Cresta abajo – Un cuento de Alicia Domé

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Por Admin diciembre 8, 2019 21:28

Cresta abajo – Un cuento de Alicia Domé

Un cuento de Alicia Domé

Alicia Nélida Domé. Nacida el 13/11/ 1953 en un hogar patriarcal de clase media trabajadora.

Siendo la hermana menor de dos hermanas
Eligió para su vida la gran capacidad de trabajo, la  creatividad y los deseos de progresar, que caracterizaban a nuestro padre. y el amor por el conocimiento, la lectura y la avidez por la información de nuestra madre.

La sensibilidad social y la solidaridad con les vulnerables y les sufrientes marcó toda su vida .Esos valores se vislumbraban a través de sus conductas con sus amigues y compañeres.. Su vida estuvo marcada por la libertad, la igualdad y la justicia. Desde muy joven escribía poemas y cuentos y amaba cocinar como nuestra abuela materna.
Eligió la carrera de medicina y con mucho esfuerzo logró recibirse y hacer la especialización en Psiquiatría. Para lograrlo, recibió el apoyo y el acompañamiento de nuestra mamá, de su esposo y de sus dos hijes, ya que se casó muy joven. En el año 2001,mientras estaba trabajando en Buenos Aires en una clínica de salud mental y en su consultorio particular, recibió el ofrecimiento de trabajar en España ( Catalunya). Aceptó el ofrecimiento y partió hacia el viejo mundo con alegría y entusiasmo por las posibilidades profesionales y económicas que le ofrecían. Se instaló en El Vendrell y comenzó a trabajar como psiquiatra de adultes en el Institut Pere Mata. Allí cosechó satisfacciones  y éxitos a nivel profesional y personal. Diez años después , en el 2011 le diagnostican E.L.A ( Esclerosis Lateral Amiotrófica). Fue atendida por un equipo interdisciplinario  de esa enfermedad en el Hospital San Pau de Barcelona. y pudo seguir trabajando unos años más  En el año 2018 su estado de salud había empeorado notablemente y su calidad de vida  ya no era la misma. Entonces toma la dura decisión de que le practicaran una Eutanasia y que donaría su cuerpo  para que los científicos pudieran avanzar en la investigación de esa terrible enfermedad. Falleció en el Hospital de San Pau, el 22 de Setiembre del 2018, rodeada por su familia. Sus deseos fueron cumplidos.

Cresta abajo

El coronel ordena a Guadalupe que  camine desnuda hasta la ventana, para cerrarla. A la hora de la siesta, en este pueblo de Misiones de treinta manzanas mal trazadas, él se recuesta en el sofá del comedor después del almuerzo. Parece un lagarto desparramado, un adorno en la casa sencilla y cómoda que el ejército le asignó hace tres meses. El calor penetra como lava por todas las aberturas. El tiempo sobra, también para ella que podría hacer la siesta, pero no, escucha esa voz aflautada que le pide cosas sin el uniforme puesto.

-No te des vuelta.

-Bueno, mi coronel.

Desde aquella tarde en que fue contratada, Guadalupe cumple con las indicaciones desde la mañana hasta la noche y de lunes a sábado. Seguir la voz de él es parte de su único trabajo pago en veintidós años de vida.

Camina despacio, como él se lo pide.

Al Coronel Bernardi le pesan los años en el sexo. Por esa razón, porque la excitación dejó de ser una tormenta personal, la hace vestirse o desnudarse con lentitud y método, construyendo día tras día una geisha en su empobrecido occidente.

Una brisa le baja desde los ojos hasta los tobillos cuando la ve sin ropas. Ramiro puede comenzar a sentir tensión y latidos en la pelvis que se van concentrando en sus manos . Sostiene su mástil de carne esponjosa desde la base. Mira a conciencia y en detalle esos glúteos de caucho que esta muchacha inconmovible y sumisa le muestra sin recato. Las mitades reflejan la luz como madera lustrada contra la pared blanquecina.

-Quedate ahí.

La nuca de Ramiro se pegotea a la cuerina del sillón. Abandona su sexo a la gravedad y despliega la sábana blanca sobre el respaldo, la toma por los bordes y se envuelve en ella como un emperador pudoroso. Sus manos vuelven solas hacia el pubis y los ojos hacia la mujer. La mirada se desvía solamente para ver en el contraste de la tela iluminada su sexo enrojecido y desnudo en plena lucha contra el tiempo. Lo cubre con vaselina entibiada por los dedos y todo resulta. El olor asciende hasta su nariz y convierte este ejercicio en un ajuste, una afinación de su órgano.

-Agache ya.

Ella recuerda a su hijo mientras dobla la cintura en ángulo recto y apoya su frente en la pared recalentada. A ese niño nacido de una tarde parecida a la de hoy hace siete años. Lo volverá a ver el domingo y este calor en la cabeza será un recuerdo tan fugaz como la carne al horno, los baldes con ropa verdosa, o la cara enrojecida del emperador agitado en su mortaja de algodón.

El teme quedar así, despojado y satisfecho. Quiere prolongar su calor, detener la hora y hacer durar esta felicidad que fluye como la arena de un reloj. Se propuso educarla, sacar algún provecho de esa natural belleza que se recorta como la pieza de un rompecabezas en la monotonía de su vida y de la vida del pueblo.

-Bien, muy bien. Ahora date vuelta, despacito

-Sí, señor. ¿Así?

“PIERDE EL CONTROL DE SUS PALABRAS: ESTA NO ES INFORMACIÓN QUE SE DEBA DAR A UNA SIRVIENTA»

Con la lentitud de un lirio, de planta que responde a la luz matinal, ella se va enderezando. La mirada del militar se agotó de ese ángulo y buscará otros. Gira los pies hasta quedar de frente al sofá. Bernardi le pide que se acaricie muy despacio, desde el cuello hasta los muslos, que abra la boca, que se toque, creyendo que ella siente de una forma simétrica.

-Mi negrita, ¡qué perra!. Te gusta tocarte, ¿no? -dice con su voz de soprano, entrecortada.

-Como usted diga.

-Sí, sí. Yo sé que te gusta.

Ramiro elige entre el ramo de sus pensamientos creer que ella ignora todo, que es él quien la inicia en estas febriles tardes. Desconoce y no pregunta mucho acerca de su pasado.

Hunde una vez más sus dedos en el frasco de vaselina y la llama. La cantidad es suficiente para embadurnar todo su torso, pero prefiere lubricar ante sus ojos los espacios posibles entre las nalgas. Parece un escultor que protege u obra, que tapa un trabajo de horas con la ansiedad de volver a descubrirlo brillante y a nuevo.

Las partes traseras de Guadalupe claudican.

-¿Sabés cómo se llama lo que vamos a hacer?

-No señor.

-Sexo anal. Anal. Decilo.

Ella repite esas dos palabras jamás leídas.

-Vení anal. Analfabeta, ponete en cuatro patas.

Ramiro Bernardi se arrodilla tras ella, empuja su pene hacia el pequeño orificio nacarado. Se le resbala hacia la vagina, hacia todo lo que no quiere. Lo último que querría sería embarazarla, preñarla como le dijo de entrada. Ya tiene tres hijos que apenas soporta, en Buenos Aires con su esposa, que los cuida mientras él está destinado a la distancia. Se acuerda de ella y la erección se esfuma.

-¡Cuerpo a tierra!

Boca abajo Guadalupe descansa sobre los almohadones frescos. Él cae sobre ese cuerpo de caucho cerrando los ojos vigilantes y sus párpados son una pared amarillenta y húmeda. La mujer soporta el calor agobiante de los músculos de Ramiro, sus embestidas últimas. Lo deja ir, acabar tan lentamente, que le parece haber tenido un dedo meñique adentro.

-Tengo sed, traé agua mineral.

Apoyada contra la mesada de la cocina piensa en irse, llegar a la ciudad desconocida y empezar de nuevo. Hacer giros mensuales para su hijo y no regresar jamás al pueblo.

Vuelve al comedor, ya vestida con el solero.
-Señor, ¿puedo hacerle una pregunta?

-Sí negrita, decime.

-¿Hace esto con su esposa?

-¿Qué cosa?

-Lo anal.

-Vení, te voy a contar un secreto. Cuando veas a mi mujer, vas a ver que no tiene un culo, tiene un problema.

Ríe a carcajadas de su chiste. Se siente lúcido y joven. Guadalupe lo mira sin entender.

-Quiero decir que no me calienta… que es fea. Para hacerlo con ella tengo que pensar en otras cosas. Entendido?

-No sé, nunca estuve casada.

-Andá aprendiendo de los hombres. Las cosas son así: cuando te cogés a la hermana te gusta la prima.

El coronel comprende que perdió el control de sus palabras. Esta no es información que se deba dar a una sirvienta, a la misma que cocinará para la familia más adelante, cuando todos vengan a San Bartolomé a visitarlo. Se desdice.

-No. No es así. Son bromas de hombres. Traé más agua.

El gallo blanco gobierna desde el poste su mundo de diez gallinas rodeadas por el alambre hexagonal. Guadalupe lo mira cada tarde mientras su madre y sus hermanos duermen. Cuando el animal desciende a la tierra, cabecea y parece picotear su propio estiércol.

Alguna vez se irá, abandonará esa casa y la fertilidad de la madre que no le permitió pasar del segundo grado.

Piensa que las aves tienen algo contra la muerte, ese instinto que permite que el gallinero crezca siempre. Esta idea sobre las cosas, a los catorce años, es una hipótesis atrapada en la curiosidad de la mirada.

Se adormece en el galpón sobre la manta. Siente entre sueños la cercanía del cuerpo de su padrino. Ese cuerpo que apesta a gallinero, a calor y a más de cuarenta años. La voz dice “mi gurisa” y ya lo tiene encima, aplastándola contra el suelo. Baja su bombacha pese a los pedidos de Guadalupe, vociferaciones que el gallo tapa con sus gritos animales. Le pone la mano entre las piernas, tantea con los dedos ese orificio que siempre estuvo, pero es nuevo para él. El silencio de la búsqueda se hace carne en ella, que cede y cierra los ojos, encandilada por la luz que se infiltra y ese miembro que la rompe, la abre y la empapa en cinco minutos.

Escondido entre las sombras del galpón está su padre. Sigue la escena y acompaña los movimientos convulsivos del padrino con su propio cuerpo. Ante el sonido de los jadeos finales, toma el tridente y echa al compadre para siempre de la casa; maldiciendo su confianza y jurando que jamás volverá a entrar.

A nueve meses de esa tarde, nace José María, que desde las manos de la abuela y entre coágulos, marmóreo, llora por primera vez.

Un hijo, un hermano, un sobrino. Algo distante y solitario como un huevo, como la luna, o como el coronel desconocido que la espera.

Cecilia es pálida. Recostada en la cama doble hace palabras cruzadas. Busca semejanzas y diferencias en los dibujos rudimentarios de la revista de entretenimientos. Así logra conciliar el sueño de cada noche. Se concentra en las incógnitas, en las definiciones que rescata dentro de su mente siempre abatida con preocupaciones de madre tardía y de escribana pública.

EScucha indiferente los ruidos de Ramiro en el baño. Hace años que desconoce sus sentimientos y los propios. Soñó construir una familia y la tiene.

Ambos, juntos ahora, se pasan el frasco de loción de ortigas que previene la caida del cabello. Se hacen por separado masajes en el cuero cabelludo.

-Necesitamos una muchacha con cama.

-Ya tengo una de allá, por dos pesos haría todo lo de la casa, estaría con los chicos.

-¿Cómo es?

-Una pobre piba, tiene un hijo y no tiene un peso.

-Pero, ¿cómo es?

-Flacucha, morochita. Limpia las casas de los oficiales.

-¿Vendría?

-¡Claro! Se van a llevar bien. Ahora dormí, que mañana tenés mucho trabajo.

La luz de la cocina está encendida.

Guadalupe plancha la ropa de Ramiro a la madrugada. Interpone un paño húmedo como él le enseñó, para no marcarla con brillos. El vapor que asciende hasta su cara no logra despejar sus obsesiones. Esa tarde se irán juntos después de dos años. Dejará a su familia los quinientos pesos ahorrados, besará a su madre, a sus hermanos y a José María por última vez en esa casa.

Prepara el desayuno apenas escucha los ruidos en el dormitorio. Aparece Bernardi desde la nada grisácea de la pieza.

-Te voy a tener en casa mi negrita.

-Claro señor, claro.

La abraza, le besa la espalda, la cintura.

-Señor, se le hace tarde.

-Tenés razón, siempre tenés razón -responde fastidiando.

Cecilia abre la puerta con sus hijos detrás. El menor se abraza con fuerza a su pierna de palmera. Ella se presenta con un beso en la mejilla a Guadalupe.

-Bienvenida.

-El gusto es mío.

Los niños temen a este hombre distante que abrazan a pedido. Un nuevo destino en Campo de Mayo garantiza la presencia diaria de Ramiro a la hora de la cena durante tres meses.

Los pequeños juegan con la muchacha al gallito ciego y a las escondidas. Le muestran sus juguetes y finalmente la habitación del fondo, donde dormirá.

Hecho añicos por el viaje, cae en la cama como un vidrio fracturado listo para dormir. Cecilia construye rectángulos perfectos enmarcando palabras en su sopa de letras.

-¿Hiciste algo con ella?

-Nada importante Ceci, sabés que un hombre no puede estar solo.

-Ajá… -contesta mientras intenta descubrir la palabra.

La última palabra, en diagonal e invertida pretende inútilmente engañarla.

La felicidad, esa anguila roja y prepotente, habita el interior del coronel como un parásito.

Cada tarde llega a la casa y revive cómodo las siestas de San Bartolomé; las mismas que a Guadalupe le parecen tan lejanas como la infancia. Cuando escucha su llegada, cierra su cuaderno de ejercicios y el manual de aprendizaje. Le calienta el almuerzo casi sin pronunciar palabras. Escucha sus novedades. Las pocas reflexiones del coronel son verdades en línea recta, vectores que intentan penetrar el cerebro de ella sin lograrlo. Él, que no lo sabe, continúa hablando.

Después del postre la encamina hasta el baño, la desviste y le pide que entre en la bañera. Abre la canilla. El agua va cubriendo centímetro a centímetro el cuerpo de Guadalupe y la piel sumergida se torna más blanca. El coronel la jabona, la lava como a una muñeca gigante. Saca el tapón y barre como un radar las formas, con los ojos ávidos todo el tiempo que tarda en vaciarse el gran recipiente. No puede embarcarse en empresas más grandes que este juego.

Voy a pedir que me dejen en Buenos Aires.

Es la primera vez en la fuerza que Bernardi rechaza un destino. La tristeza cubre a la mujer como un paraguas, se anuda la boca de su estómago. Siente pena por la humillada Cecilia, por los castigos injustos que él impone a los hijos, y por ella misma, que quedará atrapada en su presencia.

Hoy lunes Ramiro quiere llegar antes del mediodía, encerrarse en su escritorio y desplegar sus soldados, tanques y aviones en miniatura. Los pintará con cuidado hasta que parezcan reducciones fieles de la realidad. Primero solo y luego con ella, será un día de fiesta. Traérmela fue un acierto, se repite mientras estaciona el auto sobre la vereda.
En la planta baja no se escuchan movimientos. La música que desciende desde el piso superior, atrae al coronel como la melodía de un encantador de serpientes.

Queen… Quién escucha a esos putos en mi casa?

Sube la escalera y se asoma por el marco de la puerta del dormitorio en penumbra, escondiendo el cuerpo. Mira las revistas desparramadas por el piso y junto a ellas dos biromes descartables que cayeron.

Levanta la mira.

Los cuerpos de las dos, juguetean enfrentados y desnudos. Parecen niñas intercambiando caricias y besos. Los besos se prolongan. Se acercan, se abrazan y el aire está enrarecido por perfumes que él desconoce.

Ellas se acuestan, ríen y suspiran. Cecilia encima de Guadalupe la cubre como un acolchado de plumas, blanco. Las piernas de la muchacha se abren en abanico, se arquea su cintura sobre el colchón matrimonial. Se cuelga con las piernas que ahora rodean las caderas de su esposa, y se prende a los pechos como a los de una nodriza generosa.

Ramiro Bernardi transpira sorprendido. Desearía entrar y ser parte del desorden, pero no atraviesa la línea de la alfombra.

Se retira sonriente, más seguro que nunca de la decisión tomada. Su felicidad se triplica en la luz de las tripas.

Baja y sobre el escritorio sus soldados esperan descoloridos ser uniformados. Se sienta, los pone en fila y construye su guerra de plástico. Horas después, ya cansado de hacerlos jugar cuerpo a cuerpo y a medio vestir, en la cena decide.

-Cecilia, no quiero que vuelvas a escuchar a esos maricones en mi casa.

Cecilia enrojece.

Luego se acerca al oído de Guadalupe para informarle de su segunda determinación.

-Ya es hora de que traigas a José María.

 

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