de ciudadanía tienen que enfrentarse a una serie de obstáculos que las colocan en una difícil tesitura. Consigo mismas, con sus parejas, con sus familias, con sus colegas. Y todo ello genera, además, la reacción patriarcal de quienes justo ahora se agarran como lapas a sus privilegios de siempre, tratando de evitar una transformación del mundo, de la política, de la democracia, que en la mayoría de las ocasiones ellas están llevando a cabo sin nuestra colaboración.

En este sentido, es muy interesante que la serie nos muestre a mujeres en posiciones de poder, las cuales, sin embargo, tenemos la sensación de que siempre están obligadas a caminar por un hilo de alambre muy fino, descalzas y sin chaleco salvavidas.

Porque la serie nos ofrece los mejores ejemplos de cómo la homosocialidad es un componente clave en la construcción de la masculinidad patriarcal y de cómo las “fratrías” son unos pactos muy sólidos mediante los cuales los hombres nos mantenemos como mitad hegemónica. Y no solo para seguir ocupando el poder, sino también como instrumento de reafirmación de nuestra virilidad, esa que ahora parece que podamos mantener con solo un clic en el móvil.

Porque aunque lo mejor de Intimidad son sus personajes femeninos, también son muy interesantes los retratos de unos hombres que se mueven entre el machismo reinventado y reafirmado, la pasividad cómplice y, en menor medida, la desubicación (ay, ese padre, señor catedrático, que está tan atrapado en la jaula de la virilidad). Lo más alarmante hoy por hoy es que, lejos de desaparecer, lo que podríamos llamar masculinidad hegemónica, esa que vemos en los rostros de políticos, empresarios y trabajadores, esté en un proceso de rearme frente a las conquistas imparables del feminismo.

Porque, y en esto también la serie nos da una buena lección, es el feminismo, en cuanto movimiento social y en cuanto proyecto político alternativo, la llave que posibilita que las mujeres se doten de fuerza y argumentos, al tiempo que se constituye en un espacio de complicidades y de voces alzadas contra la injusticia. El feminismo como espejo que nos pone frente a la imagen de nosotros mismos que no queremos ver. El feminismo tan necesario en los ayuntamientos, en las fábricas, en los hogares, en las camas.

Y porque, al fin, también es posible descubrir en la serie algún camino de
revisión, de esperanza, de “otra” masculinidad. Esa que tímidamente asoma en el cómplice gay de la alcaldesa, pero sobre todo en ese marido al que vemos perdido pero que también renuncia a comportarse como el machito humillado. El que hace todo lo posible por estar presente sin entorpecer, por cuidar aun con sus torpezas, por ser cómplice del proyecto personal y profesional de la mujer, por ser un padre presente sin las consignas del ejercicio de autoridad, por convertirse incluso en un hombre sexy, como le dice su mujer, por su manera tierna y bondadosa de estar. El hombre que canta y que cuida. La esperanza.

(*) Catedrático de Derecho Constitucional, Universidad de Córdoba.

 

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