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Me siento a escribir este artículo después de conocer la noticia de que, en menos de 24 horas, un hombre ha asesinado y descuartizado a su pareja y sus dos hijos en Las Pedroñeras (Cuenca); otro hombre ha matado su exnovia y a la madre de esta en Zafarraya (Granada); y un tercer hombre ha estrangulado a su pareja en Fuengirola (Málaga). Ya nadie se pregunta por las razones de estos crímenes. Un escalofrío recorre el espinazo de una parte de la sociedad, se dice la palabra «atroz», se alude al verano. Ya lo dijo hace un año la entonces Delegada del Gobierno para la Violencia de Género, Victoria Rosell: «El verano es un factor de riesgo». Pronto empiezan.

Cristina Fallarás:Por Cristina Fallarás

Cada vez que sucede algo semejante, las instituciones instan al entorno de las víctimas a intervenir más, a romper el silencio. El silencio general que rodea todavía a la violencia machista resulta terrorífico —terrorífico es la palabra—. Y con todo, el silencio no es lo peor. Lo verdaderamente letal es la complicidad masculina con el agresor. Podríamos pensar que el sempiterno silencio frente a la violencia machista responde exactamente a la complicidad de más de la mitad de la población con ella, entre la cual prácticamente están todos los hombres.

Las mujeres conocemos bien la violencia machista. Todas, absolutamente todas, la hemos vivido de una manera u otra. La gran mayoría, de forma reiterada. Conocemos la violencia sexual, la violencia médica y sanitaria, la obstétrica, las múltiples violencias de la calle y los espacios públicos, la violencia digital y la económica, la violencia laboral y el brutal machismo inherente a nuestra sociedades, un machismo ahora rampante y desacomplejado.

Todas, además de reconocernos en alguna o en todas ellas, sabemos de una amiga, una familiar, conocida o compañera de trabajo, que vive en situación de violencia. Esa de cuyo marido comentamos agresiones verbales y humillaciones públicas, esa de cuyo exnovio conocemos la extorsión, esa que vive de puntillas sobre la amenaza constante del padre de sus hijos o hijas.

La pregunta es: ¿Qué hacemos entonces? ¿Cómo respondemos a eso que sabemos que sucede? Poco a poco, las mujeres hemos ido aprendiendo a narrar nuestros daños, aunque sea de forma anónima en internet o en la estricta intimidad de la conversación con una amiga bajo el juramento de que no hará o dirá nada. Las redes nos han enseñado a leer el relato del resto, de las demás, y quien más quien menos se ha animado contar lo propio. Parece muy poco, pero es algo y ese algo resulta alentador tras siglos, toda una historia de silencios absolutos, de doma en el silencio. Cualquier paso es una celebración. Esto en cuanto a nosotras. Pero ¿y ellos? ¿Qué acostumbran hacer los hombres frente a la violencia evidente que ejercen sus iguales?

Hace un par de días, una buena amiga me contaba su decepción con un colega. Esto va de una pareja. A ella le llamaremos María y a él, Juan.

María y Juan tuvieron una relación de aproximadamente 10 años en la que, al menos durante los cinco últimos, él se dedicó a hacer de la vida de ella un infierno. Humillaciones, maltrato psicológico constante, violencias encadenadas habituales… en fin, un clásico. Al final, y con el apoyo de algunas amigas, María consiguió dejar a Juan. Cuando eres víctima de violencia psicológica severa, dejar al Juan de turno cuesta un mundo, tanto como arrancarse una víscera putrefacta, un tumor cancerígeno, una gran costra purulenta. Bien, María logró dejar a Juan, y entonces se produjo ese fascinante fenómeno por el cual todo el entorno de la mujer admite o afirma que ya conocía el maltrato por parte del hombre, un «conocimiento» que en ningún momento les llevó a alertarla a ella o reprobar a él su conducta.

Lo que ha llevado a mi amiga a la decepción es la posterior actitud de su colega, lo que acostumbra a venir después. Su colega era amigo de María y Juan, de la pareja. Tras la ruptura fue de los que entonó el «yo y ya lo sabía». Por supuesto, ha permanecido al lado de ella tras separación. Lo tremendo es que también ha permanecido al lado de él, de Juan, del maltratador. Salen, toman copas, juegan al tenis, hacen algún viaje… El colega de mi amiga se cuida muy mucho de que María no se entere, pero es evidente que sabe que María acabará enterándose. Con lo cual es evidente que le importa un pimiento. Todas las ciudades, incluido Madrid, incluido el D.F., son muy pequeñas, y en todas ellas, aunque le pese Ayuso, te acabas encontrando a tu ex, si no físicamente, en su relación con aquellos que quedaron.

El caso del colega de mi amiga no es raro. Hasta el punto de que ni siquiera llama la atención. Es lo habitual. Los hombres acostumbran a seguir relacionándose con sus amigos maltratadores después no solo de conocer su violencia, sino incluso de haberla admitido públicamente. Hasta tal punto la impunidad. O sea, el maltratador no recibe ningún castigo social entre sus iguales hombresEsto se llama complicidad con la violencia, y es una de las principales razones por las que la violencia machista permanece intacta en nuestra sociedad.

Llegadas a este punto, considero necesario, de mera supervivencia, señalar no solo a los agresores, sino también a sus cómplices, a sus colegas, a esos que no castigan el maltrato y, por lo tanto, contribuyen a perpetuarlo.

Hace ya algunos años decidí no volver a tratar con ningún sujeto de ese tipo, con ningún hombre o mujer que siguiera manteniendo una relación de amistad con un agresor. A día de hoy prácticamente no trato con hombres. Me preguntan por qué, me llaman odiadora, creen que tengo algo contra los machos en general. Sin embargo, la explicación es mucho más simple: si tú has maltratado a una mujer o sigues teniendo una relación de amistad con el hombre que lo ha hecho, sencillamente no volveré a tratar contigo. Lo curioso es que me quedan muchas, muchísimas mujeres cerca. Hombres, más o menos tres.

Fuente para Diario Digital Femenino: Enrique Stola
Publicada en: público.es

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