EL UNIVERSO CRAQUELADO

Admin
Por Admin diciembre 31, 2016 12:38

EL UNIVERSO CRAQUELADO

Ella es joven.
Estudia.
Trabaja.
La drogaron y la violaron.
mujer-invisibleCuando una de nosotras es violentada en uno de los modos de ejercicio del poder patriarcal como es la violación, el universo inmediato se craquela.
Estalla.
Y en ese estallido de la inmediatez, se fracciona en pedazos el entorno de la víctima.
Hoy le tocó a ella.
Su madre, que presa del “instinto” materno y en una huida de la cruel realidad que en un segundo se instaló, intenta pararse frente a la sociedad explicando que su hija reúne los estereotipos que nos ha asignado el patriarcado.
E intenta –fallidamente- sostener la imagen de la hija.
Su hermana, que ve de un instante al otro interrumpida su propia historia por el tsunami de la violación.
Su padre, que aún no termina de comprender, entre semi perplejo e impotente, en qué falló en su rol paterno.
Su empleadora, que brega entre sus obligaciones obligadas a licenciar pero no quiere/no puede y que no obstante algo intuye que le alcanza en su cotidianeidad e intenta un lazo sororo.
El director del Hospital, que interpelado sobre las omisiones en la aplicación del protocolo para las víctimas de delitos contra la integridad sexual, sacude su cabeza pensando en qué le alcanza la ley para sancionarlo.
El médico terapista del mismo hospital, que sostiene que a él no le influye en nada las cuestiones de género.
La fiscalía que dice que no tiene elementos para caratular aún qué delito es, aunque la víctima naufrague luego de un intento de suicidio y haya pasado más que tiempo suficiente.
El equipo del observatorio de violencia que se presenta desbordado y con buenas intenciones pero no puede llegar a todas las localidades de la provincia en el modo en que querrían.
El equipo de la línea nacional a quien luego de llamar e insistir casi siempre por espacio de más de 10 minutos promedio porque no tienen personal –seguramente – se avocan del mejor modo posible e interaccionan con la víctima y sus abogadas en un pedido angustiante de medianoche que al menos palia el sinsabor de sentirse sola.
La profesora del terciario que la bochó y tiene que recursar, ignorante ella -por decisión propia o quien sabe por qué razón ignora qué le pasa a la víctima, su alumna- y dictamina que tiene que recursar.
La monjita que le alcanza un “niño jesús” que no estuvo presente para evitar la violación.
La médica tocoginecóloga que en consulta particular le dijo que si ella la revisa no tiene validez y que luego manifiesta que no hay lesiones compatibles con una violación, cuando esa violación llegó luego de que a la víctima la drogaran…
Lxs profesionales del laboratorio de análisis clínicos que la atiende casi clandestinamente para hacer los análisis protocolares que se omitieron el día en que pudo ir a denunciar.
El personal de comisaría, el día en que pudo ir a denunciar y que, previa llamada a la fiscalía le dijeron que fuera al día siguiente…
Lxs funcionarixs que al día siguiente en la fiscalía le dijeron que mentía, que no hiciera perder el tiempo a la justicia.
El periodismo local que pendula entre “creer” a la victima y soltarse de sus propios prejuicios sobre las mujeres jóvenes –y las no tanto y las niñas y las viejas- que “algo habrá hecho”.
Las orgas feministas, que están como pueden, cerca.
Las redes sociales feministas, que están como pueden, virtualmente.
La psiquiatra, menguando el dolor desde el saber científico, pero sin formación en género.
El psicoanalista que según su mirada él se ocupa de la mente y las abogadas de lo legal.
Lxs abogadxs –cuando lxs hay y particulares porque el estado incumple- que ante la omisión absoluta de reacción de ese estado que legisló el patrocinio gratuito pero que no llega, ellxs, entre la impotencia, el desgarro como congéneres (si son abogadas), la resistencia del sistema y sus propias luchas, ven escurrirse los días sin justicia efectiva y reman en brea caliente.
Y las amigas.
Jóvenes, casi niñas algunas, impávidas. Y enojadas.
Que ellas están con sus propios problemas y luego de corridos los días, en que todo ya “ha vuelto a la normalidad” no ven -y no ven que no ven- que ellas pueden ser las próximas.
Y que por miedo, por resistencia, por obediencia a los mandatos, cuestionan a “su” amiga.
Que no pueden establecer lazos sonoros porque nadie se los enseñó.
Que la juzgan porque nadie –antes- les dijo que si nos juzgamos entre nosotras ganan los violentos.
Que en vez de abrazar a “su” amiga, eligen cuestionar sus hábitos.
¿Cómo pensamos los universos personales ante una violación?
¿Cómo abordamos los universos intersectados de todas estas mujeres y de las personas que alrededor de una joven drogada y violada no saben ante su primera -y tal vez última- experiencia qué hacer?
¿Cómo reconstruimos los millones de pedazos en que convirtieron al cuerpo de la víctima y a su entorno?
¿Cómo?

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