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El año pasado, 203 mujeres fueron asesinadas por su condición de género en Argentina, lo que continúa confirmando que ser mujer en este país -en la región, y en el mundo- es causal de riesgo.

Por Victoria Santesteban*

Causal de riesgo
Causal de riesgo

En un 2023 de estreno, las cifras de la violencia de género coinciden con las estadísticas de los años pasados, con un femicidio casi a diario. Los números frustrantes dan cuenta que, a pesar de los esfuerzos públicos en la prevención, erradicación y eliminación de la violencia contra las mujeres, las lógicas patriarcales tan difíciles de roer se replican incansablemente, recrudeciendo los métodos con machismo reactivo y recargado. A ese patriarcado aceitadísimo que no termina de desmoronarse y por momentos hasta parece robustecerse, es al sistema al que hacer frente, a fuerza de compromiso y capacidad inventiva que logre dar en la tecla con los antídotos para su neutralización definitiva.

Durante el 2022 fueron cometidos 233 femicidios en Argentina, conforme el informe difundido por la organización Mujeres de la Matria Latinoamericana (MuMalá). A los 233 femicidios, se suman 425 intentos de femicidio. Del total de 233 asesinatos de mujeres, 203 fueron femicidios directos, es decir, producidos contra la mujer víctima, por lo quela cifra de femicidios vinculados totaliza 30.

Los femicidios vinculados o indirectos refieren a aquellos casos donde la persona asesinada ha intentado impedir el femicidio o que quedó atrapada en la línea de fuego, o bien los casos en los que integra el círculo afectivo de la mujer víctima de violencia de género (sus hijos e hijas en la mayoría de los casos) por lo que el homicida a modo de castigo psicológico hacia ella, arremete contra su red de afectos. Estos casos encuadran en la figura de la violencia vicaria, todavía no identificada legalmente por la Ley 26485, aunque contenida en el código penal. Del registro de Mumalá, de los 30 femicidios vinculados, 9 fueron niñas/mujeres, 21 de niños/varones.

En el 92% de los casos, los homicidas conocían a sus víctimas, habían sido parejas o ex parejas (63%), familiares (19%) y conocidos (10%). Y el 14% de los femicidas -cuya edad promedio fue de 39 años- tenía antecedentes penales por violencia de género. Un 13% de ellos se encuentra prófugo, un 7% abusó sexualmente de la víctima, un 6% fue cometido por integrantes de fuerzas de seguridad y en el 23% de los casos el agresor se suicidó.

2023.

En la primera semana del año las cifras de la violencia confirman la estadística de 2022, con femicidios casi a diario, en un enero que arroja un total de 4 mujeres víctimas. Y así, la pregunta que continúa cíclicamente enunciándose, en un intento catártico de encontrar explicación al horror, se resume en cómo con los avances y esfuerzos políticos y una cultura en deconstrucción, es que los números de la violencia de género continúen en aumento.

Leyes.

En el último tiempo, con la irrupción más notoria a nivel internacional de la normativa destinada a la protección de mujeres, nuestro país ha sabido construir un andamiaje jurídico para hacer frente al machismo institucionalizado en cada rincón patrio. La incorporación a nuestro texto constitucional de tratados de derechos humanos importó asumir responsabilidad internacional en la erradicación de la violencia contra las mujeres y ubicar al juzgamiento con perspectiva de género como obligatorio. La sanción de la ley de protección integral hacia las mujeres 26.485, la Ley Micaela de capacitación obligatoria a personal del Estado, la ley Brisa de reparación económica para hijos e hijas de madres víctimas de femicidios, la 26.618 de matrimonio igualitario y la 26.743 de identidad de género, la por fin promulgada ley 27.610 de aborto legal, las modificaciones al código penal y un código civil convencionalizado, la proliferación de oficinas, comisarías, juzgados y fiscalías especializados en género, son muestras de las conquistas feministas en la arena pública nacional. Sin embargo, el vanguardismo argentino se queda corto y describe similares estadísticas a países de la región, que es por cierto la más riesgosa a nivel mundial para ser mujer, con un femicidio cada dos horas.

Patriarcal.

Los femicidios, como explica Rita Segato, envían un mensaje aleccionador, de posicionamiento patriarcal que se vale de los cuerpos de mujeres, su disposición y descarte como códigos en un entramado simbólico espeluznante, para reafirmarse y reaccionar frente a la avanzada feminista. El backlash patriarcal encuentra métodos recrudecidos, se aggiorna y adapta a circunstancias un tanto más hostiles que la de los tiempos de la impunidad total, pero sin que ello signifique obstáculo para continuar su permanencia, con una cantidad de adeptos y adeptas intergeneracionales que hacen causa común con la estructura de opresión de antaño que ciñe nuestras vidas y anticipa muertes. Entonces, muy a pesar de competir con un aparato estatal que ha puesto en agenda a la violencia de género, acompasando las transformaciones culturales necesarias para la erradicación del machismo, todavía gana el diablo patriarcal, por viejo.

Compromiso.

En una Argentina de femicidios más que cotidianos, de revuelta feminista que ha conquistado leyes e impreso nuevas formas de ver al mundo, los números de las violencias no pueden pasarnos desapercibidos, porque ahí sí que el triunfo patriarcal estará siempre asegurado. En medio del desconcierto y de la falta de aire en las subidas que se hacen largas, sin tregua para la bocanada que recupera energías y confianza, pensar y repensar nuevas formas de ganarle al machismo enquistado es tarea más para la lista agotadora de la agenda feminista. Es que ensayar pócimas exactas para combatir los estragos patriarcales demanda un tiempo que no tenemos: con femicidios casi diarios, los remedios devienen urgentes. El antídoto certero contra las violencias desparramadas está en el compromiso: en la militancia hecha rutina que no deja pasar una, que acompaña y abraza, que empatiza y denuncia, que escucha sin revictimizar, que juzga con perspectiva de género. Que le exige al mundo que sea un lugar mejor, mucho mejor. Que esa conciencia de género, de responsabilidad sobre lo cotidiano, de compromiso sororo, de desafío constante al poder patriarcal, de valentía por cuestionar lo establecido esté en cada casa, comisaría, escuela y juzgado. Y ahí sí, las leyes que supimos conseguir dejarán de contrastar con la realidad violenta que todavía nos circunda.

(*)Abogada, Magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles

La Arena

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