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Los espacios rurales presentan un conjunto de particularidades que trascienden los contextos singulares de cada territorio, y que enmarcan el escenario en el cual se (re)construyen las prácticas y significaciones en torno al cuidado.

Una de las especificidades de las áreas rurales es la débil cobertura pública y privada de servicios (financieros, socio-sanitarios, educativos, de ocio y esparcimiento, de cuidados) y los limitados recursos de infraestructura adecuada con que cuentan. Factores como la dispersión geográfica, la estructura demográfica y las dificultades de accesibilidad actúan como limitantes para la instalación de servicios en estos territorios. Particularmente, la oferta de servicios estatales y privados de provisión de cuidado es muy limitada. Existen pocos servicios públicos que atienden a niños y niñas, sobre todo en situación de discapacidad (Alberti et al., 2014). Específicamente en el caso del cuidado hacia la vejez en contextos rurales, se identifican barreras en el acceso al sistema hospitalario, centros sociales o centros de día, siendo la red de cobertura de servicios socio-sanitarios y ayudas públicas más débil que en las zonas urbanas, lo que repercute en que las personas mayores en situación de dependencia reciban principalmente cuidados familiares no remunerados. Asimismo, se destaca el hecho de que los servicios sociales de apoyo a las personas en situación de dependencia son principalmente pensados desde criterios demográficos, primando un modelo urbano que no responde a las necesidades de la población que vive en zonas rurales (Leavy, 2019; Osorio et al., 2022). La carencia de políticas públicas del cuidado reafirma el supuesto de que el cuidado es responsabilidad de las familias y las mujeres (Salva, 2013).

La importancia de analizar el trabajo de cuidados desde los contextos rurales
La importancia de analizar el trabajo de cuidados desde los contextos rurales

Para suplir esta ausencia en la zona, la población debe trasladarse hacia otros territorios. Es decir, el acceso a servicios de cuidados supone movilidad, alejamiento o inclusive desarraigo del medio -como por ejemplo en la vejez cuando las personas se mudan definitivamente a centros poblados cercanos con mayores servicios-. No obstante, esta movilidad cotidiana para el acceso a servicios no siempre es posible debido a las distancias, el transporte público insuficiente o con horarios irregulares de movilización, los tiempos y costos de traslado, el estado de la caminería rural, entre otros. Por ello, en la mayoría de los casos, la población rural queda circunscrita a las posibilidades que le ofrece su entorno cercano, que, al ser muy escasas, obligan a desplegar estrategias de cuidado informal, que recaen principalmente en los hogares y en las mujeres de la familia[1] , perpetuando desigualdades de género (Peña y Uribe, 2013; Alberti et al., 2014; Herrera, 2017; Mascheroni, 2021; Kunin, 2022).

Adicionalmente, la deficiencia de los servicios básicos públicos (agua potable, energía eléctrica, servicios sanitarios, transporte) y la menor disponibilidad de tecnologías domésticas de soporte coloca a las mujeres rurales frente a un cúmulo de labores y responsabilidades adicionales que tornan más pesada su cotidianeidad. Por ejemplo, las mujeres rurales deben recolectar y acarrear leña o recorrer largas distancias en busca de agua potable (Anderson, 2011). En este sentido, se enfrentan a mayores barreras que, no sólo les requieren un costo de energía y de tiempo que no pueden ser destinados a otras actividades, sino que además generan dificultades en la realización de las tareas de cuidados (Valdés, 2012, Alberti et al., 2014; Logiovine, 2017; Rojas, 2018; Linardelli y Pessolano, 2021). De esta manera, las repercusiones sociales, emocionales y en la salud de las mujeres que cuidan, son mayores en los contextos de ruralidad (Moctezuma, 2020).

Si bien hay mucha variabilidad -desde zonas más despobladas y aisladas a pueblos más interconectados y con mayor accesibilidad-, en general los espacios rurales se caracterizan por su dispersión y baja densidad poblacional. En cuanto a la estructura demográfica, en estas zonas se observa una mayor masculinización y creciente envejecimiento de la población, lo que conduce a crecientes desequilibrios demográficos. La creciente demanda de cuidados (población más envejecida, mayor esperanza de vida de las personas en situación de dependencia) y la menor disponibilidad de personas que cuiden (menos personas en el hogar y en muchos casos con trabajo remunerado fuera de éste, migraciones de la población joven a las ciudades), sumadas a la referida carencia de servicios, aumentan la presión de cuidados sobre las mujeres (Anderson, 2011; Herrera, 2017; Cerri, 2013; Martín y Rivera, 2018; Mascheroni, 2021). La escasez de equipamientos y servicios públicos (educativos, sanitarios, culturales, financieros) es efecto y causa a la vez de esta estructura demográfica (Sampedro, 2008).

Otro rasgo distintivo de los contextos de ruralidad tiene que ver con las características de la producción primaria que se desarrolla en estos espacios. Específicamente, en las explotaciones familiares y campesinas[2] , la producción, consumo y residencia se desarrollan en el mismo espacio. La fuerte interrelación entre las esferas productivas y reproductivas provoca que las fronteras físicas y simbólicas entre una y otra sean difusas (Farah, 2004; Grabino, 2010; Batthyány, 2013; Rojas, 2018). La permanente superposición entre trabajos domésticos y productivos tiende a desvalorizar e invisibilizar el trabajo femenino, presentando el trabajo productivo como una extensión de las actividades domésticas que realizan las mujeres rurales (Linardelli y Pessolano, 2021). Las propias mujeres rurales tienen dificultades para caracterizar sus tareas cotidianas como productivas o reproductivas, por ejemplo, actividades como la producción de quesos, labores en la huerta o la colecta de huevos, son percibidas como actividades domésticas (Herrera, 2019a). Este solapamiento espacial y temporal de actividades productivas y reproductivas genera una mayor intensidad del trabajo de las mujeres debido a que, durante una misma jornada, intercalan o realizan de manera simultánea un conjunto de diferentes tareas de producción, domésticas y de cuidados (Logiovine, 2017). De esta forma, mientras cuidan, las mujeres realizan múltiples labores agrarias, principalmente aquellas que históricamente se han asociado a actividades femeninas, como el transporte y almacenamiento de agua para regar la huerta y dar de beber a los animales; la búsqueda y acarreo de leña para cocinar, calefaccionar el hogar o pasteurizar sus productos agro-industriales (Rojas, 2018). Esta sucesión de tareas productivas y reproductivas provoca que las mujeres rurales enfrenten una doble jornada laboral que se extiende a lo largo del día (Herrera, 2019; Haugg, 2020).

La importancia de analizar el trabajo de cuidados desde los contextos rurales
La importancia de analizar el trabajo de cuidados desde los contextos rurales

Para el caso de las asalariadas agrícolas las fronteras entre producción y reproducción también son porosas, aunque de un modo diferente. Es un hecho en el agro latinoamericano que, ante la ausencia de espacios públicos de cuidado y la imposibilidad de mercantilizar los cuidados, las asalariadas acudan con sus hijos e hijas a los lugares de trabajo, realizando de forma simultánea labores productivas y reproductivas (Mingo, 2016; Sifuentes et al., 2018; Haugg, 2020; Linardelli y Pessolano, 2021). Cabe destacar que, ello se asocia a la alta vulnerabilidad y pobreza de la población trabajadora agraria latinoamericana, especialmente la jornalera migrante (Lara, 2010; Cayeros y Salmerón, 2016). Esta modalidad, si bien permite a las mujeres articular trabajo remunerado y cuidado no remunerado, promueve el trabajo infantil en la agricultura y provoca la violación de los derechos de los niños, niñas y adolescentes (FAO-OIT, 2019).

Finalmente, las formas, contenidos y significados de los cuidados en contextos de ruralidad se imbrican en los estereotipos de género y representaciones sociales del cuidado. Como se desarrollará en el apartado ‘Representaciones sociales del cuidado’, en los entornos rurales adquiere más fuerza el contrato de género tradicional donde los hombres son proveedores y las mujeres las encargadas de las tareas reproductivas (Valdés, 2012; Batthyány, 2013; Kirby y Prolongo, 2013; Peña y Uribe, 2013; Alberti et al., 2014; Caro, 2017). Así, las mujeres son naturalizadas en su rol de madres y cuidadoras (Atiencia, 2016; Pino et al., 2017; Kunin, 2019; Moctezuma, 2020). Como resultado, persisten prejuicios en torno a su incorporación al mercado laboral, la que se asocia con la menor atención de la familia y del hogar (Gatica, 2009; Fawaz y Soto, 2012). Asimismo, se otorga un mayor valor socio-simbólico al cuidado familiar y comunitario que se sustenta en el imaginario de que el ‘buen cuidado’ es aquel que proveen las familias y en particular las mujeres (Mascheroni, 2021; Kunin, 2022

 

[1] Partiendo de la consideración de que no existe la ‘familia’ como una organización social universal y ahistórica, en este documento se alude a la noción de ‘configuración familiar’ para dar cuenta de las diversas formas que puede adquirir la organización de la domesticidad en relación al contexto sociohistórico y territorial. La misma puede estar basada en relaciones de parentesco o no.

[2] Es importante tener presente la diversidad de actores agrarios en el medio rural, agricultura familiar y campesina, productores capitalizados, empresas agrícolas transnacionales, comunidades indígenas, comunidades quilombolas; las que configuran diferentes relaciones sociales de producción.

Fotos: Clacso

CLACSO, ONU Mujeres (2022) Estado del arte sobre cuidados en contextos de ruralidad en América Latina y El Caribe.

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